La democracia ha muerto, ¡Viva la Democracia!

/ Opinión
Por: Mateo MalaHora

La democracia ha muerto, ¡Viva la Democracia!


Desde que fue sustituido, históricamente,  el dios trascendente y metafísico, de todas las formas de  gobierno medievales, por un ser más cercano y, desde luego, poderoso, el  tiempo de la racionalidad ético política, catalizador del Estado  moderno, debió utilizar la fuerza necesaria para que  la humanidad siguiera existiendo.

Nace el Leviatán, el dios mortal, a quien  debemos rendirle acatamiento sumo porque es, en teoría, el defensor de  la tranquilidad, paz y bienestar.

Sin embargo, Hobbes demostró que la  sustitución del dios trascendente por uno más cercano, no era nada más  ni nada menos que un equivalente a un dragón sujetado por el derecho  despótico, que necesitaba ser sometido.

El nuevo proyecto colectivo requería  justificación, un cemento cohesionador que uniera los compartimientos,  piezas y las divisiones, fruto de los intereses creados, dando, así,  paso al derecho, que ya había existido, como derecho  divino, en manos de los reyes, que se trasladaba al Estado.

Su translación la hace con  glorificaciones, transferencia que recibe del pueblo, que todavía tenía  en sus manos las cabezas de los déspotas, y, le otorga a los  gobernantes, mediante la sutileza del voto universal, el poder para  que oriente sus vidas y continúe haciendo la guerra, cuando fuere  necesario.

El pueblo estaba agradecido con sus  mandatarios, la vida jurídica y política alcanzó un elevado precio, en  virtud de las nuevas relaciones contractuales, regladas por el  consentimiento. El poder antropocéntrico había dado un salto  cualitativo singular.

No faltaron severas críticas al contrato social y, sus detractores, adujeron que se había caminado demasiado lejos.

Con el tiempo se adujo que la protección  al individuo no era la ideal, que era necesario emanciparlo, vale decir  indultarlo, para que pudiera “Dejar hacer, dejar pasar”. Llegó el Siglo  de las Luces, que iluminó al individuo y  desató los lazos que lo tenían atado a la tradición. La burguesía  asumió posturas críticas y revolucionarias contra el derecho divino.

A partir de esa nueva utopía, motivada  por el capitalismo naciente, “cuando las ovejas devoraron a los  hombres”, el Estado no pudo sobrellevar el fardo de su propio peso, no  pudo cumplir con los compromisos, como  ahora, cuando el hambre, la incertidumbre, la inseguridad, acaban con la aureolada pretensión del Estado Social de Derecho.

El Estado, que ya contaba con  instituciones legislativas, órganos ejecutivos, sistema judiciales y  fuerzas armadas, palideció, cuando se dio cuenta que se le acababa el  futuro y no podía garantizar el funcionamiento de la sociedad,  bajo el poder de una economía cada vez más compleja, sometida al  pillaje, el despojo y la depredación.

Nace el liberalismo, retoma la bandera  del Estado moderno y protector, lo hace con moderación y cautela desde  la acera de la derecha, porque, en la acera del frente, surgía un  proyecto que proclamaba el bienestar para los “pobres  del mundo”.

El nuevo Estado, instrumento de las  minorías, se siente agobiado y no ha podido administrar los intereses de  la colectividad, escasea el pan en la comida de los comensales y las  recetas salvadoras de la banca multilateral resultan  letales.

Las corporaciones transnacionales, como  la OMC, el G8 y el FMI, han creado un paraestado supranacional, anexo al  poder financiero, que ha delegado a los estados nacionales el encargo  de aplicar dócilmente, en sus territorios,  las normas emanadas de sus organismos, así como de constreñir, con  munición recargada, las manifestaciones de inconformidad contra ellos.

Y, así vamos, con un neoliberalismo que  persigue y hostiga la naturaleza y, colateralmente, arruina lo público,  lo que aún queda y se mantiene organizado.

Por ahora, hemos transferido el poder ciudadano a una espada principal, el mercado es un espacio de  dominación y desigualdad, que coloca, por la  fuerza, a millones de personas por fuera del campo de aplicación  efectiva de los derechos humanos, como para decir, a voz en cuello, La  democracia ha muerto, ¡Viva la democracia!

Mientras seguimos atrapados, obnubilados  por espejitos y collares de cuenta, creyendo que el Rey Midas del  Estado, en poder de los nuevos señores, amos y propietarios, todo lo que  toca lo convierte en justicia social.

Salam Aleikum

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