Arturo Pérez-Reverte: “Estoy a favor del lenguaje inclusivo pero otra cosa es la estupidez de decir 'todes'”

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Por: PeriodicoVirtual

Arturo Pérez-Reverte: “Estoy a favor del lenguaje inclusivo pero otra cosa es la estupidez de decir 'todes'”

Arturo Pérez-Reverte se define como un escritor profesional y rehuye a hablar de política. (Adrián Escandar)

En esta entrevista con Infobae Cultura, el celebrado novelista español habla sobre sus personajes, la necesidad de estar solo para poder producir su obra y sus polémicas con lo que llama "los sectores analfabetos del feminismo", al tiempo que admite que la gran protagonista de la narrativa de este siglo es la mujer

"No me toquen de una manera estúpida el lenguaje que es mi herramienta de trabajo", pide Arturo Pérez Reverte, aclarando que está a favor de las declinaciones femeninas de sustantivos y adjetivos ("yo digo 'señores y señoras'… cuando es necesario") pero siempre que prime el sentido común. "El límite es la estupidez", sentencia. Y asegura que las feministas serias, eruditas, formadas, no caen en esos sinsentidos.

El célebre autor español llegó el martes pasado de Madrid y, como todos los años en los que visita la Feria del Libro, volvió sobre sus ritos porteños: caminó solo por la ciudad, visitó librerías de viejo y se reservó espacios acordados con antelación para juntarse con amigos. Sólo con los más íntimos Arturo Pérez-Reverte compartirá sus convicciones políticas y hablará sobre la situación de Argentina o las elecciones en España. Su ideología política, al igual que su mundo privado, serán siempre un enigma para su legión de fieles lectores en 40 países.

Ni siquiera en la trilogía del sombrío espía Lorenzo Falcó, ambientada durante la Guerra Civil Española, brotará una pista sobre su adhesión o rechazo a uno u otro bando. Su aséptica neutralidad narrativa honra aquel axioma revertiano que dice que el mundo de las guerras (y de los políticos) se divide entre malos y peores.

Tan sólo días después de su arribo, y saciada su soledad creativa, compartirá algo de su mundo. Y es por esa hendidura que por momentos se abre y rasga las paredes del hotel Alvear cuando se podrá ingresar (unos instantes, no más) al cifrado mundo del cartagenero. Un planeta amurallado con celo, restringido para una observación de 360 grados.

Pero él abre un intersticio y como de refilón por allí aflora su esencia, en la que vida y literatura actúan como inescindible fusión. Por eso es como si en la entrevista deambularan en el espacio que ocupa el escritor –los ojos enceguecidos, húmedos por el fulgor del reflector de la cámara–, los personajes de ficción que la obstinación de su narrativa convierte como en seres reales.

Por allí merodea Lorenzó Falcó, encantador asesino al servicio del Generalísimo, echando humo de tabaco en un ámbito a tono con su sofisticación. Pero a medida que Pérez Reverte desgrana su literatura junto a la trastienda de su novela Sabotaje, convoca a muchas otras criaturas. Irrumpe la narcotraficante mexicana Teresa Mendoza, la Reina del Sur, y aquel truhán de guante blanco, avezado bailarín de los tangos de la vieja guardia, el porteño Max Costa. La escena podría ser una ensoñación pero es a la vez real. Así vive Pérez Reverte su cotidianidad: en una soledad multitudinaria donde la cohorte de sus personajes, caminan, se sientan, se levantan y se marchan a su par.

Megaestrella literaria, filoso articulista, flemático académico de la RAE y navegante infatigable, quienes no han sucumbido a sus novelas lo conocen por la acidez de sus tuits, capaz de retrucarle, sin distinción de castas, a quien ose interponer una gillipollez. Sea una feminista de barricada o un mandatario mexicano (con apellido español) pasando pretéritas facturas al Rey Felipe de España por la colonización de Hernán Cortés. Es ahí cuando don Arturo (y las redes sociales lo saben bien) desenvainará su espada, como Alatriste, para batirse a duelo "contra la estupidez".

–Suele decir que cada novela supone un aprendizaje. ¿Qué incorporó con Sabotaje?

