Consumo y el desafío de vivir juntos

/ Opinión
Por: James Arles Ruiz Medina

Consumo y el desafío de vivir juntos


El consumo es un despeñadero que demanda de los seres humanos acciones inacabables para llenar con objetos la identidad del ser y, crea, un alto riesgo de violencia; sobre todo, en aquellas personas que se encuentran en condiciones de anomia social y viven en los extramuros del Estado, cuyas vidas giran en torno a condiciones que deben ser llenadas acudiendo a la intimidación para obtener lo que por otra vía no pueden alcanzar.


Sobrevivir, en esas condiciones, crea patrones culturales y símbolos de éxito que pueden ser violentos; muestra, además, un modelo de producción y distribución social que hace del consumo una forma de propiciar la valía personal y la realización del ser, convirtiendo los objetos en imprescindibles, tanto que inducen a las personas a transgredir la normatividad para alcanzarlos.

En ese contexto encontramos, por ejemplo, que el malandro no hace apreciaciones críticas porque no está en condiciones culturales de hacerlo y, sin embargo, concibe que el Estado no concede a todos los seres humanos condiciones para mantener la convivencia, ni la comunidad, en la cual sobrevive, llena sus necesidades, sintiéndose víctima de unas reglas de juego que éticamente no puede cumplir y lo inducen a ejecutar conductas transgresoras y agresoras.

Por otra vía, el consumo, que llega a ser brutal y absorbente, afecta de igual modo a un conglomerado de personas pudientes mediante estímulos mediáticos multiplicadores de necesidades artificiales que terminan en agotamiento y, en veces, en severas debilidades emocionales.

Hablar de mercado, para los descartados sociales, significa no tener las mismas ventajas de los otros, pues no pueden consumir los objetos que adquieren los aceptados y admitidos en la sociedad. Saben, además, que ni siquiera pueden vender su fuerza de trabajo.

Para que la cultura del consumo persista, es necesario que haya cultura consumista. Unos procuran conseguirla mediante los medios que les ofrece el Estado: la legalidad o la corrupción, y, otros, utilizado la única alternativa de la cual disponen: la violencia.

La humanidad no es una característica inherente a los seres humanos, ni es antropológica; la humanidad la genera la certidumbre de no estar separados por brechas económicas, sociales y culturales.

Ni mucho menos la equidad humana se construye con esquemas desiguales, creadores de abismales distancias. Si no se tiene la esperanza de ser iguales  en dignidad, que no es un problema abstracto, las personas deben sentir que la economía les pertenece y les es solidaria.

¿Se dirá que los descamisados tienen libertad? -para morirse de hambre-, ¿que su libertad termina en el límite donde comienza la libertad de los otros? -mera ficción filosófica-, enfoques que nos remiten a preguntarnos cuáles son las fronteras que definen nuestra libertad y la libertad de los demás y, hallamos que, esencialmente, son económicas.

Es allí donde la libertad se entiende como un proceso que se origina en todos los espacios de la vida social. Si alguien es libre, oprimido o reprimido, esas condiciones son las que determinan que existan sociedades que engendran y reproducen la explotación de los seres humanos.

No es, entonces, la libertad un juego de tolerancia, una lucha entre quienes para dominar viven en libertad en cada momento de sus vidas y los desesperanzados que no la tienen, y saben que sus generaciones venideras tampoco la tendrán.


El camino de la libertad y la justicia no debe conducir a la utilización, manejo y disfrute de unos seres humanos por otros, como si fueran objetos. Mientras esto ocurra, hablar en una sociedad determinada de libertad, o no, para hacer una cosa, es legitimar la pobreza y la injusticia social, que agreden la existencia humana de quienes no pueden disfrutar de esa libertad.

¿Somos libres? Esa es la panacea que el Estado nos entrega, pero la libertad no puede ser folclórica, o es una realidad que a las mayorías les permite el ingreso del pan y el bienestar a la casa, o no lo es.

Sobrellevar una democracia formal induce a tolerar una democracia quebrada, que funciona con sutiles dispositivos morales que hacen creer que el desorden social es modelo ideal.

Una democracia justa ha de ser un orden político constituido por una democracia económica, y una democracia económica no es la que está fundada en el “dejar hacer y dejar pasar”, o en admitir el mordaz criterio de Orwell, que la definía como una realidad donde “unos son más iguales que otros”.

La crisis pandémica social, que está a la vuelta de la esquina, pondrá en la agenda del orden del día la pobreza y miseria de millones, como lo observan organismos internacionales. Y, paradójicamente el Estado, que se autoproclama como bienhechor, no las podrá solucionar plenamente, por su naturaleza política propiciadora de enormes desigualdades sociales.

Salam Aleikum.

Jorge Muñoz Fernández

jorgemunozefe@hotmail.com

"No por miedo a la locura arriaremos
las banderas de la imaginación"
Gaston Bachelard

Correo alterno:
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