Testimonio

/ Opinión
Por: Álvaro Jesús Urbano Rojas

Testimonio


Jesús Silva Meneses,amigo de toda la vida con quien he cultivado un cálida aprecio, al punto de tenerlo como cómplice y confidente al rememorar nuestras vivencias y travesuras, cuando siendo estudiantes universitarios con una pléyade de coterráneos,  compartíamos apartamento en la ciudad de Cali.  Hacía tiempo no sabía de él, pero me alegró la existencia cuando escribió su testimonio en virtud  de la columna publicada la semana anterior: “Klinger versus el nuevo oscurantismo”.

Mi amigo vive en Jávea,  un pueblo pesquero, que se destaca como de los parajes más hermosos  de la Costa Blanca española, bañado por el mar Mediterráneo, adscrito a la comunidad autonómica de Valencia, al norte de la provincia de Alicante, en la comarca de la Marina Alta. Una ciudad encantadora con un poco menos de treinta mil habitantes, de los cuales  más del 54% son extranjeros.

Su humanidad, padece desde hace más de veinticinco  años  los estragos una enfermedad autoinmune, que lo ha obligado a recorrer diferentes países en busca de alivio, pero por ser una  enfermedad ultra huérfana, consideradas excepcional y rara,  es muy difícil en todo el mundo,  encontrar tratamiento adecuado.

Cuenta que alguien le habló que en Popayán, su ciudad natal, ejercían médicos de sin igual conocimiento, demostrada trayectoria y probada honestidad. Así conoció al doctor Julio César Klinger y al doctor José Joaquín Dulcey, quienes lograron, cada uno desde su especialidad, la solución a su problema y el crecimiento como persona, siempre desde el saber, la bondad y la decencia. El común denominador de estos excelentes médicos fue siempre la discriminación por una parte del establecimiento como si la sabiduría fuera punible y como si prestar atención a los desfavorecidos atentara contra egos e intereses económicos.

Afirma que su primer tratamiento con Interferón Beta como fórmula magistral bajo la tutela del doctor Klinger empezó en 1998 y ello representó un salto cualitativo en su recuperación después de meses de mialgias propias de un sistema muscular atrofiado.  Narra que en las pruebas de laboratorio de control jamás presentó efectos secundarios nocivos de índole alguna.

Afirma que todavía y por más de 22 años, sigue siendo su paciente y por fortuna amigo del científico Julio Cesar Klinger, se sorprende   y no puedo entender que alguien lo acuse de lucrarse cuando sabe de buena fuente y le consta, por causa propia que el médico Klinger en su infinita generosidad, la cantidad de dosis de Interferón y de Valaciclovir que desde su mano caritativa y espíritu de pueblo ha donado a comunidades vulnerables e injustamente olvidadas por la sociedad.

Le asombra que el INVIMA, le  decomise las dosis de Interferón  a la Fundación Klinger, mientras él galeno, en una campaña de solidario  altruismo, recorre el Putumayo en campaña sanitaria. Reconoce que se ajusta a la ley el hecho que todo medicamento debe tener un registro sanitario, pero  advierte que es notorio que ante una pandemia como la que vivimos,  la agilidad de los trámites se convierte en cuestión de vida o muerte. Sabido es que para que algo así sea posible  es necesario que la comunidad médica reme en la misma dirección pero esto requiere altura de miras y generosidad. De lo contrario, Hipócrates ni está, ni se le espera.

Concluye con los siguientes interrogantes: ¿Terminará el Cauca privándonos de excelentes médicos como ya sucedió en el pasado con el doctor Dulcey, mientras Nariño lo acoge y aprovecha su neurociencia y calidad humana? ¿Terminará el doctor Klinger siguiendo igual camino mientras Gran Bretaña utiliza el Interferón Beta como base del medicamento SNG 001 del laboratorio Synairgen?. De manera lapidaria expresa: “esté en donde esté, y si Dios me lo permite, seguiré haciendo los kilómetros que sean necesarios para consultar al doctor Klinger,  recibir su medicina y nutrirme de su  sencillez y compromiso”.

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