Chancaca el flautista memorable

/ Opinión
Por: Álvaro Jesús Urbano Rojas

Chancaca el flautista memorable


Chancaca, el flautista memorable camina las calles de Popayán con su semblante desgarbado, su cuerpo larguirucho y escuálido, quienes lo conocen entienden que es un hombre que sin tenerlo todo, no le falta nada, por lo que no podía llamarse de otro modo. De sombrero desastrado, mochila fatigada, ruana andrajosa y su flauta de carrizo de siete agujeros con tapón de cera y boquilla con  dejillo a aguardiente, interpretada con magistral encanto  con esos dedos toscos que taponan con singular euritmia los orificios tonales.

Se acuesta temprano y se levanta tarde, al despertar saluda a viva voz ¡buenos días Colombia! e inicia su periplo por la casona del maestro Valencia, donde Álvaro Pio, el hijo del poeta, adalid de la justicia social todos los días le ofrece una tasa de tinto, el que acompaña con un primer sorbo de aguardiente. Después  llega a la última lágrima, ruta obligada  al cementerio Central,  y a la Vereda de Torres, ahí ameniza el Lunes del zapatero degustando la gratuidad del sancocho de gallina criolla y de las totumas de guarapo de caña.

Discurre su peregrinar por Calicanto, la Vinera “Los Naranjos”, vecindad del museo del Pintor Efraín Martínez,  degusta  el “Vino  Loco”  de Don Silvio Sandoval añejado con naranjas dulces de Almaguer, mezcladas con  uva de moscatel aclimatada en Popayán. Toca su flauta en la banca de madera, guarecido del sol calcinante, mientras llega donde María, en los Dos Brazos lugar  en que se bifurca el rio Ejido; bebe aloja, chicha de maíz mientras la clientela consume las frituras de vísceras de marrano del Boquerón. Al caer la tarde visita la zona de tolerancia, para luego subir al Sotareño, bar tradicional figón decorado con bártulos perpetuos, retratos de antaño y mesas cubiertas con mantelería verde agujereada por cigarros de poetas extasiados en las lisonjas del amor y el desengaño.

Con la juma en pleno furor, lo descubre un mocerío travieso, hijos de socios del Club Popayán, ellos sin cita previa y atraídos por la  música chispeante se congregan ante el zócalo heroico del sabio Caldas bajo los influjos mágicos de la flauta.

En el gentío está, Johann Von Herder; músico alemán coleccionista de flautas dulces, ocarinas de metal, caña, arcilla o  hueso, quien le ofrece una gruesa suma por la flauta, pero Chancaca se niega a venderla.

- Despreocúpese maestro, aseguró uno de los discípulos. Con unos cuanto güisquis, no sólo nos la vende, de pronto  hasta nos la regala.

-¡No! - Afirmó el más joven de ellos; para que la flauta tenga  mayor significación, hay que robarla. - Es cierto, dijo el otro, una vez lo venza el desvarío del licor, nos  llevamos la flauta. Entre más bebía su concierto alcanzaba mejores matices.

Vencido por el sueño se acomoda en una banca del parque, se persigna, guarda la flauta en su mochila y abrazado a la botella duerme abrigado con los regazos de su ruana. Se aferra a la mochila para salvaguardar la flauta, cada vez que intentan abrirle los brazos, Chancaca despierta: - ¡Que pasa primo¡  ¿se toma el otro? Y  se  abandona en la banca hasta que gélida brisa del Puracé debilita sus brazos desatendiendo la mochila, fue entonces cuando la perfidia juvenil aprovecha para  robarle la flauta.

Chancaca despierta, desolado deambula las calles y lamenta la pérdida del instrumento, más refugiado en las argucias del licor concita al coleccionista, quien sin el menor reato de conciencia ofrece pagarle diez dólares. Chancaca se quita el sombrero, invade la mirada del impostor con reproche de bohemio, diciendo con deliberado acento: No se preocupe “míster”  ¡Ya me robaron la flauta, ahora vengan por la música!

Por causa de la tristeza la salud de Olmedo Vidal –Chancaca- colapsa. En los albores de la muerte en el Hospital  Universitario San José, ese diciembre alegra a los enfermos con la flauta que las enfermeras le regalan. Fueron sus últimas tonadas, llegada  la hora de resignar su eufórica existencia viaja al Oriente Eterno a deleitar al supremo creador del universo, legando a Popayán su música  y  su quimérico talento.

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