Ética y democracia en tiempos de magnates

/ Opinión
Por: Mateo MalaHora

Ética y democracia en tiempos de magnates

¿De cuál equidad política y equidad moral hablamos en el sistema capitalista?

Veamos  los intereses. Si un magnate se para en frente de un individuo o ante  cualquier Estado y desea incrementar sus arcas económicas, la   interacción que sostenga con ellos no se basa en principios de equidad  sino en estrategias del mercado.

Para  los magnates, la equidad moral y la equidad política, son dos cosas  similares, no se trata de establecer diferencias, ni vestir las  estrategias del consumo  o los negocios con aburridos principios de  integridad y sensatez, porque el capital siempre recurre a trajes  pulcros que  ofrezcan la sensación ser utilizados únicamente por los  emisarios de la honradez.

Esta  ha sido la historia del capitalismo, dominada por la irracionalidad, el  saqueo, la rapiña y, cuando no, a la violencia nacional o  internacional.

Pensar  que bajo el abrigo totalitario de su dominación existe una especie de  camisilla protectora y  guardiana de su ética es  malinterpretar su  naturaleza política, que ha tenido prácticas políticas parecidas a las  que imperaron en   los regímenes estalinistas.

No  cabe duda de que la mundialización inevitable que nos aqueja ha  fundamentalizado un discurso global, con innovaciones técnicas, para  apropiarse de los bienes de la naturaleza, como el agua, discurso que  cada vez más pertenece más al estilo del pensamiento único, que tiene  como amenaza un signo de pesos sobre las entidades que todavía  pertenecen al Estado a cualquier nivel.

Nada  se salva de sus garras financieras, la robótica, la ingeniería  genética, las patentes de semillas, las instituciones políticas, la  psiquis de una nación, todo se torna en idolatría del dinero y del  consumo, que hacen nugatoria la cohesión social y la solidaridad.

¿Protestar?  La protesta es una enfermedad social, una ideología del chantaje,  coludida con las más oscuras fuerzas del desequilibrio  y la inseguridad  nacional. Hay que desnaturalizarla.

Usarla  es, para algunas personas, acudir como al luteranismo de la época de la  Reforma contra la Iglesia Católica y despreciar o repudiar el sentido  del orden.

Orden hay que mantener a cualquier precio, bien como orden invasor, conquistador, triunfador, fundador o refundador.

Lo  que importa es la riqueza de pocos, no la pobreza de muchos. Los pobres  y desheredados deben esperar que las fuerzas invisibles del mercado  solucionen los problemas del hambre.

No  importa la pobreza de muchos sino la riqueza de unos pocos, que tienen a  su favor dispositivos institucionales para resolver la ansiedad  insaciable de sus apetencias.

Y  como en nuestros tiempos, la economía es digitalmente incorpórea, los  representes  de los conglomerados económicos se preocupan porque a  mediano y largo plazo el dinero tenga un flujo garantizado y pueda ser  trasladado de los bienes públicos al capital privado.

El  argumento siempre será que la iniciativa particular es más eficiente  que la parsimonia del Estado, y que los ciudadanos deben aplaudir la  igualdad y la premura con que se prestan los derechos liberalizados,  afirmación mendaz para construir el consenso.

Colosal  ficción, la bondad del mercado se fundamenta en satisfacer las  necesidades de la sociedad, pero en el mercado solo se expresa las  necesidades de quienes tienen poder de compra y las miserias de los más  necesitados no se muestran.

Con  falacias populistas se sostiene que el capitalismo debe alcanzar su más  alta pureza, sus más altos límites y llegar al Everest de la  acumulación monopólica, aunque ya la propiedad privada tiene titularidad  sobre otros planetas.

Estamos  en Colombia ante una modernidad muerta, inmersos en el océano de la  coca por el abandono social, sin que tengamos voluntad política para  promover un sano equilibrio institucional entre  el Estado, la sociedad  civil y el mercado de la economía, como ocurre en Estados como el  canadiense.

Las  grandes narraciones históricas de la independencia  y libertad de  nuestro país han sido llevadas a los recipientes de la indiferencia.  Todo es estructuras sin historia, historia sin sujetos, y sujetos sin  conocimiento. Al compás de los tambores de The Walking Dead, como  zombis, emigran los vivos y se desplazan los muertos.

En  resumen, hablar de ética y democracia es no tener sentido, intentar  construirlas y defenderlas, peor; salvaguardarlas es perder el sueño y  asumir una actitud quijotesca, mucho más en ciudades como la nuestra  donde está “inhumado” Don Quijote.

Hace  dos siglos desapareció Carlos Marx, como lo recordara hace algunos días  el columnista Fernando Santacruz Caicedo,   habrá que decir hoy con el  filósofo, quien al debatir los problemas de la generosidad y el egoísmo  dijo: “Nosotros no oponemos la generosidad al egoísmo sino que luchamos  por la construcción de un mundo en que no sean posibles ninguno de los  dos”, fórmula ética que debería descansar en todos los postulados  políticos que existen en el mundo.

Salan Aleikumcolumna  

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