Bajo el sofisma de distracción de un movimiento juvenil, llamado el movimiento promotor de la Séptima Papeleta, en las elecciones del 11 de marzo de 1990, cuando Colombia elegía senadores, representantes a la Cámara, diputados de asambleas locales, concejales municipales, alcaldes y al candidato presidencial del Partido Liberal. Seis papeletas para seis elecciones. La Séptima papeleta se abrió paso en medio de un país acorralado por el narcoterrorismo, como propuesta para convocar la Asamblea Nacional Constituyente y proclamar una nueva Constitución Política.

En esta época de terror, el miedo reinaba en cada esquina, donde los policías caían asesinados por los carteles del narcotráfico y las instituciones democráticas estaban arrinconadas y muchas de ellas permeadas por la corrupción y el narcotráfico: la justicia, la banca, los equipos de futbol, la fiscalía General de la Nación, La policía Nacional, el ejército, las alcaldías, las gobernaciones, todo era infiltrado y tenían como propia la cultura mafiosa bajo los tentáculos de los carteles de Medellín y Cali,

Eran tiempos aciagos en los que ninguna institución estaba a salvo. Con Luis Carlos Galán, fueron cuatro los aspirantes a la Presidencia caídos: Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo, de la Unión Patriótica, y Carlos Pizarro, del M-19, los otros tres. Cada noticia que despertaba al país era más estremecedora que la anterior: a la voladura de un avión de Avianca, con 107 ocupantes en pleno vuelo, siguió la bomba al DAS con mil kilos de dinamita.

Pero pese a tanta calamidad, se logró un acuerdo social, con una Asamblea Nacional Constituyente, que después de varios meses de debate, el 4 de julio, promulga entre el alborozo general, en la Gaceta Constitucional número 114 la nueva constitución colombiana de 1991.

Uno de los mayores actores ocultos del referendo, fue Pablo Escobar, el con su poder criminal, presionó al gobierno secuestrando altas personalidades, su guerra causó más de 15.000 muertos, acorralando a un estado débil con los secuestros, alianzas con la guerrilla, paramilitares y con muchos cómplices que aún permanecen en el poder, por la ineficacia de la justicia y la impunidad rampante de un  estado corrupto e incapaz, arropados bajo la figura de la presunción de inocencia y causantes de muchos crímenes que aún  permanecen impunes..

Escobar es uno de los actores macabros en la historia del constitucionalismo colombiano, pues condiciono su rendición a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente, a cuyo cargo quedó la aprobación de una nueva Constitución que de manera contundente y definitiva prohibiera la extradición de colombianos, a cambio de su incondicional rendición y posterior entrega, para luego protagonizar la más grande vergüenzas del sistema judicial colombiano: la cárcel de “Alta Seguridad La Catedral” de donde el capo protegido de sus enemigos por el Estado, seguía delinquiendo desde su celda, disponible para orgias, desenfrenos y liviandades con todos sus secuaces, de donde se escapó, ridiculizando al  gobierno y al sistema carcelario colombiano.

Según referentes de connotados historiadores, Escobar financió la promoción de la séptima papeleta a lo largo y ancho del país. Pagó hoteles y desplazamientos en avión de sus promotores; los extraditables financiaron las campañas de varios de los constituyentes que votaron favorablemente el artículo 35 de la nueva Constitución, que prohibía la extradición de colombianos.

Lo sentenció el inmolado ideólogo de la moralización del país Luis Carlos Galán: “A los hombres se les puede eliminar, pero a las ideas no”. Los verdaderos líderes son más peligrosos muertos que vivos, con el ideario de Galán, el pueblo colombiano superó  la perversidad y la barbarie de  la más tenebrosas páginas de su historia reciente.