Pacificación, tarea ciclópea

Mateo Malahora

“Considerar el proceso como si fuera sólo un apretón de manos o un mero precepto  constitucional, capaz de infundir armonía en la mente de las personas y no en los espacios de la justicia social, tiene un precio muy alto”.

La paz no es sólo un propósito de las sociedades que viven en guerra, también es una expectativa de aquellas que la sintieron y no quieren que el conflicto reaparezca.

Vietnam, Guatemala, El Salvador y España, para citar apenas a unos pocos países, han doblado la página de los hombres y mujeres abatidos por la demencia uniformada.

Secretamente, sin que perturbe nuestras vidas, admitimos que la paz es fascinante y es como si salvara de caer en el infierno donde sofisticados aparatos militares dan cacería a los hombres y mujeres que sienten que no tienen patria.

Y verse impelido a hundirse en un escenario donde las bolsas negras de polietileno son el último eslabón de la esperanza humana, justificando ideologías que admiten la violencia como el supremo acontecimiento del poder constituido o por constituir, es un acto esquizofrénico.

No en vano quienes apelan a la paz, en tiempos en que la alternativa de los fusiles no es viable, prefieren hablar de un reino pacífico antes que de un Estado que construya cotidianamente losas fúnebres, haga ofrendas florales y rinda homenaje a los caídos.

Son múltiples las reflexiones en torno a la violencia del conflicto armado, el peligro de que se convierta en una espiral incontrolable y,  por su dinámica interna y económica, no tenga regreso.

Violencia que no trasciende el enfrentamiento legitimador de la barbarie, que no pasa únicamente por los combatientes sino que escoge los cuerpos más sensibles, como el de las mujeres y la comunidad LGBTI, sumisos y dependientes y resignados, que antes de la conflagración ya vivían  en sociedades que presumíamos libres.

Violencia de género, de seres humanos que  aún creen en mitos religiosos, que obran como discursos políticos que oprimen, violencia ruda y violencia inteligente, violencia patriarcal que toca a la puerta hogareña sin sentirse mancillada.

Esa otra violencia, la invisible, y en apariencia inmaterial, consecuencia no sólo de la confrontación armada sino de la sociedad que nos ha sido impuesta y cuyas aristas obligan al Estado a trazar estrategias para romper el silencio denunciado, construir respeto y procurar la dignificación.

No se trata de imponer el feminismo, ni de hacer que los hombres seamos los únicos benefactores y arquitectos del futuro; el porvenir de Colombia pertenece a tareas conjuntas realizables con la mujer, coautora  en la misión de embellecer la vida.

Hacer el tránsito de una cultura de violencia, soterrada y oculta, a una cultura de paz, es tarea enorme, por no decir ciclópea.

Colocar la violencia como un límite de llegada,  como una meta que deje ver la simple terminación de las acciones bélicas, para que los contendores le muestren al país los olivos de la paz y complacidos celebren el fin de la confrontación, es una ceguera histórica y un extravío político.

A las comunidades hay que expresarles, con transparencia y claridad, que la primera perspectiva es la paz política cuyo basamento es la terminación del accionar violento; la segunda fase muestra los valores compartidos con los beligerantes; y un tercer paso, de mayor significado, es el esquema estratégico para alcanzar un mínimo de justica social.

Considerar el proceso como si fuera sólo un apretón de manos o un mero precepto  constitucional, capaz de infundir armonía en la mente de las personas y no en los espacios de la justicia social, tiene un precio muy alto.

La paz, como un libro escrito para legarlo a la posteridad, es un mito, una ficción que el conjunto de la sociedad no entendería jamás, excepto sus protagonistas, que fungirán como beneficiados.

El tiempo nos dirá si la razón la tienen los que posean  el poder económico, o camina al lado de quienes estén más cerca de construir ciudadanía democrática y justicia social.

Paz que no desnaturalice los sueños de los  colombianos y paz que no sea simplemente instrumento de los protagonistas para engañar a los semejantes.

La paz no se entiende sin el derecho a vivir sin miedo y sobresaltos, pero, sobre todo, sin estrategias políticas que remuevan las fuentes que produjeron, mantuvieron y perpetuaron  la guerra.

Si la paz se convierte en una leyenda, en un propósito socialmente inoperante, donde tengan mayor  importancia y jerarquía los intereses electorales, terminaremos perplejos y más confusos, igual que aconteció con el mito griego de Medusa, donde todos aquellos que la miraban y pretendían seducirla se convertían en piedras. Hasta pronto.

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