Desde el fondo de la peste

/ Opinión
Por: Mateo MalaHora

Desde el fondo de la peste


Letrados y no letrados, ilustrados y profanos, repentinamente caímos en un foso de cósmicas dimensiones. Los círculos psicoactivos y solidarios, con los cuales interactuaba el mundo, se debilitaron y no responden a los pensamientos que presumíamos eran sólidos.

La crisis ‘del nosotros’ rompió la resistencia de la economía y los centros del conocimiento. El presente y el porvenir tambalearon, sacudidos por la desventura y la tragedia.

El colapso de los últimos vestigios de la modernidad: razón, historia, política y progreso, produjo un aburrido bostezo frente a los personajes y acontecimientos que intentaron sostenerlos con falsas posturas.

La ciudad, metáfora de la cultura moderna, quedó convertida en el conflicto urbano del capitalismo clásico, no estuvo preparada para administrar las mutaciones sociales de la comunidad. Ni teníamos una visión crítica de la globalización, hasta que la peste nos mostró el tamaño universal de la pobreza.

Pasamos, con los ojos blindados, por sociedades generadoras de desigualdades sociales, en las que la justicia humana no ha circulado con prioridad y suprema valía. Valga recordar que el 1% de la población se apropia del 80% de la riqueza mundial.

El sujeto histórico, que presumíamos soberano, se desintegró, los dispositivos que sostenían al individuo se aplastaron y la cultura, banalizada e intrascendente, hoy hace esfuerzos por entender el lenguaje de la pandemia e interpretar el lado obscuro de la tragedia.

Valga recordar que los mecanismos de solidaridad ya estaban rotos, rasgados y averiados. Éramos actores encandilados corriendo hacia el abismo. Caminábamos en dirección equivocada, haciendo guerras en nombre de la libertad y la civilización, que con maestría escondían la silueta del comercio, sin percibir el colapso de la paz mundial.

Un talante, una manera de pensar y de ser insinuaban que habíamos llegado a la cúspide del progreso y habíamos improvisado un léxico que simulaba interpretar la historia, como si estuviéramos en la época presidida por el ideario sociopolítico de la ilustración.

El reencantamiento del mundo mostraba el fin de la modernidad y un ascenso hacia el progreso abría las puertas para que pasara el neoliberalismo con seductores atuendos. Los patrones oro y dólar operaron, y todavía operan, como armas de destrucción masiva para los países dependientes.

La cultura, presuntamente civilizatoria, recorría los centros comerciales exhibiendo las bolsas del consumismo, ‘shopping center’, mientras el individuo se disolvía en los supermercados empujado por el poder gravitacional de los medios de comunicación.

Los seres humanos se estandarizaron, nivelados por la felicidad per cápita, y se quedaron sin fuerzas para ejercer su poder ciudadano.


Y, de repente, los nómadas modernos y orgullosos citadinos pasaron al confinamiento, al encierro y la clausura, como desterrados en su propio refugio.


En boga se puso la palabra solidaridad, que ya se encontraba gastada y tácitamente fallecida, que no se reanimará pronunciándola sino practicándola, convirtiéndola en gestos de protección, en poder instalado económicamente en el mundo de los necesitados, para que la salud y la educación, por lo menos, no permanezcan prisioneras y torturadas detrás del código de barras.


De tumbo en tumbo, lo sólido se desvaneció, dejando al desnudo el mito del contrato social, con sus engañosas banderas de progreso y bienestar.


Entre tanto, el tono agudo y festivo de la vida cruza el espacio de ‘la levedad del ser’, quizá hasta que el conocimiento dialéctico se haga cargo de las ciencias sociales y políticas y de las ciencias biológicas para refundar el universo.


Se abren espacios para repensarlo todo: historia, progreso, sujetos, utopías, ciencias y, en lo político, distancias profundas, que transformen las reglas del juego existentes.


Salam Aleikum.

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