El primer despojo de nuestra memoria histórica

/ Opinión
Por: Mateo MalaHora

El primer despojo de nuestra memoria histórica

Retorne usted imaginariamente a la época en que se produjo la expulsión de los moros por España y encontrará que los mismos métodos utilizados en las cruzadas liberadoras se aplicaron en América Latina, o el Nuevo Mundo, para refundar los  asentamientos que, a partir de 1492, culminaron con la imposición de los valores culturales hispánicos: La cristianización abolió la cultura islámica en la península.

En nuestra historia, el memoricidio, a la postre, hizo perder la verdadera historia de nuestros pueblos, tanto que en los relatos oficiales solo se habla que España nos dejó “las lentejas, la cebada, la caña de azúcar, las costumbres, creencias y el maravilloso idioma que hablamos”, al mejor estilo del inefable Henao Arrubla.

La otra historia, la que ya existía, no se cuenta.

Sin embargo, no podemos negar que el siglo XV fue el escenario de una conquista social y cultural violenta, que construyó sociedades coloniales basadas en procesos donde imperaba la cruz, la espada, la extracción del oro y la plata, los productos agrarios, el esclavismo y el mestizaje, arbitrariamente impuesto, mediante el quebrantamiento de la dignidad de las mujeres,  dado que los españoles no las trajeron en su carabelas. La violación se impuso contra las indias y  las negras, transportadas desde el África como esclavas.

Del “encuentro” entre blancos con negras nacieron los mulatos, del “encuentro” entre blancos con indias nacieron mestizos y, se llamaron criollos, a los descendientes de los europeos, que socialmente no tenían las mismas prerrogativas de los españoles directos.

En “Las venas abiertas de América Latina” encontramos que la imaginación estética de los indígenas fue humillada y despreciada; los galeones, con objetos de oro y plata, son testigos milenarios  que siguen en el fondo de océano.

Para que España pudiera conservar la Monarquía murieron millones de indígenas; el trabajo forzado en las minas,-donde el mercurio hizo presencia histórica en Colombia-, se extendió en los siglos XVI y XVII con la utilización de esclavos africanos, para liberar a los indios, “benévolamente”, de los socavones.

Las culturas ancestrales fueron arrasadas para expulsar a los demonios guardianes de los indígenas y los negros. Se trajeron pintores, arquitectos, escultores y músicos. Había que expulsar  las creencias nativas con símbolos barrocos propios de la cristianización.

La música de los indios y los negros fue desmantelada, en su sistemática demolición desaparecieron los rituales y los cantos, y, por supuesto los instrumentos musicales autóctonos.

Los indios y los negros tuvieron que aprender las danzas españolas para alegrar las noches de los triunfadores.

En la Carta de Jamaica, 1815, Simón Bolívar, refiriéndose a los crímenes masivos expresa:

“Barbaridades que la presente edad ha rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana; y jamás serán creídas por los críticos modernos, si constantes y repetidos documentos no testificasen estas infaustas verdades”.

Así mismo, no fue dulce la expansión de la caña de azúcar en Centro América y el Caribe, explotada por esclavos negros, que en algunas regiones fueron  obligados a construir templos, puentes, casonas y símbolos del pensar colonial.

La historia nos recuerda que el Papa Alejandro XVI autorizó la concesión de tierras a los españoles a cambio de ejercer poder religioso sobre los nuevas “almas” conquistadas. Dios había descendido a proteger, con las bulas pontificias, a los colonizadores.

Por medio de la encomienda se aniquiló a pueblos enteros como si fueran animales salvajes. Los “otros” eran bárbaros. No  abrazaban el ideario de la cristiandad. Se calcula que en el Nuevo Mundo setenta millones de indígenas fueron exterminados, sin contar los negros.

Y, todavía, en algunos sectores elitistas, los indios y los negros, son considerados inferiores, como lo conversábamos en días pasados con el abogado Edgar Ibarra,  Carlos Ramos, historiador y Henry Usuriaga, de Puerto Tejada, municipio bañado por el Rio Cauca, que en su paso por el Norte de Cauca, aún no ha sido sometido a la ruina y el despojo.

Corolario: No se trata de crear animadversión contra la sociedad española del presente, que preserva  expresiones de la cultura morisca, como en la Alhambra y en Toledo, y tiene en sus universidades admirables centros de investigación, pero la historia  conserva inamovibles testimonios que no admiten  excusa para olvidarlos.

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