Guerra patriarcal y paz femenina

/ Opinión
Por: Mateo MalaHora

Guerra patriarcal y paz femenina

“Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”.  Rosa Luxemburgo

Quizá desde el comienzo de la humanidad la mujer ha sido considerada como protagonista de la paz y sobre quien ha recaído, de manera sistemática, absurda y paradójica, con todas sus formas de miedo cotidiano, la práctica de la violencia patriarcal.

Lejos estamos de entender que si la guerra se ha hecho para quitar la vida, la mujer es mensajera y dadora de la vida.

“Guerra masculina” y “paz femenina” han sido las variables históricas en la liberación de los pueblos,  que han generado asombro y admiración cuando la mujer ha participado en los escenarios de los conflictos bélicos, en virtud de los estereotipos pacifistas que se le han agregado.

Su involucramiento en los procesos de la paz y la guerra, como simple espectadora, nos remite a observar el carácter político de los conflictos guerreros, en cuyo ordenamiento el poder varonil prevalece sobre el femenino a la hora de conformar  los ejércitos, lo cual nos deja ver cómo el poder político, siempre de la mano del poder militar marca las formas de asumir el dominio del conflicto.

No obstante, afirmar que la mujer solo es protagonista de la paz, la priva de su participación activa o pasiva en las contiendas marciales, si tenemos en cuenta su prolífica intervención en las guerras nacionales.

Relegarla a mantener, reproducir y perpetuar su papel de género, socialmente exigido, ha tenido un enorme costo femenino en las confrontaciones armadas, en cuyas aristas se observa la destrucción  del núcleo  familiar y la ruptura de las relaciones afectivas del grupo hogareño.

El solo imaginar que la mujer que se queda en la casa cultivando el regreso del combatiente y al hombre abandonando la morada para ir con las armas a defender o crear la paz hogareña de un país, demuestra el papel pacifista de la feminidad, sin desconocer que el rol de la guerra cambia el papel de los actores, como aconteció en la guerra de Vietnam, donde las mujeres, por generaciones, tenían hijos para ofrendarlos a la guerra y, ellas mismas, eran milicianas o activas combatientes.

Acentuada su condición de víctima, afectada por el hambre, las enfermedades en soledad, el desplazamiento forzado, la ausencia de un compañero permanente, ser objeto violaciones sexuales de los vencedores, para marcar el dominio sobre los territorios de los vencidos, la ha conducido a soportar estoicamente el espectro de la iniquidad, sin que haya perdido su fortaleza moral.

Son tiempos para reconocer la absurda confrontación armada y la persistencia de un conflicto que ha tenido en las conmovedoras imágenes de Chucho Abad patéticas lecciones: mujeres desplazadas llevando hijos de pecho o de la mano para librarlos de la barbarie y de la muerte.

Ellas son las verdaderas protagonistas del derecho a la paz y los derechos humanos sociales, económicos y culturales.

Mujeres que tienen una dimensión suprema en los espacios del conflicto y que, pese a la alta sensibilidad de la tragedia, no ha sido categorizada de esa manera.

Por esas razones, cobra importancia el gesto temerario y valeroso de las Madres de Soacha,  que irrumpieron en el ámbito público nacional y universal para denunciar los crímenes de guerra y reclamar el derecho a la verdad de las víctimas y de la sociedad.

Son tiempos para enfatizar la práctica de la no violencia,  eliminación de toda conducta criminal de género y la erradicación social discriminadora por causa del sexo, que deben conducirnos a darle apoyo  a los movimientos feministas que, como en Europa, después de la hecatombe bélica, levantaron banderas con la consiga que se ganó el corazón de las naciones: “ni guerra que nos destruya, ni paz que nos oprima”.

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