No son simples escándalos los de la Fuerza pública

/ Opinión
Por: Mateo MalaHora

No son simples escándalos los de la Fuerza pública


“La política es el arte de la controversia, por excelencia. La milicia es la disciplina. Cuando las Fuerzas Armadas entran a la política, lo primero que se quebranta es su unidad, porque se abre la controversia en sus filas. El mantenerlas apartadas de la deliberación política, no es un capricho de la Constitución, sino una necesidad de su función”. Lleras Camargo

En el marco de nuestra frágil democracia, ante el espionaje político que compromete a  las Fuerza Armadas, es imprescindible abordar el problema del poder.

Recordemos que Max Weber señala que el poder se expresa como “la capacidad de individuos, grupos y organizaciones para imponer su voluntad aun frente a la resistencia de otros” y que, al hacer uso de la  patente de corso, con esos presupuestos,  para investigar a presuntos adversarios, lesiona abiertamente a la democracia.

En cambio, si el pacto social significa una verdadera asociación civil, un cuerpo moral y colectivo, donde cada ciudadano cede su libertad a cambio de recibir una libertad civil asegurada y protegida, las reglas y procedimientos son iguales para todos, no pueden ser conculcadas.

Tan equivocados tenemos el concepto de poder, que nos hemos acostumbrado ver el poder como edificios, mansiones, palacios, cuarteles y casas de gobierno, no lo vemos como relaciones.

Paradójico resulta que sean los médicos, estigmatizados por la sociedad, los que ante los cuestionamientos que afronta el Estado, hagan un fiel retrato de su desviación, expresando su preocupación por el `…aumento de accidentes con escorpiones y serpientes durante la cuarentena’, preocupación que sirve para establecer un símil con la corrupción estatal que afecta sensiblemente el uso y abuso del poder en Colombia, descomposición que no es simplemente económica sino política, “ponzoñosa y ofídica”.

Analogía que nos hace pensar que en el subconsciente político colombiano se mueve, peligrosamente, una tendencia a imponer una ideología hegemónica, que necesita instalar una tupida red de interventores, verificadores y censores que, en su criterio, debe actuar unilateralmente y con premura, para orientar los partidos que sostienen el orden, emplazar las estructuras que mantienen el orden, preservar la identidad de los símbolos del orden y evitar la turbación de las instituciones, como si estuviéramos en las épocas de la inquisición, o como cuando Luis XIV proclamó “Estado soy yo” e instauró la monarquía absoluta.

Así, el poder, uniformado, con charreteras de alto rango, en tiempos de la tecnocracia y control de las redes electrónicas, ha pretendido obrar como un poder alterno y despersolalizador de los poderes democráticos.

Duro momento para las Fuerzas Armadas colombianas que, desde la cúpula, ha pretendido, con un discurso clandestinamente ordenador, calificar como subversivos, insurrectos y turbulentos a voceros democráticos.

La violación ilícita de comunicaciones y de equipos transmisores causa estupor ciudadano, utilizadas encubiertamente para obtener datos e informaciones confidenciales, sin orden judicial.

Las fuerzas armadas de un país, por el solo hecho de permanecer  uniformadas, no pueden existir separadas de la sociedad, ellas son parte esencial de la sociedad, sin su concurso sobrevendría el caos y la anarquía.

La aparición de “escorpiones y serpientes”, analogía que hoy cobra vigencia, no puede clavar sus ponzoñas venenosas contra defensores de derechos humanos, políticos, magistrados y periodistas.

Considerar el episodio como un hecho aislado es perjudicial y contradictorio para la democracia y llegar a pensar que las operaciones militares se realizaban por inquietudes lúdicas, mucho menos, es hacer a un lado la Contrainteligencia Militar del Ejército, como si meramente realizara  entretenimientos que, por el alto rango de los involucrados, no podía presumirse que desconocía el carácter de las investigaciones, su naturaleza política y el perfil de las víctimas, ni a quién o a quienes estaban dirigidas.

¿Que generales como Flavio Buitrago, Mauricio Santoyo y Nicasio de Jesús Martínez Espinel, en distintos tiempos, hayan hecho parte del ‘entretenimiento lúdico dominical’?

Que las ponzoñas hayan estado dirigidas a vulnerar la institucionalidad, los poderes públicos, invadiendo la libertad de políticos, militares retirados, periodistas nacionales y extranjeros y hasta funcionarios del Estado, elaborando carpetas que incluían “direcciones de residencias y trabajo, correos electrónicos, amigos, familiares, hijos, colegas, contactos, infracciones de tránsito y hasta lugares de votación”, como lo registran los medios nacionales y extranjeros, nos hace pensar en el fortalecimiento de la democracia para evitar el regreso de los tiempos de Cono Sur, cuando bajo el patrocinio de Kinssiger, el insólito ‘Premio Nobel de la Paz’,  prosperaron gobiernos como los de Videla, en Argentina, Stroessner en Paraguay y Pinochet enChile.

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