Organizaron  la excursión en la casa de Carlos Pérez por convocatoria de Tulio Mosquera Canencio; emulando a sus  intrépidos contendientes estudiantes del colegio Champagnat, que 15 días antes habían avista el cráter del volcán, sus arenales y los dorados pajonales que lo circundan. Necios ante las advertencias de los indígenas de la zona que se negaron a guiarlos y sordos ante los bufidos estrepitosos del Puracé, movidos por su arrojo juvenil, valor y tenacidad, marcharon de cara a la cima  a desafiar el imponente volcán, guiados por el joven Alejandro Caldas M., quien  conocía la ruta que surcaba el trágico episodio, aprovechando el inicio de las vacaciones para transgredir la  prohibición de los rectores del Liceo, Carlos Hernández Pérez, y de la Universidad del Cauca, Luis Carlos Zambrano quienes de manera tajante negaron el permiso. Todos los intrépidos escaladores apostaron de a dos pesos cada uno, en favor del primero que coronara el portentoso cráter: humeante, hosco y perturbador.

La salida se programó a las cuatro de la mañana, por esperar a Alberto Ávila Ordoñez, quien no compareció oportunamente a la cita,  salieron a las cuatro y media de la madrugada de la plazoleta de Santo Domingo,  en una colorida chiva Ford 45 que los acercó a la base de la montaña.

A las seis  de la mañana, desde las instalaciones de la mina de azufre, emprendieron la caminata siniestra de cara al cráter, advertidos por el graznido luctuoso de un cuervo que sobrevolaba  con aleteo angustioso los pajonales dorados, los  frailejones  pubescentes y los pequeños robledales.

Los excursionistas asumieron el ascenso con sus pechos henchidos de emoción, animados por risotadas y chacotas frecuentes y  sus  miradas fijas en el cráter, dispuestos a irrumpir la furia del coloso, escalaron  el cono volcánico mientras  el verde se hacía  avaro y el sendero se tornaba agreste. Superado las empinadas faldas, soportaron las inclemencias del viento gélido con su fuerza cortante y acuchilladora. Ya en los arenales  se hacía  difícil caminar y respirar, las piedras sueltas se deslizaban hacia el precipicio y el volcán con sus fauces humeantes de más de ochocientos metros de diámetro, no dejaba de rugir para disuadir la intrepidez de los muchachos.

Con su porfiada testarudez los  jóvenes dominaron la altura, sin dejarse amilanar por  los estrepitosos tremores del volcán, profanaron la montaña de fuego, poseídos por el vértigo, empezaron a  gritarle insultos e improperios. Uno de los muchachos muy cerca de las estribaciones del cráter, gritó: “explotá  hijueputa si sos berraco”. De repente el coloso los fulminó con una lluvia de piedras y lava hirviente, los desgajó por los abismos como ángeles encendidos dejando esparcidas tiras de piel, cadáveres de cosas,  hilachas de ropa y rezagos de avío a medio sepultar entre  las rocas humeantes de vapor sulfuroso, cuyas cenizas  se esparcieron por dos semanas sobre las techumbres añosas de Popayán,

El rescate fue impresionante, el primero en llegar fue don Benjamín Arboleda, el con su habilidad de cazador experimentado,  organizó una comisión de rescate y alcanzó a ayudar a los dos únicos estudiantes sobrevivientes: Napoleón Montealegre y Alberto Ávila. los socorristas  aprovecharon pedazos de arbustos incinerados para simular los restos, entre  los despojos se encontró un reloj de pulso cuyas manecillas se habían detenido justo en  la hora trágica, el desfile fúnebre  mostró un drama conmovedor que aún se recuerda.  Los cuerpos sin vida transitaron por el pueblo de Puracé antes de seguir a Popayán en una caravana de sirenas ululantes que dejó muda de dolor a la ciudad y enlutados los hogares de los bravos escaladores. La destructora erupción inmoló 16 estudiantes. Sólo se salvaron Alberto Ávila Ordóñez, quien murió hace quince años y Salomón Montealegre prestigioso y octogenario  médico  que murió el año pasado. Desde esa fecha el volcán ha permanecido sin tremores pero activo.