483 años de la conquista del valle de Pubén

/ Opinión
Por: Álvaro Jesús Urbano Rojas

483 años de la conquista del valle de Pubén


Los Pubenenses, pueblo trabajador y pacífico alimentado con los frutos y animales de una tierra de promisión, llegaron de la polinesia por el pacifico hace más de 10 mil años. Aprendieron a elaborar herramientas de piedras y hueso; en su organización comunitaria cada parcialidad formaba un campo social por separado. Hablaban una lengua suave, hermosa, abundante en articulaciones vocales; conocían el cultivo del maíz, la yuca, la papa; entre sus animales domésticos poseían conejillo de ludias, llamado cuy en  lengua nativa.  Usaban la alfarería  en lo doméstico y en adornos corporales como narigueras, pectorales, brazaletes. Los oficios los repartían según el género: los hombres le corresponde la caza, la guerra, la cerámica, la fabricación de armas e instrumentos musicales, la pesca, la orfebrería, los metales y la construcción de viviendas, mientras que las mujeres le corresponde la crianza de los hijos, la preparación de los alimentos, los tejidos, los hilados, el cuidado de los animales domésticos y el cultivo en la huerta.

El cacique Pubén y sus hijos Payán y Calambás, llevan el Imperio a cierto grado de desarrollo económico, social y militar. Debido a los continuos ataques de los pueblos vecinos y a la escasez de recursos económicos y militares, las tribus conformaron el "Imperio Confederado de los Pubenenses", bajo la autoridad del yasgüén.

Los Pubenenses  jamás habían sentido la detonación de pólvora, creían que aquellos «palos de fuego» eran instrumentos del demonio traídos por los magos barbudos que trataban de colonizarles. Esa tarde de octubre de 1535, la legión dirigida por Pedro de Añasco y Juan de Ampudia, bajo los mandatos de Pedro de Alvarado con 500 infantes, 227 caballos, veinte perros y  más de cien indígenas de Guatemala, tomaron por asalto los dominios de Yasgüén. Un binomio ecuestre ataviados con coraza, morrión  y armas de fuego enceguecidos por la ambición  decapitan a todos los guerreros de la tribu, los jinetes  a mansalva empuñan espadas, lanzas, dragas y puñales, con el  nefasto propósito  de lograr el botín de guerra. Sin sepultarlos  y a merced de las aves carroñeras, bajo el  yugo de la dominación y como fortín para someter  al Cacique Pubén, se funda  la población de Timbío el 1 de noviembre de 1535.

Los animales fueron importantes para el triunfo español, la imponencia y agilidad del caballo con la fiereza de los perros mastines, galgos y alanos, adiestrados para matar y despedazar a los indígenas fueron letales para lograr la conquista. Por parte de los pubenenses, los ácaros conocidos como niguas, desalojaron a los españoles de los aposentos indígenas con sus agresivas picaduras, inadvertidas al principio, pero asentadas en la piel, las escoriaciones  y urticaria inhabilitan a los legionarios para la guerra

El sometimiento  trajo hambruna para los indígenas, más de veinte mil nativos murieron y  muchos de ellos fueron usados como alimento por los supervivientes. Ante la calamidad  con  singular sigilo, ocultaron los tesoros en los refugios rocosos  de la cueva del indio, según la Leyenda  excavada entre la loma del Azafate y el Huila, para entonces  ya dominaban el fuego y en tales profundidades usaban antorchas para constituir sus escondrijos.

El 24 de diciembre de 1536, el capitán Juan de Ampudia ocupa con sus soldados la loma de El Azafate, sometido y apresado el cacique Pubén, el Adelantado don Sebastián de Belalcázar el Sábado 13 de enero de 1537 funda  a Popayán, designa la junta de regentes y señala los solares donde construirán sus primeras casas los españoles.

Sebastián de Belalcázar, de talla baja, corpulento y voluntarioso, obcecado y con recia personalidad, en ocasiones irascible por carecer de ilustración, algunas veces de severo gesto. Muy diestro a caballo y a pie,  dado a la  buena mesa y al jamón de cerdo  y  proclive a las liviandades, sentía una especial atracción por las doncellas indígenas, en muchas de las cuales dejó una extensa prole dotada de estancias y encomiendas para su sustento. Acusado de traición y antes de viajar a España para implorar el indulto del Rey, el 30 de Abril de 1551, muere en Cartagena de Indias a los 61 años de edad con disnea en  estados paroxísticos nocturnos a causa de una afectación cardiaca.

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