El optómetra (Cuento)

Mateo Malahora

Son las nueve de la noche y está pasando el día como si fuera una manifestación, todos regresan a sus casas, los más afortunados a sus viviendas donde tienen agua y luz, a nosotros nos toca prender una antorcha, como las que prendieron los colombianos en Noruega para festejar el Premio Nobel otorgado al Presidente Santos.

La antorcha nos ofrece gratuitamente calor, pero, sobre todo, nos permite ver la alegría de los niños que a esta hora se despiertan para comerse un pedazo de infortunio que les hemos traído.

Sabes, Eva, que debemos cuidarlos cuando pasen las camionetas de alta gama.

Pedazos de hambre caen sobre sus bocas y pienso que a esto le llamamos   democracia y habitar en asentamientos vulnerables.

Apenas hemos guardado los paraguas, cerramos la noche y uno de los niños nos dice que no ha terminado la tarea.

Tú, Eva, me miras con sospecha, pero es bueno que sepas que sólo busqué en las calles algún invento para sobrevivir. Aquí en el Barrio todo es inventado, hasta la forma de tomar la energía.

Prendo otra antorcha, no puedo acostarme sin verte, quiero leer tu cuerpo  y me intriga saber con quién vas a soñar y si soñarás conmigo. Tu cuerpo es como fuego y quiero tener la llamarada cerca.

Han pasado varios años, como si la historia de nuestra vereda fuera todavía un pañuelo de lágrimas y sangre. Fueron tus ojos los que nos salvaron. No albergaron pánico. Al mirarlos siento la sensación de libertad, ordenan mi sosiego y restituyen el placer de volver a mirarlos.

No quiero que pienses mal, Eva, hoy no he podido traer todo lo que me gané en la calle, porque debí acudir a un análisis de mis ojos, tanto que el optómetra que  vende gafas en la esquina del Teatro Anarcos me dijo que tenía un embrujo, que yo estaba mirando en dirección contraria, que alguna deidad pretendía que le echara un vistazo y que necesitaba que volviera el lunes por la tarde porque debía consultar a sus especialistas.

La verdad es que tengo un desorden en la cabeza, la embarcación navega a la deriva y el invierno está fragmentando sus maderas, en buenas palabras, querida Eva, el barco tiene su proa trastornada y parece que buscara un puerto diferente.

Debo pagarle veinte mil pesos de nuevo, lo que hoy nos ganamos.

Lo único que puedo decirte es que tengo una honda tristeza, que el diagnóstico que me hizo el optómetra es certero y mi ceguera no se puede corregir con lentes bifocales.

Me dijo que yo me obstinaba en mirar, con una obsesión irredimible, lo que debía mirar en la casa; que me encontraba empecinado, que parecía como si me hubiera nacido otra ilusión, como si el mar de mis afectos estuviera picado, el marinero enloquecido y a punto de arrojar al mar la brújula. Me dejó: “arrasadoramente estupefacto”, como dice el Maestro de Aracataca.

Para decirte la verdad, pasé un momento crítico en su consultorio callejero, sabiendo que nosotros hemos construido ladrillo por ladrillo el presente. Todo fue como un atentado que hizo explotar mi seguridad. ¿Ahora, qué haré con mis escombros?

Lo cierto es, querida Eva, que si a esta ciudad no la miro contigo se derrumban los mitos que tengo sobre ella y estoy pensando en no volver a mirar la deidad que desvalija mis sueños  y sustrae el tiempo que necesito para trabajar, porque nosotros los desplazados, que a diario hacemos que se extienda la ciudad con el trabajo de la construcción, no podemos derribar el paisaje que durante años edificamos en el campo para volver a él.

Lo único que he solicitado, Eva, a los funcionarios públicos que estaban limpiando las paredes, es que no cambien los faroles que miraste el viernes por la noche, porque en ellos dejaste espigas combatientes y eso fue también lo que me aconsejaron los especialistas del optómetra, con quienes estuve tomándome unas cervezas en el Bar el Sotareño, que es como La Bodeguita del Medio,  ¿te acuerdas de la Habana?, donde los  visitantes imprimen en las paredes las huellas dactilares de sus atribulaciones.

Posdata:

Puedes estar segura que empiezo a soñar con el Camino Rápido aprobado por el Congreso; que el Veinticuatro de Diciembre y en la noche de Año Nuevo no miraré la vida con ojos extraviados, que en las cuatro tablas de la “casa”  comeremos festivamente con los niños según las costumbres de la buena mesa o de “las tablas”.

¡Ah!, olvidaba decirte: ¿y qué hacemos si el atajo congresional no llega a ninguna parte y la paz se convierte en una fiesta electoral, a dónde trasladaremos sus despojos?

Esta columna no volverá aparecer hasta fines de enero por vacaciones del autor. Feliz Navidad y Año Nuevo.

 

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