Un poco más de lo mismo

/ Opinión
Por: Mateo MalaHora

Un poco más de lo mismo


El drama más severo de los pobres en Colombia es el fenómeno de la exclusión en todos los ámbitos de la vida, que hunde sus raíces desde que fue creada la república.

Una mirada desprevenida nos permite deducir que lo que llamamos ‘nuestra sociedad’ es objeto de una maquinaria estatal que suprime el bienestar para el disfrute de las mayorías nacionales.

Y es, en esas condiciones, de extendida pobreza, incrementada por la pandemia de la peste, donde no han existido relaciones de igualdad social entre todos los ciudadanos, como lo proclama la Constitución:

“Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de las autoridades y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica”.

Creer que para los pobres existe igualdad, en el pleno sentido del vocablo es una calamidad.

Los pobres no pueden acceder plenamente al derecho a la salud, la educación y el trabajo, toda vez que están sometidos a la inclemencia de ser descartados y víctimas de una tupida red de impedimentos que, al final,  aceptan como una exigencia para sobrevivir.

Ya, Anatole France, con sarcástica ironía dijo: “La Ley en su magnífica ecuanimidad, prohíbe tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”.

A los pobres se les aleja, se les corta, se les separa y retira del desarrollo, para ellos el modelo no funciona, está concebido para mantener privilegios.

Recordemos que hasta hace unas décadas se sostuvo que existían ‘países en vía de desarrollo’, frase consoladora para que nuestros pueblos  hicieran cola en el propósito de alcanzar prosperidad, bonanza y felicidad que, además, era impúdica y deshonesta, porque, sabido es que, bajo la sombrilla de los “paquetes neoliberales”, que funciona como recetario de privatizaciones,  el desarrollo humano no es posible.

En síntesis: falso de toda falsedad que lo posmoderno, hoy estrepitosamente derrumbado, sea el reino de la felicidad. La metáfora necrológica de la posmodernidad pandémica lo demuestra irrefutablemente.

¿Acaso no fueron las promesas, subterfugios ideológicos, que revelaban la sumisión política de los países pobres a los desarrollados, en virtud de la expoliación de sus recursos, laborales, financieros y de la naturaleza?

La propuesta para los ‘países en vía de desarrollo’ era sugestiva y seductora, acuñada por los centros del poder mundial, con el ánimo de entusiasmar a gobernantes, ciudadanos cándidos y a los iletrados, políticamente.

En pura y purísima verdad, la mayoría de los sistemas políticos latinoamericanos  deben ser observados como una inmensa maquinaria institucional trituradora de los excluidos.

Y lo más obsceno, se dijo que los planes a nivel mundial se realizarían con criterios de sustentabilidad que, a la postre, solo sirvieron para sostener  únicamente a los vencedores. Toda una impunidad teórica conceptual.

Candidez política: lo que era aplaudido en los certámenes democráticos electorales, era irrealizable en la práctica social.

Y, poco a poco, de manera estratégica, fueron cambiando la terminología.

Los balances fueron lánguidos, de estancamiento e inestabilidad conflictual y los trucos del desarrollo retórica de las élites dominantes que han depredado la región.

Pasada la hecatombe, aparecerán rostros y afiches retocados, nuevas engañifas, trampas, artificios y astucias comunicacionales, al mejor estilo del ingreso ‘per cápita’; las comunidades serán objeto de fetichismos religiosos, ovnis, plataformas de extraterrestres y apariciones que darán pena, al estilo de la Virgen de Piendamó,  que descenderán la tradición, sin adviertan que estarán en presencia de un poco más de lo mismo.

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