–Aprendes sobre tú mismo, porque cada novela es un ejercicio de introspección. ¿Qué harías tú puesto en esta situación? ¿Cómo reaccionarías ante esto y lo otro? He descubierto que yo también podría ser cruel y hacer cosas que a lo mejor en la vida normal no hago. Cosas que tienen que ver con los lados oscuros del ser humano.

–¿Como cuáles?

–No es lugar para abrir el corazón. Pero viví mucho tiempo en un mundo hostil. Durante 21 años fui reportero en países en guerra y eso te sitúa en un lugar en el cual la violencia, la dureza de la vida, el dolor, el estrago, el caos, se asumen con mayor naturalidad. Hoy me sorprenden más la bondad, la estabilidad, la serenidad. El ser humano es un animal muy peligroso. Esa ha sido mi conclusión. Y mis novelas tratan sobre eso habitualmente.

¿De qué se aprende más: de la grandeza de la gente o de su maldad?

–El mal es una muy buena escuela y con la edad, a mis 67 años, creo que he aprendido más de los malos que de los buenos. Cuando era joven pensaba que el ser humano noble era un maestro excelente de vida y a veces lo sigue siendo. Pero la vida tiene lugares muy oscuros y ahí la bondad no llega. Durante la parte de mi vida que transcurrió en el lado del mal como reportero de guerra descubrí que allí se pueden obtener un montón de lecciones. La observación y proximidad al mal, incluso cuando el malvado te explica sus motivos, que a veces no digo que son comprensibles, pero sí muy naturales al ser humano, te dan una lucidez interesante sobre lo que es la vida.

¿Se tocan en algún punto tangencial Falcó, ese mercenario sin escrúpulos al servicio de Franco, con su biografía?

–Nadie pone lo que no tiene. O se lo inventa o lo roba. No soy ninguno de mis personajes, ni masculinos ni femeninos. Pero ellos se nutren de lo que yo me nutrí y esa proximidad con ciertos mundos extremos en mis novelas está presente siempre. He visto torturar y hacer cosas de las que el ser humano no puede estar orgulloso. Cuando lo escribo sé de lo que hablo, creo que el lector lo percibe. Ese bagaje no fue traumático en mi juventud. Los libros me ayudaron digerir esas cosas. Pero es cierto que todo eso me dejó un material que ahora, con la lucidez de los años, los libros leídos, la vida vivida, puedo situar de manera organizada y serena. Entonces no soy yo nunca, pero todo el tiempo soy yo.

En medio de la Guerra Civil española el objetivo de Falcó es infiltrarse en el mundo de Picasso para destruir el símbolo antibelicista del arte: el Guernica. Y en ese afán no sólo se vincula con el artista, también se topa con grandes exponentes de la literatura y del arte de entreguerras. ¿Por qué esos guiños culturales?

–El París de los años 30 es un París mítico por los héroes culturales que allí recalaban. Me apetecía meter a un depredador inculto como Falcó, un cazador peligroso, que no sabe ni le importa saber quiénes son André Malraux, John Dos Passos, Scott Fitzgerald; que ve un cuadro de Picasso y le da igual. Me interesaba contrastar esos dos mundos como punto de partida.

–Se presume por los diálogos socarrones que también se da el lujo de ajustar cuentas con algunos de ellos.

–Me divirtió mucho escribir Sabotaje porque en esta novela hay una cierta iconoclastia. Los periodistas, y yo lo he sido muchos años, estamos en contacto con los grandes nombres: pasan por tu vida presidentes, artistas, gente digamos mítica, y uno los ve de una manera diferente a cómo los ve el gran público. Los ves en su realidad, con sus agujeros, zurcidos en el traje de lentejuelas, con su maquillaje corrido y con su humanidad a veces, incluso, mediocre. Esa desmitificación y humanización de los grandes personajes a través de la mirada de otro que no los valora como mitos en absoluto para mí era interesante. Y también, es cierto, hay algo de ajuste de cuentas personal, porque Hemingway como escritor es inmenso, pero a mí me cae mal. Me parece un fanfarrón, un tipo con la virilidad exacerbada, siempre con la caza, la muerte, la pesca y las mil guerras en las que estuvo. Quería que alguien le diera una paliza por mí. Igual que me apetecía besar a Marlene Dietrich, uno de mis grandes mitos eróticos y cinematográficos, algo que Falcó hace en el baño de un cabaret. Ese tipo de guiños, que solamente los entiendo yo a lo mejor, es el lujo que una novela como Sabotaje me ha permitido.

