Democracias tuteladas y neoliberalismo

/ Opinión
Por: Mateo MalaHora

Democracias tuteladas y neoliberalismo

Muy a pesar de expresar su contradicción con el  registro noticioso del New York Times, las protestas del Estado colombiano no califican para mostrar su total independencia con relación al Estado norteamericano.

Es evidente que nuestras democracias son controladas  y sus controladores no están sometidos a ningún mecanismo democrático mundial.

Desde los tiempos en que los Estados Unidos se erigieron económica y militarmente como una nación predominante en el planeta el sistema democrático de nuestro país es de baja intensidad, vale decir tutelado, limitado y restringido.

En esa perspectiva, nuestra nación coincide con la aprobación de la doctrina económica universal que pregona la liberalización, la satanización del estado y exalta la honradez que soporta la competencia del mercado.

La consigna imperativa es: todo lo estatal es anacrónico, aburridor, pesadamente burocrático y corrupto; hay desregular el estado y privatizar los servicios públicos para volverlos eficientes.

Ideología neoliberal ha hecho  creer que  lo equilibrado y justo pasa también por la completa liberalización de la economía.

Pensamiento que ha terminado en que la  humanidad admita que no hay más alternativa que la ofrecida por el  mercado, único sistema capaz de  corregir las injusticias y las disfunciones del capitalismo, que al final lo conducirán a la modernización.

En el marco de esas representaciones conceptuales estamos como en la época de la expansión medieval, cuando nada podía transgredir el oscurantismo que regía la vida social y moral del ser humano desde el nacimiento hasta la muerte.

Utopía que hoy no puede existir sin aniquilar la sociedad, por no tener un sistema administrativo, con autoridades visibles, que propicien rectificaciones, que definan metas y establezcan medios para conseguirlas.

Entre tanto, dejemos que sea George Soros, uno de los multimillonarios del globo, citado por Marta Harnecker, en Haciendo posible lo imposible, quien nos oriente, cuando en 1998 confesó:

“Yo hice fortuna en los mercados financieros mundiales y, sin embargo, ahora temo que la intensificación desenfrenada del capitalismo liberal y la extensión de los valores comerciales a todos los terrenos de la vida pongan en peligro el futuro de nuestra sociedad abierta y democrática.

El principal enemigo de esta sociedad ya no es la amenaza del comunismo, sino claramente la del capitalismo”.

Pretender que el sumiso Estado colombiano recomiende políticas económicas a los Estados Unidos no solo es sarcástico sino desconocedor del puesto subordinado que ocupamos.

“Pero así es el mundo, tiene la verdad muchas veces que disfrazarse de mentira para alcanzar sus fines”. (Saramago).

Hace años terminó la guerra fría, pero ello no ha significado que el sistema económico y social del capitalismo cosmopolita haya desaparecido.

Pareciera que existiéramos como en tiempos de la Reforma luterana cuando se impuso una tranquilizadora afirmación: “todos los hombres somos hijos de Dios”.

Aseveración ideológica que suponía establecer una cordial, fraterna y hasta cariñosa relación entre el Hacedor supremo, la ley y la realidad político social, concordancia que garantizaba la suave imposición  política imperante sobre quienes no tenían la ilusión de llegar temprano al banquete de los bienaventurados y no les quedaba otro dilema que el de imaginar, felizmente, su arribo a la igualdad democrática en la vida celestial.

Dopados por informaciones faranduleras, excitados por informaciones deportivas, intoxicados por informaciones ideológicas y emponzoñados por informaciones políticas pendencieras, nuestros ciudadanos  confían en que hallarán completa sanación mental en los consultorios terapéuticos de las urnas electorales.

Mientras esto ocurre, la corrupción en el país sigue in crescendo, las ciudades son claros ejemplos de la desigualdad social, los dueños del poder ajustan sus credos religiosos, cubren los riesgos patrimoniales en compañías aseguradoras para salvar sus fortunas mal habidas y sueñan con Pandora, no para conocer los padecimientos que se avizoran sobre Colombia, sino para urdir cómo se quedarán manejando  políticamente en los próximos años la esperanza.

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