Re…flexiones

Mateo Malahora

Excepto nuestros deportistas, que compiten en los Juegos Olímpicos, los colombianos no hemos soñado con la gloria de alcanzar una medalla olímpica que valore nuestras vidas.

Por eso mismo, lo que le ocurre al país, es un hecho espléndido sin precedentes desde la Guerra de la Independencia, cuando Bolívar y Morillo se dieron un abrazo para la terminación de la beligerancia.

La guerra a muerte había terminado y Europa y América conocían el Primer Tratado de Armisticio y Regularización de la Guerra que fueron firmados por la Gran Colombia y el Reino de España en Trujillo, Venezuela hace doscientos años.

Se admitía por el poder español la existencia de una patria soberana, cesó el fuego unilateral del ejército español y los bandos en conflicto firmaron el Primer Tratado que los pueblos del mundo conozcan en el marco del Derecho Internacional Humanitario.

¿A qué otra forma de vivir podían aspirar los colombianas de esa época?

El profeta Gonzalo Arango dijo sobre nuestro terruño:

“Éramos dioses y nos volvieron esclavos. /Éramos hijos del sol y nos consolaron con medallas de lata/ Éramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras./Éramos felices y nos civilizaron./Quien refrescara la memoria de la tribu./Quien revivirá nuestros dioses./ Que la salvaje esperanza siempre sea la tuya, querida alma inamansable/.

Con el General Morillo también se alistaron en El Carnaval de la Sangre negros, indios y comerciantes, porque toda guerra se hace por convicción, es mercenaria o crea la esperanza de la liberación.

La filosofía de la violencia después se llamó federalista y centralista y posteriormente liberal y conservadora; nos montamos en el tren del infierno, tan largo como las autopistas dolorosas y punzantes del hambre.

La estupidez era romántica y los “demonios” hicieron un esfuerzo porque participáramos en el macabro teatro.

El tren se salió de sus durmientes, de la vía férrea y se perdió en los caminos de la emboscada, del secuestro, de la toma iglesias, de la extorción, de las ejecuciones extrajudiciales, de los bombardeos indiscriminados, del desplazamiento forzado y las cascadas humanas se llamaron barrios informales. Millones de campesinos desplazados.

Más de media centuria en que la democracia ha estado administrada por una camarilla de salteadores del erario público.

Votos que no han significado la auténtica voz de los desamparados; distancia enorme entre las armas y las urnas; pueblo con la esperanza adormilada y usurpadores de la voluntad popular.

Empero, si no fuera demócrata, que es distinto a creer que entre nosotros hemos construido democracia, que el poder financiero es el agua bendita de los desahuciados del bienestar civilizatorio, estaría diciendo NO para que la relación de la guerra se torne impredecible.

El SI es apenas un episodio nacional para que se cambie la ecuación de la muerte, el desalojo, la utilización de las armas contra el pueblo, por razones de solidaridad humana.

paz-Colombia
¿Cómo justificar, con una moral hipócrita y farisea, que sea en el campo una y otra vez que hierva la hoja de los puñales y la guerra se vea cómodamente comiendo palomas de maíz en los tapetes?

Hay que escoger entre el cese perecedero del sacrificio, la cruz y el patíbulo, la noche de los escorpiones y la luz.

El Si es una flor abierta a la reconciliación, más no el encuentro del tesoro.

Entendido el pacto como la asunción de la paz, como el advenimiento de la contradicción civilizada, como la vigencia del Derecho Humanitario Bélico, entendemos que se acaba el genocidio y la matanza.

Atados como estamos a una cadena de muertos, de sufrimientos, de abismal desigualdad social, de infortunios, de violencia insurgente y violencia oficial, que consideramos irracionalmente ilegítima, aunque sean limpios los reparos de los contradictores, estaríamos aceptando una invitación a pasar a la antesala de la muerte. Hasta pronto.

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