Felices con el fandango de la gobernanza

/ Opinión
Por: Mateo MalaHora

Felices con el fandango de la gobernanza

En el mundo de la pobreza globalizada, donde funciona la libertad y la falta de libertad, la ilustración y la ignorancia, el optimismo y la desesperanza, el equilibrio y la inseguridad, el bienestar y la pobreza, la gobernabilidad es la  manera administrar  las sociedades  conflictuales.

Hubo tiempos en que la gobernabilidad la disfrutaban los emperadores, príncipes, monarcas y recaudadores, en tanto que los descartados, en los tiempos de Cristo, tenían que estar pendientes para ver dónde se convertía “el agua en vino”, se multiplicaban “los panes y los peces” y se “curaba a los enfermos crónicos” para prolongar su terrenal existencia.

Los pobres ya existían “y dar de comer al hambriento” era la plena confesión de la desigualdad social.

La mendicidad hizo parte del paisaje urbano. En las puertas de las iglesias de Inglaterra, Paris, Roma, para no citar otras ciudades,  no era extraño que existiesen mendicantes, los imploradores del pan, como hoy lo apreciamos en los semáforos, vendiendo confites, limpiando cronométricamente parabrisas y durmiendo entre cartones.

Con el tiempo se impuso el predominio de lo propiedad privada de los medios de producción y el sistema se impuso en el mundo que, ante el acontecimiento de las grandes las  convulsiones sociales, puso en práctica la “gobernanza”, arte de gobernar que tiene como eje central, económico e institucional, la teoría de una desarrollo duradero, término que ya se usaba en el siglo XV por los reyes, cuando para evitar irreparables divisiones se repartían la “gobernanza del reino”.

El término logró sortear guerras y agitaciones políticas en los últimos siglos XVII y XVIII y en el siglo XXI los poderes mundiales del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional,IFI, lo rescataron para establecer la disciplina social en los países rezagados, con motivo de los planes de ajuste estructural,

Jhon Brown, antiesclavista, ahorcado en los Estados Unidos en 1859,  expresa que la “gobernanza” era  “aquella forma de gobierno que no se atreven a llamarse “gobierno” (governing without government) porque, de hacerlo, delataría su carácter despótico”.

En síntesis, en los centros donde los politólogos estudian las formas de gobierno, se concibe como un método político coherente con el neoliberalismo, partidario de evitar que se controle al Estado y las mayorías sociales puedan hacer que su voz sea escuchada.

Utilizando subterfugios y escapes habilidosos, mediante la metáfora de la “gobernanza”, la banca multilateral cuestionó los costes de la gestión pública-(el Estado es mal administrador), justificando la entrega de la gerencia y dirección de los servicios públicos y otros bienes, al sector privado y a la sociedad civil, abriendo las compuertas de la privatización.

Pedir una mayor participación de los ciudadanos en la vida política y exigirle protagonismo social al Estado, lejos de hacer más gobernables nuestras democracias,  se ha tornado en una utopía que  hace desconfiar del baile de la “gobernanza”.

Pero como en la política de la globalización contemporánea no existen  conceptos equitativos confiables, sino la lógica del beneficio y la  conveniencia, el poder neoliberal evita que los Estados  controlen a los dueños del baile y logra que las mayorías sociales acepten entusiasmados el baile de la “gobernanza”, para que al final no impongan sus propias partituras democráticas en cada nación y hagan escuchar sus propias melodías.

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