El Cauca somos todos

/ Editorial
Por: Periodicovirtual.com

El Cauca somos todos


El Gobierno y los indígenas deben trabajar de la mano para enfrentar los carteles de la droga

El narcotráfico es un cáncer que hizo metástasis en la geografía  nacional y en la sociedad. Lo que está pasando en el norte del Cauca es  una desgracia, en especial para las comunidades indígenas, que  valientemente se enfrentan a una recua variopinta de mafias. Allí  conviven disidencias de las Farc y bandas criminales, de la mano con  poderosos carteles mexicanos. Es decir, todo se reduce al imperio del  negocio de la coca, en el que la muerte suele hacer parte de la  organización.

Lo demuestra la lista luctuosa de los últimos días. El país ya había  sido sacudido el pasado 1.° de septiembre con la muerte de la candidata a  la alcaldía de Suárez, en el norte del departamento, Karina García, de  su señora madre y de dos integrantes de la comitiva. El pasado martes  asesinaron a sangre fría, en la vereda La Luz, de Tacueyó, a la valerosa  gobernadora indígena neehwe’sx Cristina Bautista, junto con cuatro  guardias.

Cuarenta y ocho horas después, cuando apenas el Estado  llegaba a la zona a atender la masacre, cinco ingenieros fueron  degollados en Corinto, al parecer porque los asesinos pensaron que eran  miembros de la inteligencia militar. Y este fin de semana, en Toribío,  fue acribillado otro joven indígena, además del escolta Fabio Rivera,  quien trabajaba para la Unidad Nacional de Protección. Este es el  increíble y doloroso balance en una zona donde hace 15 días las mafias  advirtieron en panfletos que por cada cabeza de guardia indígena o  coordinadores de guardia pagan 10 millones de pesos.

Es claro.  Los grupos ilegales quieren sacar a los nativos que se niegan a que sus  territorios sean escenario de cultivos ilícitos, laboratorios, rutas de  coca –que entre Cauca, Chocó y Nariño suman más de 61.000 hectáreas–,  además del tráfico de armas.

Desde luego, es una pelea desigual  la de los bastones de mando frente a los fusiles de asalto y las  granadas. Por eso es vital que los indígenas entiendan, de una vez por  todas, que el Estado es su aliado. Hoy, el enemigo común es el que los  está matando y los quiere despojar de su tierra.

El desafío de  los narcotraficantes y disidencias –son lo mismo– es un póker sangriento  que el Estado debe jugar con inteligencia y poniendo a su servicio  todos los poderes. No es descabellada la idea de académicos, como el  exrector de la Universidad Nacional Moisés Wasserman, de que haya un  comando conjunto de guardias indígenas y el Ejército. Y que este no  tenga terrenos vedados. En ese camino, indígenas y Gobierno deben hablar  con franqueza y sin prevención. Cristina Bautista les dijo: “Nos tocan a  uno, nos tocan a todos”. Ese ‘todos’ incluye a los demás colombianos.

Para  desterrar el crimen, lo dicen expertos, el Estado tiene que llegar no  solo con más pie de fuerza permanente, sino con presencia institucional e  integral, con programas sociales y de desarrollo, buscando atacar la  pobreza y creando confianza. Porque la lucha es, así mismo, contra el  viejo abandono estatal.

Y, por qué no, hay que ir más allá, pues  este ya no es un problema local. Es transnacional. Se debe trabajar con  México, porque sin duda en esta zona están los sanguinarios carteles  aztecas. En todo caso, este es un reto por el Cauca, por los indígenas,  por la paz y por el país.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

Editorial tomado de: https://www.eltiempo.com

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