Pero los lectores que conocen su obra perciben esa travesura y lo imaginan escribiéndola con una sonrisa contenida.

–Es que soy un escritor feliz. Hay amigos míos que dicen: "La página en blanco es un sufrimiento". "No, chico, te has equivocado de profesión", les digo. Por eso yo elijo temas que me harán feliz durante uno o dos años. Vivir en un mundo que te estás creando tú es un privilegio extraordinario. Hay escritores muy respetables que escriben novelas agónicas, de sufrimiento, de desgarro. Me parece muy bien, las leo, incluso hay algunos que son amigos míos, pero no es mi tipo de literatura. A veces me pregunto si yo no escribiera novelas, y si no fuera lector sobre todo, ¿cómo me las arreglaría para soportar el mundo cuando no me gusta? Por eso cada noche me acuesto pensando en la escena del día siguiente y me duermo como un niño esperando a los Reyes Magos por la mañana cuando llegue el momento de eso.

En el verano el novelista trasladará por primera vez a su personaje a Buenos Aires para cumplir con una promesa a otro escritor

En esta última novela de la trilogía es como que todo se potenciara, desde la adrenalina al erotismo y el sexo. ¿Hay un Pérez Reverte más desatado?

–No es eso. Esta vez es más atrevida sexualmente porque Falcó es un tipo que está en el margen de muchas cosas, incluido el sexo. Había que ocuparse de sus osadías. También es cierto que he sido siempre muy prudente con el sexo, no por pudor moral, sino porque mal tratado puede incluso volverse en contra del autor. Entonces, son escenas muy cuidadosamente estudiadas y descriptas. Nada es espontáneo. No soy un escritor pasional, que se deja arrastrar por los impulsos. Soy un escritor cerebral. Y si algo no me gusta elimino, tacho, busco "la" palabra, el término justo.

¿Aspirá a que Falcó llegue al cine como Alatriste, La Reina del Sur, El club Dumas, El maestro de esgrima…?

–Un productor español y director me lo ha pedido. Pero es demasiado pronto. Hay que darle tiempo al lector a que construya en su imaginario al personaje. Meterle la interpretación de un director, de un productor o de un guionista al lector significa condicionarlo. Tiene apenas tres años en las librerías. Cuando Falcó esté asentado, a lo mejor un director pueda hacer su propia versión del personaje, que nunca será la mía.

Le prometió a otro escritor, Jorge Fernández Díaz, que Falcó en su vejez se encontraría en Buenos Aires con Remil, otro agente canalla creado por él, personaje El Puñal y de La Herida. ¿Va a cumplir?

–Acabo de terminar una nueva novela, todavía en corrección, que saldrá en Navidad y justamente mi plan es escribir ese relato corto en el verano. Falcó vive en el Hotel Alvear, desayuna cada mañana en La Biela, y ahí se encuentra con Remil y su jefe, el Almirante. Es un homenaje de amigos, en la Argentina.

¿Cuál fue su intervención en la segunda parte de La Reina del Sur, serie que acaba de estrenarse en México?

–No quería hacer la segunda parte. La primera fue un éxito y la novela está ahí. Pero vinieron los productores y Kate del Castillo, muy ilusionada con el personaje, y me convencieron. Hice una trama básica, inventé una historia, una segunda parte, no como novela sino como tratamiento narrativo. Vinieron los guionistas y trabajamos durante muchos días metidos en un hotel de Madrid, generando situaciones, personajes secundarios, derivaciones de la trama, hasta generar una estructura compleja para un guión. Luego, ya me aparté y los guionistas desarrollaron cada capítulo. He visto tres episodios que me mandaron y está muy bien. No es mi novela, es una historia basada en mi historia desarrollada para telenovela. Me dicen que ha colapsado las audiencias, así que estoy contento por ellos.

