“Lo que es insostenible tiene que parar”: Alejandro Gaviria

/ Opinión
Por: Periodicovirtual.com

“Lo que es insostenible tiene que parar”: Alejandro Gaviria


Para el rector de la Universidad de los Andes y exministro de Salud,  la crisis ha revelado la precariedad de los equilibrios económicos y lo  insostenible de muchas actividades humanas.

La pandemia, y también la prudencia, empujaron a Alejandro Gaviria,  rector de la Universidad de los Andes y exministro de Salud, a responder  esta entrevista por escrito. Usualmente, se permite dar charlas más  amenas y fluidas en los medios de comunicación, pero la incertidumbre le  impide, como a muchos, replicar de inmediato.

Hoy prefiere la calma y unos minutos extra para enviar mensajes  responsables, alejados del pánico. Quizá por eso hubo una sola salvedad  antes de enviar el cuestionario: “No me pregunten sobre el futuro,  porque no sé nada, ni quiero aparecer como un gurú”. Después de esa  petición, la mitad de las preguntas fueron eliminadas. Y con justa  razón: nadie sabe qué va a pasar, pero en medio de las circunstancias  son inevitables las reflexiones. Las de Gaviria se han centrado,  principalmente, en la academia, las estrategias para enfrentar el virus,  el sistema de salud en Colombia, el dilema entre muertos por COVID-19 o  por la crisis económica, las libertades y la literatura.

¿Cómo es su rutina en medio de la cuarentena?

Llevo dos semanas. Estoy encerrado desde el miércoles 18. Sólo he salido  a pasear al perro, lo saco tres o cuatro veces al día. En los días de  trabajo, me levanto temprano, me baño (con afeitada y todo) y empiezo mi  larga jornada de reuniones virtuales. Trato de hacer un poco de  ejercicio y recurro a esas terapias tradicionales de lavar los platos,  tender la cama y preparar algo de comida. En un mensaje a los  estudiantes les dije —suena un poco condescendiente, pero puede ser  verdad— que el orden en la agenda diaria genera tranquilidad.

Usted fue ministro de Salud. ¿Cómo ve el escenario actual?

Antes del confinamiento, estudié escenarios apocalípticos de cientos de  muertos semanales y los servicios de cuidados intensivos sobrepasados en  varios órdenes de magnitud por las necesidades previstas. Eran  aterradores. La aritmética básica sigue siendo perturbadora: si se  infecta el 60 % de la población y suponemos una tasa de letalidad de la  infección del 0,9 % (un estimativo razonable), estamos hablando de casi  300.000 muertos.

Ahora con el confinamiento, las cifras pueden ser menores o podemos  estar simplemente aplazando el problema. Yo no veo un colapso en  cuestión de días, probablemente sí en cuestión de semanas. ¿Qué tan  grave va a ser? Hay mucha incertidumbre. No sabemos, por ejemplo, el  grado de cumplimiento de las medidas, el de transmisión comunitaria, la  capacidad que tendremos para ampliar los servicios hospitalarios, etc.  El confinamiento, en todo caso, sólo nos compra tiempo; no es una  solución definitiva.

Si mira el espejo retrovisor, ¿a qué se debe esa fragilidad de  nuestro sistema de salud? Usted dice que ha sido considerado como uno de  los más solidarios en el financiamiento de todo el mundo, pero no  necesariamente uno de los más eficientes o eficaces…

Primero, me parece que algunos se han apresurado a sacar conclusiones  sobre el sistema de salud colombiano. Dicen, por ejemplo, en un momento  en que los sistemas de salud, públicos y privados, están colapsando en  casi todo el mundo, que la gran enseñanza de la pandemia es que tenemos  que estatizar todo el sistema. Eso es oportunismo, conclusiones espurias  sin sustento alguno. Otros, con base en prejuicios, comparan el sistema  de salud colombiano con el de Estados Unidos. En Colombia al menos hay  cobertura universal y protección financiera. Aquí a nadie le va a llegar  una cuenta a la casa de varios millones por la atención médica del  COVID-19, como ya está ocurriendo en los Estados Unidos.

Claro que tenemos debilidades, algunas ya evidentes: las secretarias de  salud están mal dotadas y financiadas en muchas regiones, la  coordinación en un sistema tan complejo y transaccional es casi  imposible, las desigualdades regionales son muy grandes y, por supuesto,  las camas hospitalarias son insuficientes; han aumentado en las últimas  dos décadas, pero son insuficientes.

