Al maestro, escritor, y crítico literario Julio César Espinosa, lo conocí una mañana lluviosa mientras organizamos entorno a una mesa de café, el magazín literario ACE palabras de la asociación caucana de escritores, me lo presentó el maestro Guido Enríquez Ruiz, y desde entonces disfruté de su enriquecedora y generosa amistad.  En su sangre hay genes de talento sin igual de la poetisa Matilde Espinosa, y del entorno mágico de Tierradentro, de donde proviene su afición al esoterismo, y el espíritu de las montañas mágicas, para explorar pensamientos y lenguajes secretos y místicos. Su vocación de docente lo llevo a educar una pléyade de jóvenes para sembrar semillas literarias en colegios de Ibagué y Bogotá.

En el año 2000, volvió a Popayán, para publicar un hermoso libro bajo el seudónimo: Jerónimo Gerlein, «Las nietas del tejedor», novela infantil de gran ingenio y deliciosa lectura. Siempre fue un aliado estratégico para estructurar mis intentos literarios, me enseñó, corrigió y hasta me hizo reconocer intentos fallidos de trabajos mal concebidos, con pocas virtudes y muchos defectos. Era agudo y muy serio en sus comentarios, los trabajos mal elaborados los miraba con respeto, pero no lograba disimular un cierto desdén.

Aún conservo con orgullo algunos artículos elogiosos que hizo de mi libro Relatos Profanos en el 2006, acerca de aquella obra, juntó con la poetisa Gloria Cepeda, fue Julio Cesar Espinosa mi corrector de estilo. En aquella época trabajamos el suplemento literario de la Asociación Caucana de Escritores. Además de maestro fue poeta y escritor, con gran capacidad para educar, pues contaba en su interior con una vocación especial para iluminar el espíritu, por su infinita erudición, siempre supo apartarse de la soberbia, no gustaba de los aduladores que se dejan deslumbrar por los cantos de sirenas.

Tenía la habilidad para impulsar a los jóvenes para aprender a volar sin apartarse de la humildad como carta de navegación para alcanzar la sabiduría. Me enseñó en su periplo vital que no toda la verdad se puede descubrir en el presente y en el futuro, hay que beber de los aljibes del pasado para no caminar en círculo.

Una vez disfrutando el aroma de un café, me enseñó que el literato debe ser un malabarista del lenguaje, y sus palabras ser como mariposas voladoras, concebidas para desafiar la gravedad y volar adornando el ambiente, dibujando sus mensajes en el aire con inventiva y diafanidad insuperables.

La literatura según Julio Cesar, es una unidad encantadora, que se torna irreverente, extravagante y hasta de humor negro, pero no es más que un mero juego de palabras e imágenes en el agudo juego de las ideas. En ocasiones arbitraria, inductora a la insurrección y al cambio. Se goza a la vida, pero su gozo no es de burla, sino una celebración que nos dice que el mundo es hermoso y que, pese a todo, es digno de vivirlo, de disfrutarlo y de cantarle a todo cuanto existe.

Me enseñó que la literatura debe tener un esplendor telúrico, desde la majestuosidad del tono y el estilo de la épica, para cantarle a las gestas del amor, las batallas de la justicia, la epopeya de las cosas cotidianas, con excesos verbales, pasión, energía y confraternidad. Es un lenguaje que como guijarros encendidos se vuelven el perfil de un afilado verso, que corte el resuello, un lenguaje de aceros exactos, rica en invenciones y propuestas de alcance universal.  Julio cesar tenía claro en su vivencia que: “No hay nadie tan sabio que no le falte algo por aprender, ni nadie tan ignorante que no tenga algo para enseñar.  El talento no se aprende ni se enseña, hace parte del ser y su perfeccionamiento es cuestión de disciplina. Julio cesar Espinosa, te recordaremos por siempre y tu memoria será un ejemplo a seguir en la nueva literatura colombiana.