Kate del Castillo convenció a Pérez-Reverte y volvió al personaje que la catapultó a la fama (Foto: Telemundo)

Se lo ve como un escritor que anda por la vida solo, con su mundo, sus amigos, sus viajes, pero siempre como un hombre que va y viene solo. ¿Es una imposición de la vida del escritor en la que no hay lugar para otras personas?

–Esa pregunta es muy buena. Da para una conferencia; la voy a tratar de resumir. Un buen escritor siempre está solo. Nunca puede estar en relación con los demás. Hay una parte de él que exige la soledad. Es imposible que la interacción con los demás, en el momento de trabajar, sea productiva. Es perturbadora. Y esa soledad que arrastra el escritor, en casos patológicos es mala. En mi caso es nutritiva. Tengo amigos, vida social, familiar, pero cuando viajo a Nápoles, a San Petersburgo o a Angola con una idea de una novela en la cabeza estoy solo. Y me gusta ser un escritor que está solo. Me siento, leo, camino, miro, tomo notas, incluso cuando hablo con la gente estoy solo. Necesito de esa egoísta soledad para que el mundo que estoy adquiriendo tome cuerpo y nada lo perturbe. Los amores, las pasiones, las discusiones, las tensiones, los apuros familiares, económicos, sociales, políticos acechan el mundo del escritor. Hay escritores que conozco para quienes la perturbación continua del mundo exterior es una lucha. Y es terrible, crea tensiones horrorosas, y es admirable cuando pueden superarlas. Soy tan egoísta como escritor que puedo cerrar la puerta a todo aquello. Quizá por mi vida como reportero: pasaba del horror a tener que escribirlo; de un viaje a Sarajevo a una vida familiar. Ese adiestramiento de entrar y salir de dos mundos diferentes ayudó a disciplinarme y dejar fuera lo que me perturba.

¿Su entorno lo comprende?

–Si el entorno de un escritor no lo comprende, hay que cambiar de entorno. Toda la gente con la que me relaciono, amistades, familia, lo que sea, procura alimentar ese aislamiento, esa soledad técnica, profesional, que no significa vital. Hay un ejemplo: Thomas Mann escribía en su casa y su familia lo aislaba. No había ni un ruido. "Papá está trabajando", decían. Pero un día él estaba solo. Llegó el lechero a cobrar la factura. Mann no entendía nada. No sabía dónde estaba el dinero y se encontró durante 10 minutos, completamente desconcertado ante el lechero porque había una irrupción en su mundo.

A los personajes que ha creado y con los cuales ha tenido una relación particularmente intensa, los abandona cuando las novelas se terminan. ¿A cuál le ha costado más soltar?

–Es una pregunta bastante interesante. Es doloroso apartarse de ellos. Vives con ellos, hombres o mujeres, durante años a veces. Están en tu cabeza fraguándose durante mucho tiempo mientras haces otras novelas. Y un día, tras estar cada día con ellos luchando, escribiendo, dialogando, formando parte de tu vida, y tras saberlo todo de ellos, terminas, cierras y se van. Es como divorciarse de una mujer a la que amas. Quizás del que más sentí separarme fue de Teresa Mendoza, la Reina del Sur. Estuve mucho tiempo en México para elaborarla. Requería por mi parte un gran esfuerzo para poder entenderla como mujer, entender sus motivaciones, sus tragedias, su lucha, su ajuste de cuentas con los hombres. De hecho, en una facultad de psicología feminista en España utilizan a La Reina del Sur como libro de texto. Con ella fue como tener una amante, una mujer, una esposa, y cuando se marchó por la mañana, me sentí muy melancólico. Pero me pasa un poco con todos. Ellos son como una especie de familia, de amigos, de amores que morirán conmigo.

Esas dos vidas paralelas, ¿entran en tensión?