Entramos en una nueva etapa de la pandemia: la de mitigación. ¿Qué nuevos retos implica esto para el sistema de salud?

Yo creo que estamos entrando en el momento de la aceleración. Ya  seguramente hay sectores, clusters, aquí y allá donde el virus se está  expandiendo muy rápidamente. El mayor reto es identificarlos e  intervenir oportunamente. Ese fue el secreto de Corea, donde fueron  capaces de identificar y aislar esos clusters.

En un articulo que usted compartió se habla de que el aislamiento como medida única no funciona...

La mayoría de los modelos epidemiológicos sugieren que la cuarentena no  resuelve el problema, lo aplaza. La semana pasada repasamos varios  ejercicios de modelación en la Universidad: todos mostraban lo mismo.  Mientras tanto, localmente, debemos, como ya se está haciendo, expandir  la oferta hospitalaria en cuidados intensivos y demás, y, globalmente,  seguir buscando alguna salida farmacológica, una vacuna o un antiviral  parcialmente eficaz. El panorama es complejo. Las cuarentenas, repito,  no son una salida; sólo son un refugio transitorio que tiene, además,  muchos costos sociales.

El autor de ese artículo cierra con esta frase: “La salud  pública depende de la confianza pública”, pero, ¿cómo se teje esa  confianza en medio de la incertidumbre?

Con transparencia, veracidad plena, datos y comunicación permanente.

¿Tiene que desaparecer la ley 100 después de esta pandemia, como hoy piden algunos políticos?

Los sistemas de salud tienen que reformarse todo el tiempo. Yo soy  partidario del reformismo permanente, basado en el conocimiento y el  estudio, no en simplificaciones o prejuicios. Destruir sin haber  construido siempre será el peor error de un reformista.

¿Cree que es necesario cubrir los servicios y el arriendo de los más vulnerables en medio de la pandemia? ¿Se puede?

Creo que es un imperativo. La Alcaldía de Bogotá dio un buen ejemplo  esta semana. Me preocupan, en todo caso, dos poblaciones: los migrantes  que no están en el Sisbén ni en los instrumentos tradicionales de  focalización y la población vulnerable, los trabajadores independientes  que no alcanzan a recibir subsidios, pero no están recibiendo ingresos.  El Estado no puede compensar a todo el mundo. No tiene los recursos ni  la capacidad operativa. Las consecuencias económicas de esta crisis  pueden ser devastadoras.

¿Qué reflexiones lo han acompañado en este momento, por ejemplo, sobre nuestros sistemas social y económico?

La crisis ha revelado la precariedad de los equilibrios económicos, las  desigualdades globales y locales y la insostenibilidad de muchas  actividades humanas. Desde antes de la crisis, los mismos analistas  financieros estaban hablando de la necesidad de “resetear” el  capitalismo. Me gusta repetir una obviedad que le leí alguna vez a un  economista gringo: lo que es insostenible tiene que parar.

De otro lado, no me gusta, debo reconocerlo, esa tendencia, acentuada  por estos días, a presentar algunos regímenes autoritarios como un  paradigma. Muchos aplauden a Putin y al presidente húngaro, por ejemplo.  En una pandemia prima lo colectivo sobre lo individual por razones  obvias; pero yo soy un liberal que piensa todavía que la restricción a  las libertades y la supresión de la democracia requieren un debate  intenso. Sea lo que sea, la libertad de expresión y la transparencia son  virtudes democráticas irreemplazables.

En estos días pareciera que tuviéramos que hacer un equilibrio  entre cuidarnos y cuidar la economía. ¿Cómo hacemos para que no sean  tensiones opuestas?

Incluso yo creo que, en los países en desarrollo, sobre todo, el dilema  es más complejo: es entre muertos por COVID-19 o afectados seriamente e  incluso muertos por la crisis económica. Es un dilema trágico. Puede  aliviarse en el margen con algunas acciones estatales, pero no puede  resolverse plenamente. Nuestras democracias mediatizadas aborrecen los  dilemas éticos o los resuelven de manera superficial, privilegiando a  las víctimas visibles sobre las invisibles.

Algunos han dicho que toca parar 18 meses mientras llega una vacuna; eso  es imposible. Otros hablan de abrir después de Semana Santa, lo que  también es un exabrupto. Pero seguramente tendremos que ir encontrando  un equilibrio que se parecerá a algo como abrir y cerrar por partes,  soltar y recoger parcialmente, hacer pruebas masivas para saber dónde y  cuándo dotar a la población de instrumentos de protección. En esas vamos  a estar por un año o más. Viajar nunca será lo mismo. Ya ciertos países  comienzan a exigir pruebas serológicas, el mundo puede empezar a  dividirse entre quienes tienen anticuerpos y quienes no.

