Inmoralidad y obras públicas

/ Opinión
Por: Álvaro Antonio Casas Trujillo

Inmoralidad y obras públicas

Se ha puesto de moda la frase "Percepción de seguridad", para ilustrar la manera como se sienten los ciudadanos en materia de seguridad pública, es decir, si perciben riesgos para su vida e integridad personal y para sus bienes, por el hecho de vivir en comunidad.

Si acuñamos la frase a otro aspecto fundamental de la vida pública, llegamos al concepto de PERCEPCIÓN DE MORALIDAD, mejor aún, del manejo ético de lo público.

Así indagamos sobre la manera como la comunidad percibe la gestión del gobernante, no en cuanto a las obras que ejecuta, sino en cuanto a la manera, pulcra o no, como administra los bienes y recursos del Estado, para la realización de las obras que entrega a la comunidad que lo eligió.

Esa percepción de moralidad es mucho más importante que las obras en sí, porque porque involucra el concepto ético de lo público y por eso generará recordación sobre el gobernante honesto o el corrupto.

Un gobierno corrupto se identifica fácilmente, como dice la Sagrada Biblia, por sus actos los conocereis: contrataciones improvisadas, sin requisitos legales, adjudicadas con favoritismos y/o ejecutadas en forma irregular, venta ilícita de bienes del Estado, privatización irregular de servicios públicos, apropiación de recursos y bienes públicos por interpuesta persona, abuso de la potestad nominadora, indebida intervención en actividades políticas, son  algunas de las conductas más recurrentes e indicativas de inmoralidad.

Estas acciones van acompañadas del intento, a veces fallido, otras exitoso, de comprar a los Órganos de Control, a los fiscales de la Nación y hasta los Jueces de la República.

Por todo ello, no es extraño que un gobernante corrupto, con el sol a las espaldas, se desboque a inaugurar obras, completas o incompletas, cuando sabe que sobre su gestión, la comunidad tiene una clara y contundente PERCEPCIÓN DE INMORALIDAD, más aún, cuando muchas veces no tiene escrúpulos para celebrar e inaugurar el producto de sus propias irregularidades, con amplio  despliegue publicitario, que busca maximizar su pobre gestión.

Afortunadamente, la mayoría de los ciudadanos ya no se dejan manipular y cada vez tienen mayor capacidad de análisis y mejor memoria, para recordar que, tras las obras materiales, que es obligatorio construir, muchas veces hay malos manejos, que deben ser investigados por las autoridades y cobrados por la ciudadanía en futuras aspiraciones electorales.

La invitación es a abandonar  la mala práctica de felicitar o agradecer al alcalde o gobernador por las obras que ejecutó con recursos de la comunidad, porque para eso fueron elegidos.

Cosa distinta es reconocer la gestión pulcra que se refleja en obras bien planeadas, contratadas con transparencia y ejecutadas con altos estándares de calidad.

Con obras o sin obras, la comunidad no debe perdonar la inmoralidad.

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