–No, se combinan. Mi imaginación y mi vida se mezclan continuamente. Tengo el hábito de vivir con ese mundo a cuestas. Estoy sentado, comiendo en un restaurante de Buenos Aires y mis personajes, los escritos y los por escribir, están conmigo, interactúan. Y a veces estoy soñando, o estoy leyendo y se superponen con los seres reales. Y a veces también pienso en ellos como personajes de verdad y en personajes reales como personajes de ficción. Esa especie de terreno difuso, ambiguo, es maravilloso. Yo me psicoanalizo leyendo. Cuando eres un tipo con una vida normal, que ha digerido bien el mundo, vivir en esa zona es bueno, no perturba. Si fuese un tipo inestable, con traumas, eso me crearía tensiones, esquizofrenias, momentos terribles de angustia. Pero a mí me serenan, me enriquecen. Voy por la vida con ese mundo alrededor, una especie de nube, que me permite además apartarme de lo que no me gusta. Del mundo actual, de los políticos, de la sociedad, de lo que me desagrada. Interpongo mi mundo de imaginación, mis personajes, mis novelas, las leídas y las escritas y allí también están Stendhal, Balzac, Conrad, Dostoyevski, Lampedusa, o mis propias novelas mezcladas con ellas.

Sobre su faceta de académico, ¿hubo un cambio de postura respecto al lenguaje inclusivo?

– No es que yo me haya convertido a las tesis feministas, siempre creí que el lenguaje debe ser inclusivo. Tienen razón las feministas cuando dicen que el lenguaje ha estado condicionado por una sociedad patriarcal. Pero el límite es el sentido común. Lo que pasa es que cuando criticas la estupidez la gente piensa que te estas refiriendo a todo el lenguaje inclusivo. Necesito que el lenguaje sea claro, diáfano, y eficaz para contar historias. Defiendo mi herramienta de trabajo. Hay detalles que son negociables como la natural modernización del lenguaje, sino estaríamos hablando latín. Utilizo el señores y señoras, lectores y lectoras, y niños y niñas cuando hace falta. Pero no digo los alumnos y las alumnas. Digo los alumnos. Es economía del lenguaje. Otra cosa es que me pliegue a la estupidez de que todes les vaques son explotadas y no pueden dar leche. No. ¡Váyanse al carajo! Eso viene de sectores analfabetos del feminismo, que intentan imponer el analfabetismo. Mi cuñada es una feminista académica, seria y jamás se pliega a eso. El error está en poner a cualquier enloquecida que dice que las abejas son hembras explotadas al mismo nivel que a una profesora universitaria, con amplio currículum en feminismo intelectual, a la cual sí hay que escuchar.

Otro punto conflictivo es el revisionismo feminista en la literatura, con obras canónicas censuradas por ser consideradas sexistas.

–Durante 3.000 años el hombre ha sido el protagonista de la literatura, porque lo era de la vida social. Y cuando la mujer era protagonista como Electra, Antígona, Madame Bovary, era siempre como rehén o resultado de la acción del hombre. Pero ahora hay una mujer nueva. Ana Karenina y la Dorotea del Quijote sirven como análisis sociológico de un momento histórico. Hoy el hombre está agotado como limón de paella, ya se ha escrito todo sobre él. La gran protagonista de la narrativa audiovisual y literaria del siglo XXI es la mujer y tiene unos conflictos interesantísimos. Pero borrar 3.000 años de literatura es un error. Lo que hay que hacer es compararla justamente para ver cómo ha cambiado la mujer y aquel mundo.

–Hay otra tensión cultural pero sin distinción de género: la que juzga el pasado con la moral de hoy, como sucedió con López Obrador, el presidente de México, cuando le exigió una disculpa al rey de España por la Conquista.

Es un error. Al pasado hay que estudiarlo con ojos del presente pero no juzgarlo. La Argentina que exterminó a los indios no es la Argentina de ahora. Eso no ocurriría ahora, pero entonces ocurrió y nadie protestó por eso. Hay que contextualizar las cosas. Al pasado hay que conocerlo porque explica al presente. Somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos. Pero de ahí a querer cambiar el pasado por la medida actual es claramente un despropósito.

–Por último, suele decir que muchas veces siente más empatía por los perros que por seres humanos. Como escritor, ¿no hay una contradicción en eso?

Eso es llevar el argumento al extremo. Lo que digo y es verdad es que los perros tienen virtudes que yo desearía ver más en los seres humanos. Como lealtad, valor, coraje, dignidad. Por eso, a veces mi experiencia de vida ha hecho que me fíe más de los perros que de muchos seres humanos.

Fuente: infobae.com

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