San Antonio, el de las causas imposibles

Soy consciente que en algunas de mis columnas suelo decir chorradas y en la mayoría me dedico a mamar gallo o a escribir sobre cosas que no sé. Pero el tema que voy a escribir hoy, es la tapa… y no sé si pedirles que dejen de leer, que me disculpen, o simplemente hacerme el de la oreja mocha e ignorar lo que ustedes piensen de mí al final de estas líneas.
Comienzo diciendo que me eduqué con maestros sindicalistas dedicados a renegar del abandono de Dios a los pobres y la clase trabajadora; luego fui a una facultad de humanidades llena de profesores marxistas y ateos, dedicados a predicar la supremacía de la inteligencia sobre los estragos de la religión en la conciencia del pueblo; pero hoy, abrumado, y de rodillas metafóricamente, voy a dar testimonio de severos milagros.
Hace veinte años ingresé a trabajar al colegio San Antonio de Padua. Y entre quienes me dieron la bienvenida estaba Margarita de Vergara, quien me explicó que éste Santo era el de las causas imposibles, y que si le pedía que intercediera ante Dios por algo, el venerable siempre cumplía.  
En el patio del colegio, un edificio considerado patrimonio arquitectónico, había empotrado un muñeco del santo tamaño natural. Un día, en un instante de ocio, me dio por pedirle a San Antonio que me ayudara a palanquear una beca para estudiar en el exterior y comencé a saludarlo todas las mañanas: “Quihubo Toñito, no te olvidés de mi milagro” y lo hacía para hacer reír a los muchachos que me preguntaban si le estaba pidiendo novia.
Pedía una beca para estudiar mi maestría, que en ese momento era ya un imposible: pues tenía más de treinta y cinco años, a los maestros de escuela no les dan becas, era casado con dos hijos pequeños, el sueldo no alcanzaba, no sabía inglés, no tenía ahorros… pero le puse fe. Y entonces, un día, rinnng, sonó el teléfono y de pronto me vi en España estudiando con una beca. Deslumbrado por las Europas, me olvidé de San Antonio y de las oraciones.  Pero de pronto, en mi viaje a Lisboa ¡zassss!, lo primero que me encuentro es la capilla donde nació San Antonio. Recuerdo que me quedé frío por la visión: a mi corazón llegaron el eco de las palabras de Margarita de Vergara y mis peticiones al santo. Cuando regresé a Colombia, di testimonio y tal, y así se quedó la cosa. Entre anécdota, invención, milagrito, casualidad, en fin.
Un día, un temblor afectó el colegio San Antonio y su estructura quedó a punto de colapsar. El informe técnico-científico aconsejaba no usar el edificio para evitar una tragedia.
Entonces, otra vez, se me ocurrió pedirle a San Antonio “que ojalá tumbaran ese edificio y construyeran un colegio nuevo”. Una vaina imposible a todas luces. Un imposible de los imposibles.
¡Pero joder carajo!, el milagro se hizo tal como se lo pedí a San Antonio, y esta semana cuando inauguramos el colegio nuevo, un edificio de más de ocho mil millones de pesos, construido en veinticuatro meses, en el mismo sitio donde estaba el otro… sentí un escalofrío estremecedor. Y sin poder contenerme, mi rostro se llenó de lágrimas. Y no dejo de preguntarme una vez más, ¿será verdad que esta vaina de los milagros existe?, ¿Milagro o coincidencia?, ¿vainas de San Antonio?, ¿pendejadas mías?
Tumbar un edificio público y construir otro en el mismo sitio, en un pueblo, es una petición absurda. Y si le añadimos que a la obra le salieron enemigos sociales, patrimoniales, arquitectónicos, políticos, sentimentales, religiosos, envidiosos e imprevistos de todo tipo… asistir a su inauguración me produjo un escalofrío mayor…. y todavía se me pone la piel de gallina.
Las cosas de Dios son perfectas dicen los curas: Para comenzar, de la nada llegó al colegio un rector ingeniero civil que logró dar inicio a la obra; a los meses, llegó un rector sindicalista que obligó a punta de marchas y presiones políticas que la obra se terminara; y ahora, en su inauguración se nombró a un rector con experiencia en organización institucional, dispuesto a renovar la calidad educativa del colegio.
Todavía dudo que los milagros existan, pero mi hermano, aquí hay dos. Yo no sé. Piensen lo que quieran. Pero San Antonio, ¡Gracias mi hermano!  Y aquí doy testimonio.

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