Algunos científicos aseguran que parte de lo que estamos  viviendo viene de nuestras prácticas para relacionarnos con el mundo, de  la crisis climática. ¿Cómo podemos empezar a acercarnos a una senda de  desarrollo sostenible?

En parte tienen razón, no me gustan las interpretaciones misantrópicas,  pero sí tienen razón. Estos días, en medio de la incertidumbre, he  estado leyendo frenéticamente a Aldous Huxley. Hace 60 años escribió  algo que parece ganar importancia día a día: “La moral de la  conservación no concede a nadie una excusa para sentirse superior ni  para reclamar privilegios especiales”. “No hagas a tu prójimo lo que no  quieres que te hagan” rige para la forma de tratar todo tipo de vida en  todas partes del mundo. Se nos permitirá vivir en este planeta sólo  mientras tratemos a toda la naturaleza con compasión e inteligencia.

Habría, entonces, que cambiar radicalmente nuestras formas de consumo...

Yo creo que, por lo menos, se debe gravar fuertemente a los productores  de combustibles fósiles, limitar la financiación a ciertas industrias  por parte de los fondos de pensiones y el ahorro público, disminuir el  consumo de ciertos alimentos, propiciar una conversación sobre el  consumo individual y la crisis climática; en fin, todo esto daría para  otra entrevista.

A propósito de las libertades, una de las estrategias que tuvo  China para lograr disminuir los contagios fue la extrema vigilancia de  sus ciudadanos: saben todo de nosotros, se acaba la privacidad, pero se  escudan en que pueden controlar estas emergencias. ¿Usted qué opina  sobre eso?

Que para salir de la epidemia probablemente tendremos que operar en un  contexto de libertades acotadas. Sigo pensado, en todo caso, que la  libertad de expresión no debe nunca restringirse y que la carga de la  prueba está siempre en quien busca restringir las libertades. La  democracia liberal no es la solución a todos los problemas, pero menos  lo son las dictaduras.

¿Cómo define la solidaridad?

De manera obvia, como pensar en el otro e ir más allá de los intereses o  deseos propios. Pero yo prefiero hablar de compasión. La compasión  rescata el sentido de lo trágico en todo esto; un sentido que no puede  perder. “Somos voces de la misma penuria”, decía Borges.

¿Cómo lidia con la incertidumbre de estos días? ¿Tiene miedo?

Sí, he sentido miedo, tristeza incluso. Hace unos días escribí en una  red social que no podía dejar de pensar en que todo esto parece una  despedida.

¿Por qué ver esto como despedida y no como un renacer? ¿No cree que el mundo vaya a cambiar después de la pandemia?

Pienso por momentos que sí, que tenemos que cambiar; pero no estoy  seguro. Escribí hace un tiempo que los pragmatistas de la suficiencia  (me cuento entre ellos), que nos invitan a parar nuestro afán  consumista, nunca han logrado atraer multitudes. Ojalá tengan ahora más  audiencia.

¿Qué poema o autor lee para la tranquilidad?

Varios. Me cuesta concentrarme por estos días. Ayer abrí al azar un  libro del poeta venezolano Eugenio Montejo y me encontré con esta frase:  “Lo que nadie imagina es lo más práctico”. Pero quiero terminar la  entrevista con Kundera: “Liberar los grandes conflictos humanos de la  ingenua interpretación de la lucha entre el bien y el mal, entenderlos  bajo la luz de la tragedia, fue una inmensa hazaña del espíritu; puso en  evidencia la fatal relatividad de las verdades humanas, hizo sentir la  necesidad de hacer justicia al enemigo”.

¿Qué lo hace sonreír o sentirse bien en medio del aislamiento?

La música, sentarse a la mesa con la familia y conversar calmadamente,  el Zoom con mi mamá y mis hermanos, sacar al perro sin afanes, los  libros, me gusta abrirlos al azar y encontrar lo que no estaba buscando.

* Estamos cubriendo de manera responsable esta pandemia, parte de  eso es dejar sin restricción todos los contenidos sobre el tema que  puedes consultar en el especial sobre Coronavirus.

Nota tomada de: https://www.elespectador.com

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