Que los vándalos salgan de las aulas, así se resuelven los conflictos

/ Opinión
Por: Mateo MalaHora

Que los vándalos salgan de las aulas, así se resuelven los conflictos

Cuando los conflictos surgen los principales actores del Estado ni siquiera se preocupan por remitirse a las experiencias de negociación que sirvieron para superarlos o recoger los estilos o modelos con los cuales se concertó una solución.

Acostumbrados al espontaneismo no nos importa el pasado, la forma o manera cómo se reguló un problema, las cargas sociales que se desactivaron y las prácticas utilizadas para mediación.

Conflictos, como el de los estudiantes, que buscan medularmente soluciones sostenidas, no pretenden que los actores lleguen políticamente un acuerdo efímero y fugaz, sino que el Estado reconozca que se trata de transformar, sustancialmente, conductas políticas y estructuras obsoletas.

Regular un conflicto, construir solidaridad recíproca y confianza es una pedagogía; vana y torpe percepción es considerar que los estudiantes desconocen la naturaleza del Estado.

La frase “Exterminad a esos bárbaros” no fue acuñada por ningún estudiante en la historia de la universidad.

Épocas hubo en que la inteligencia fue llevada a la cárcel de Las Guacas, de Popayán, por encima de la voluntad del alcalde teniente César Negret Velasco, quien renunció cuando el doctor Álvaro Pío Valencia, un ilustrado y erudito comunista y el constitucionalista Ernesto Saa Velasco, fueron apresados como terroristas infiltrados en las Casas de Estudio.

Nada de llamarse a engaño, tratar de tergiversar sus demandas, satanizar sus postulaciones y presentarles plantillas mágicas para que firmen acuerdos leoninos es falta de imaginación.

La escalada del conflicto, debemos ser sinceros, no ha venido de quienes solo tienen libros y ardor para proteger sus luchas. El ascenso progresivo de la confrontación ha tenido su origen en la arrogancia de quienes ostentan el monopolio de la fuerza, como si esta fuese el método explosivo perfecto para proporcionar soluciones, que a la postre resultan despóticas.

Los desencuentros no los han promovido “los muchachos”, como despectivamente se quiere estigmatizarlos; sus exigencias son portadoras de análisis despejados y diagnósticos serios, tampoco son los actos vandálicos una estrategia orgánica combatiente.

¿Que el Estado está enfermo? No es culpa de los universitarios, si hay más plata para la guerra, que para la educación, la enfermedad no hay que buscarla en la punta de los lápices.

Atender la educación pública, con los mismos parámetros con que se atiende la salud, es una fatalidad histórica que pesa sobre los hombros de los gobernantes, que arguyen, peregrinamente, que no hay de dónde obtener los recursos.

Fraude a la verdad social, a la verdad política, a la verdad económica y ruptura total con la ética del poder, moral dominante que ha privilegiado la corrupción para satisfacer las apetencias de sus áulicos y cortesanos, como está demostrado en los estrados judiciales.

Si se quiere avanzar, hay que reconocer el conflicto y respetar a sus actores “descamisados”, interpretar sus necesidades; en otras palabras, contextualizarlo.

Torpeza del Estado es taparse los ojos y pensar que la solución, más expedita, es utilizar la fuerza para mantener su soberanía.

La virulencia del Estado, las amenazas, las coerciones, la bipolarización, que salta a nuevos apoyos, que también hacen parte del conflicto social, no pueden desconocerse a la hora de desarmar la irritación de un pueblo sometido a la más vergonzosa dilapidación, despilfarro y malversación de sus recursos públicos, como nunca antes había ocurrido en la historia republicana del país.

La violencia no es solo un enfrentamiento físico, contempla las violencias por hambre, desigualdad, marginalidad y distancia enorme entre educación pública y privada, aristas estructurales que se deben tener en cuenta para que cesen los disparos de la iniquidad que reciben certeramente y de frente los desamparados.

La paz no puede alcanzarse plenamente sino a través de los derechos humanos económicos, sociales y culturales, el desarrollo sostenible y la seguridad humana, que son del orden constitucional. Por esos postulados resisten los estudiantes ante un Estado que les responde férrea y sostenida defensa de sus privilegios.

Entonar el himnos modulando “…Cesó la horrible noche…”, “El rey no es soberano”, “…Voluntad de encontrar un camino compartido hacia un mundo mejor” y “…Decorada con blanco de paz…”, debe ser un sentimiento real y no una postura histórica patriotera que suene a burla contra la justicia, la equidad y la paz. No fue ese el propósito de sus creadores.

Los estudiantes no están solos, una columna de Andrés Óliver Ucrós y Licht, publicada en Las Dos Orillas alcanza más de cuarenta mil visitas en un día.

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