Memoria o arqueología del aire

Mateo Malahora

Quisiéramos ser fotógrafos. Salir con un morral de sueños y convertirnos en peregrinos de la fotografía. Viajar por el mundo sin más compañía que la filosofía de la imagen, de la eternidad, de la vida.

Mucho hay ver. La guerra es, por ejemplo, una hoguera dantesca que capta en sacrificio de las víctimas. Mucho tenemos que aprender con el lenguaje de la fotografía.

Fotografía como estética de la contemplación o como estética de la denuncia. Habilidad para leer, para estudiar, para aprender, técnica para tomar una fotografía o simplemente para capturar la imagen como arte de magia.

Ir por los caminos, los pueblos y las ciudades arrojando  miradas, como si cada fotografía fuera una leyenda literaria o una fábula poética, dándole agudeza a las miradas, para que tenga razón un proverbio árabe que reza: “Los ojos no sirven para nada a un cerebro ciego”.

Fotografías sentipensantes, que cuenten historias de éxodos y de regresos.

El fotógrafo, como el fotógrafo de prensa, que toma en los  escenarios cotidianos imágenes que son admiradas con especial sentido, ve más allá de los significados accidentales o cotidianos y captura retratos que expone como un trofeo de su periódico.

Hay fotógrafos irreductibles, insubordinados, desafiantes, con identidades propias, como Jesús Abad Colorado, el único fotógrafo de la guerra colombiana, que conocí en Toronto, con cuya obra didáctica se aprende la conflagración que asoló nuestro país.

Su fotografía alcanza tanto dominio sobre el horror y el espanto del desplazamiento, la destrucción de pueblos, el  éxodo, la violencia, el crimen y el fanatismo, que deja al espectador absorto.

Su obra es una teoría interior de estampas y figuras que se vuelve reflexión, que exploran el rechazo simbólico a la beligerancia y rompen la neutralidad. Sus imágenes cargan la vida y la muerte de profundos significados.

Nada hay neutro en el fotógrafo de la guerra, su estética es desafiante y dispara imágenes para el asombro o el rechazo.

En su fotografía se ensaya ver gestos, objetos que no ha podido ver con la mirada habitual; es toda una   contemplación relacional con el paisaje, con las aldeas, con las veredas, con los desplazados, con la injusticia social y con la soledad que se torna infinita.

En la fotografía hay ciencia, acción, sabiduría y arte, es conocimiento y cultura; es un lenguaje que llega de manera intempestiva o a través de años de obturar una máquina.

El fotógrafo vive pensando, es como un monje que medita  buscando el momento para arrestar la imagen, por eso lo vemos operando en silencio para ver lo que no puede ver el otro.

¿Quién no ha querido convertirse en fotógrafo? La fotografía no es solamente un archivo y la memoria histórica de nosotros y los otros. Es una constatación de la vida, de los seres humanos y del paisaje.  Es la porción perceptible y visible de un instante.

Es un oficio interdisciplinario que apasiona, porque muere y revive en un relámpago, que requiere una formación humanística.

Es un cuestionamiento de la vida, de las ideas, de las sensaciones y los hechos, que a veces se juzgan como si fueran naturales cuando se vive en sociedades de peligros y conflictos.

Como, en efecto, ocurría hace dos días, cuando Dairo Ortega, fotógrafo de El Nuevo Liberal, tomaba la imagen de un maestro desafiando al Estado, quien después de recibir el  gas pimienta, para su desalojo, se enfrentaba con osadía y un madero, a la fuerza legítima del establecimiento.

En esa fotografía, que explorara del enfrentamiento entre  policías y docentes, vemos la pedagogía de lo inevitable, de un Estado indolente que no ha podido enmendar las privaciones, miserias y necesidades.

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