El Duende de Pomona

/ Opinión
Por: Álvaro Jesús Urbano Rojas

El Duende de Pomona


No creo en brujas, espantos o aparecidos…Pero, que los hay, los hay.  Desde niño escucho historias de candorosos narradores con escalofriantes relatos que hacen alucinar la imaginación. Recuerdo con profunda nostalgia  la exquisita narrativa de mi abuela materna, quien mientras horneaba el pan al calor del crisol de leña, nos congregaba sin cita previa a escuchar crónicas, mitos y leyendas de la tradición oral caucana.

Sus relatos describían en detalle el mundo de los espíritus, desbordando el alcance de nuestra imaginación cuando todavía no se masificaba la televisión y sólo se competía con las radio novelas. Todas las noches  mientras veraneamos en  el Coconuco ancestral, bajo el abrigo de una cobija de lana y ante  el influjo del horror, los nietos nos aglomerábamos en la cocina junto al escaparate de cedro aterido, resguardando el lado ciego de nuestras espaldas. Sus palabras, cargadas de realismos mágico, nos hacían  escuchar los estrepitosos aullidos de aquel ser antropomorfo, de sombrero grande, baja estatura con pies y  manos torcidas que habitaba en los barrancos enmarañados del bosque andino.

Cincuenta años después, un vecino y prestigioso abogado, cuya casa de habitación colinda con el diamante de beisbol, rememora  la leyenda del Duende, lo describen como un espectro de baja estatura, enorme sombrero, caminar lento y contoneado que se desplaza entre la penumbra de la noche, luciendo un camisón de mangas desmesuradas,  desde la media noche, lanza piedrecillas a la ventana de la alcoba de su hija  que lo atrae con el encanto de su piel nívea y rubia cabellera. La intimida con incesante acoso y lo hace cuando los vientos huracanados de julio y agosto arrecian la zona boscosa del río  Molino, desde donde se escuchan sus gemidos ululantes que horrorizan y hacen intransitable la zona de tráfico entre el andén y la malla que delimita la Unidad deportiva de Tulcán. Pasado el tétrico alboroto, toda la noche se oye el  relinchar y  galopar de  los caballos que pastan en el predio, jamelgos que el duende fustiga  con juncos de sauce,  utilizando por riendas las trenzas  de las crines y  dejando su huella espectral en las entreveras de la cola.

En el Cauca,  dicen que se trata  de un espíritu chocarrero de gran sombrero tejido con chupalla negra; la tradición oral afirma que le encantan las rubias, de nombre Isabel, o derivados de la palabra Luz: Lucely, Lucero, Lucy.  Frecuenta los lugares donde hay  uvillas,  le gusta tirar piedras a los techos de las casas, persigue a las muchachas en edad de tener novio, rapta niños para llevárselos a sus aposentos a jugar con corozos, les hace trenzas a los caballos y le fascina tocar guitarra; le disgusta  el olor a ajo,  el aroma a chondul de paja. Una de las maneras de ahuyentarlo es dejar una guitarra destemplada para que abandone sus dominios.

Los psíquicos aseguran que el duende no es malo,  sólo trata de llamar la atención con juegos, risas y travesuras, tirando terrones  o semillas.  Afirman que hay que tener cuidado con él  porque  en ocasiones está gobernado por lémures diabólicos que pueden transmutarlo para hacerle daño a quien lo agrede.

Duendes malos son los candidatos y politiqueros inescrupulosos que engañan, aparecen y desaparecen como seres bidimensionales, volviéndose visibles en elecciones e invisibles en el poder. Necesitamos identificar esos duendes  para  no ilusionarnos con sus mentiras y trapisondas.  En  la ciudad surgen en época electoral duendes que desdibujan nuestra realidad. Hay que actuar con responsabilidad social para ahuyentarlos y no seguir votando por los mismos con las mismas.

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