Más impuestos para alimentar corruptos

 Por: Jairo Cala Otero

Nota: Este editorial fue escrito para el semanario Reportero de los Hechos, de Granada (Meta). 

Colombia es el país de Suramérica en donde más impuestos existen. La cascada de gravámenes ahoga a los contribuyentes, que sin nada chistar los pagan a sabiendas de que los destinos son descarados: gasto excesivo en burocracia; pago de favores politiqueros de campañas electoreras; elecciones permanentes, algunas de ellas absurdas (el plebiscito fue el caso más reciente de despilfarro de ese dinero sagrado); contratación infestada de podredumbre, por llevar implícitas negociaciones oscuras; planes de «desarrollo» que apenas dejan más subdesarrollo; celebraciones y fiestas rimbombantes de algunos gobernantes por cuenta del erario, y un largo etcétera de desatinos.

Es, por consiguiente, el país más rico del continente. Tanto es así que hace 150 años se lo están robando los politicastros, y todavía no quiebra. La operación es fácil: siempre el Gobierno acude al pueblo raso, porque pone los huevos para empollar y financia todo sin que le toque nada en reciprocidad. Porque los tributos que los ciudadanos buenos pagamos no se nos devuelven en obras y desarrollo, como tendría que ser; como sí ocurre en los países con dirigentes decentes y sensatos. Cada vez que a los manipuladores del Tesoro se les antoja decir que Colombia necesita otra reforma tributaria para tapar los huecos fiscales que los ladrones van dejando a su paso, el pueblo (este Juan Bimbas que nada dice) enmudece y baja la cabeza; finalmente, siempre se la aporrean, y él paga, resignado y aturdido, los nuevos gravámenes que unos pocos imponen para saciar sus aires de «dirigentes inteligentes», con que se pavonean en los clubes sociales de Bogotá.

Se anuncia una nueva desventura económica para este pueblo sufrido, que todo lo aguanta. El 2017, según vaticinan los analistas económicos, será cruel, de lágrimas de sangre y cinturón apretado hasta el último hueco. El Gobierno, por la terquedad del presidente, Juan Manuel Santos, el mismo que prometió no crear más impuestos, insiste en que debe haber otra reforma tributaria. ¿Adivine el lector de dónde va a salir la multimillonaria cantidad de dinero que ellos reclaman para tapar sus desafortunados manejos administrativos del Estado? ¡Pues del pueblo! Otra vez se meterá la mano al bolsillo, silencioso y humillado, para cubrir los déficits que dejan los emperifollados, que derrochan lo que no es suyo.

El ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, se despeina alegando y justificando ante los congresistas la nueva escalada de impuestos. Criado en cuna de oro, en ambientes de derroche de lo ajeno, al señor Cárdenas no se le ha pasado por la testa (tan dura la debe de tener) que si el Gobierno recorta gastos innecesarios saldrá dinero a borbollones para tapar esos huecos negros que ellos dejan al manejar la hacienda pública. Si acabaran con Embajadas inútiles en países con los que ni una carta mensual nos cruzamos; si se redujera a 100 el número de congresistas, en vez de 268 zánganos que despilfarran un tinglado de oro al mes; si acabaran con los contratos leoninos e inútiles, por donde se van elevadísimas sumas de dinero como pago de votos electoreros; si despidieran a tantos funcionarios corrompidos hasta el alma que, con sueldos no mayores a cinco millones de pesos al mes, salen en tres años con propiedades ostentosas por cuantías nunca imaginadas; si frenaran los abusos en sobretasas y otras arandelas fiscales; si corrigieran los manejos alegres que alcaldes, gobernadores, ministros y demás burócratas le dan al dinero público, entre otras buenas acciones, este país se elevaría de categoría automáticamente. Se mostraría como el país rico que es, y otra sería la suerte del pobre pueblo que siempre pone los huevos, pero no es invitado a degustar los pollos que de ellos nacen.

Al señor Cárdenas le parece un chiste «clavar» más a las clases emergentes y empobrecidas, porque él no sabe qué es aguantar hambre ni sed, ni pasar aprietos de ninguna naturaleza. Esos son los verdugos que tenemos, y ante los cuales bajamos la cabeza. Un pueblo al que no le duele que le saquen así la sangre, lo mantendrán siempre sometido los pocos que hacen lo que les viene en gana con él.

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