No queremos ser parias, Señor Presidente

Mateo Malahora

Los caucanos hemos sido soñadores, somos soñadores y hemos muerto por nuestros sueños desde los albores republicanos.

Cuando conversamos con nuestros familiares y amigos, en los momentos de incertidumbre histórica, no perdemos el norte de nuestra navegación, aunque vivamos en la única región colombiana con mar pero sin salida al mar. Oceánica ironía.

Aquí convivimos con adversarios de su gobierno y, entre ellos, los que censuran el régimen que usted preside, que tampoco pierden mérito, porque no hacen jirones las banderas de la fraternidad.

Cuando hemos defendido la verdad, no la formulamos como una virtud propia; y, por decoro, hemos reconocido que la Humanidad es la maestra que nos ha empujado a ser soldados fundadores de la Nación o milicianos de la convivencia.

Todavía palpita el amor legendario que movió a los creadores de la República a ser como Prometeo, que permanece vivo en la mente de los  trabajadores, de los campesinos, de los estudiantes y de los indígenas, y que dejó en nuestro trágico recordatorio la memoria de personas como Álvaro Ulcué, Lucho Calderón, Lucho Solarte, Tuto González y Laura Simmonds.

Fueron asesinados por el Estado cuando iban por las calles a despojar a los dioses del Olimpo el fuego del bienestar que ellos le habían hurtado al pueblo.

En la Ciudad Blanca las tradiciones no agonizan, están pegadas a nuestros sentimientos con cal y canto. Conocimos la horca, el patíbulo, el destierro, y no hemos salido del éxodo y del fusilamiento.

El pasado no es un fardo que nos amarga la vida sino una canción que invita a recorrer el futuro con esperanza. El Cauca no concluye en su esquiva geografía sino en la Carta de Colombia.

La gesta que nos dio la libertad sigue viva en la obra de  Víctor Paz Otero, convocándonos a la indignación y a la querella popular contra un Estado indolente y discriminador.

El crecimiento se filtra hacia abajo, en su gobierno se redujo a un veinticinco por ciento el presupuesto para las obras de infraestructura; fuimos un laboratorio de guerra y ahora somos un laboratorio de paz donde se le cobrará tributo a la pobreza. No hay límites razonables para justificarlo.

Ayer no más,  en un acto sin precedentes, organizado por el poeta y pedagogo Marco Antonio Valencia Calle, nuestros escritores le dijeron al país que no admitían a la ciudad como una urbe parroquial sino como la Capital Mundial de la Poesía.

Por esas razones queremos decirle, junto a la voz de ciento cincuenta mil desplazados que lo acompañan  en la odisea por la paz, y a Oslo por el premio otorgado promisoriamente, que el salvajismo continúa eliminando las banderas blancas que nos han enseñado otro paisaje.

Hubo entre nosotros grandes pensadores sin escuela, como  Manuel Quintín Lame y Juan Gregorio Palechor, intelectuales de la tierra, del rancho y de la dignidad.

Aquí aprendimos, con los extraordinarios valores académicos encarnados en Álvaro Pío Valencia y en el maestro Ernesto Saa Velasco, a creer que la justicia social es la flor de la alegría y, por decirlo con ese acento, el Estado los encarceló, hecho que condujo al Alcalde de entonces a renunciar con altivez. Fue una ignominia.

En el Cauca, señor Presidente, donde pensamos más en el árbol que en la semilla, en las marchas más que en las promesas,  donde creemos más en las ideas de los hombres y de las mujeres creadores de nuestra nueva historia, como Laura Simmonds y Manuelito Cepeda, que en el centralismo demoledor esperamos el cumplimiento pleno de los ofrecimientos hechos al Departamento.

Desde la ciudad de un “mísero can hermano de los parias” -Valencia- , “de piedra pensativa” -Carranza- y la “ciudad por la que olvido mi sed de lejanía -Martán  Góngora-, de Giovanni Quessep que redime la poesía universal, en la voz de Germán Pabón  le decimos a usted, señor Presidente, que la democracia no oculta su amarga realidad:

Que el agua del Macizo Colombiano no puede dejar cicatrices en el bosque. Que  la vida de los dirigentes sociales debe tener la protección completa, para que la paz sea completa.

Que nos estremece pensar que las víctimas enajenadas puedan llegar a profesar admiración deslumbrante por los victimarios. Que los caucanos rechazamos la guerra y el hueco obscuro de la corrupción.

Finalmente permítanos recordarle que usted, que estuvo enfermo y conoció la comodidad hospitalaria, puede imaginarse el erizo administrativo en que se han convertido las empresas prestadoras de servicios de salud (EPS) en el Cauca, con raras excepciones.

La lógica de la democracia está en la Constitución, en las sentencias de la Justicia y en sus decisiones para que las víctimas canten “cesó  la horrible noche”.

Desde el diálogo por la paz y la equidad, desde la Panamericana de Santander a Piendamó, donde todavía escuchamos los estallidos de la barbarie sobre los puentes, cuando vemos pies descalzos que caminan en pos del clamor para que no seamos el territorio paria de Colombia, le decimos con profundo respeto que usted tiene la capacidad de protegernos socialmente.

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