El baile histórico de la justicia

“Hablar de cambiar los protocolos, los formulismos y ritos es cambiar la fiesta, y estando todos tan contentos, hacerlo, es un desafío y  una provocación insólita”.

La justicia colombiana, con motivo de la horripilante muerte de la niña Juliana Andrea Samboní Muñoz se encuentra en el banquillo, que es quizá uno de los casos en que mediáticamente las acciones violentas ejercidas sobre su cuerpo parecen superar los crímenes ocasionados por todos los actores del conflicto armado, como el del paramilitarismo, donde las cabezas humanas sustituían los balones en las canchas de fútbol.

En el banquillo, decimos nosotros, recogiendo como síntesis los juicios que se comentan en todos los sectores sociales, de los cual excluimos a la “honorable” Representante a la Cámara, María Fernanda Cabal, conspicua querellante de la niña justamente convertida en heroína social.

Porque si la justicia tradicional cae en la decisión de otorgarle al imputado “la casa por cárcel”, invocando hábilmente el derecho, el ruido se escucharía en toda la nación, llevándose por la borda la  credibilidad en el sistema judicial.

Y, naturalmente, repensar la justicia vigente significa pensar en la crisis del derecho, comprender  otras prácticas jurídicas y sobre todo, como lo señalan los teóricos de la justicia, revisar los presupuestos y principios dogmáticos.

Bien se ha dicho que la justicia es un instrumento que pasa por todos los entramados de la historia; se parece a una danzarina que cambia de pareja en el baile histórico de las contradicciones, donde la hemos visto comprometida con los poderosos y danzando para complacerlos.

No se puede negar que desfiló ante los señores feudales, hizo contorsiones frente a los esclavistas griegos y romanos, fue condescendiente con los nobles  y magnates y rara vez ha bailado con los humildes, como los obreros Sacco y Vanzetti, electrocutados injustamente a comienzos del siglo en Norteamérica.

Como bailarina ha subsistido en todas las épocas  y ha sido fiel defensora de los intereses creados. Es como si con sus ojos deslumbrara a todos los que participan en el baile: quienes contratan el espectáculo y quienes gozan bailando.

Los comprometidos con la justicia reinante, consideran que es eterna, que el baile es inmortal, que no se debe usar otra partitura, que las etiquetas y los textos son para cumplirse.

Hablar de cambiar los protocolos, los formulismos y ritos es dañar la fiesta, y estando todos tan contentos, hacerlo, es un desafío y  una provocación insólita.

Y la justicia no lo sabe, no está al corriente, por eso escuchamos sarcasmos contra ella cuando se presentan casos que trascienden la vida de los obedientes.

Las bromas son letales, tanto que no es extraño  escuchar que en Colombia se necesitan cambios sustanciales en ella, para lograr que los pobres la tengan en sus brazos y sepan que está  comprometida con sus esperanzas.

¿En cualquier reunión se escucha: ¿Por qué la justicia es una bailarina febril que hace exhibiciones frente a quienes no pueden bailar?

Para entender el baile la justicia debe vestirse no a la usanza tradicional, con ajuares hechos por los triunfadores, sino con las ropas de las mayorías.

Si la justicia es el deber ser para los poderosos, tiene que ser la esperanza para quienes sólo ven el baile desde las barreras, al estilo Trump, desde los muros.

Si el baile, del que hablamos, es practicado por unas minorías, es arbitrario. Aún cuando la perversidad no aparezca de modo explícito, la raíz de ese ordenamiento jurídico es arbitrario y eso tiene consecuencias prácticas.

Veamos un caso. Lo primero es confundir a la nación con las minorías, lo cual, a nivel general es legal, pero generador de leyes que no son más que normas que garantizan la sumisión de los subordinados.

Por eso se observa, en ocasiones, que cuando los sectores mayoritarios deciden, electoralmente, cambiar las reglas de juego, sobre todo, económicas,  los Estados suelen usar la represión en nombre de la seguridad nacional.

Si eso acontece, el resultado es la ruina o la muerte, todas ellas desencadenadas dentro de los parámetros legítimos vigentes.

La búsqueda de la justicia debe ser una virtud cotidiana, una elección constante; una justicia así es una visión lucida de la armonía social.

Si cada quien vislumbra el norte su propia justicia, si azuza los conflictos, si no tiene a los seres humanos como fundamento, la justicia será siempre una bailarina comprometida con los triunfadores.

Por eso encontramos que los monarcas del dinero hacen lo que quieren y de paso, lo consideran justo, como si fueran agentes de los dioses.

De esta manera, en pleno Siglo XXI, se anula la ciudadanía y perviven las relaciones medioevales, donde existió una entrañable relación entre los dioses y los reyes. Hasta pronto.

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