©Maritza Zabala Rodríguez | @mazarito1

Papi siempre decía, de forma un poco irónica “Nadie va a salir vivo de esto” refiriéndose en sus términos y desde su visual a la muerte; ese momento final de nuestro camino terrenal para el cual todos, deberíamos prepararnos pues primero, es nuestro destino inevitable y segundo, los finales siempre importan y mucho.

Tal vez, la incertidumbre que nos arropa ahora como planeta por el COVID, la emergencia sanitaria, más las noticias permanentes de la partida de amigos, conocidos y gente de nuestros entornos, nos ponen de presente que ninguno sabe cuándo se irá.

La vida y la muerte están unidas y son inseparables, pese a lo cual, la muerte es para muchos un tabú, del que no se habla, en la lectura errada de así evitarla. Frente al tema y por mi curva de aprendizaje sé que todos somos iguales en situación de vulnerabilidad y tarde o temprano escribiremos ese capítulo final.

Quienes creemos en Dios, tras vivir intentos fallidos de partir, sabemos que, al superarlo, se aviva la pasión por estar y se da más peso a ser responsables de morir bien, en paz y saber que esta bomba de oxígeno, actitud, emociones, instantes felices y piel que tenemos como vida, gotea día a día, hasta que se agota.

El día que le informé a mis personas sobre acciones frente a mi partida, rabiaron: les molesta el tema, lo evitan por miedo, angustia o sentimientos enredados con creer que hablar de la muerte es llamarla. Si eso fuera cierto, ya habría partido.

Y entonces aparece el apego. Tal vez por él, postergamos decisiones y evitamos temas ineludibles. En algún momento levantaremos velas, así creamos ser eternos y tener siempre más tiempo y pensar que esto les pasa a otros, no a nosotros.

No quiero que se crea que le resto dolor a la muerte, no. Solo sé que es necesario replantear la actitud frente a la vida que conecta de diversas formas y la muerte que demanda ser pensada y planeada, si queremos que sea más tranquila, en paz y cumplir la voluntad de quien se va, a la par de tener un duelo con menos sufrimiento.

Como lo planteó Carlos Gaviria hace años: vivir dignamente pide también morir con dignidad. El COVID nos ha alejado de escuchar, dialogar, saber y cumplir las últimas palabras de quien muere. Antes esas palabras eran fuente de sabiduría. Ahora muchos no dicen nada, pues se van solos, alejados, sedados e intubados.

Ante esta realidad, es oportuno recordar que sólo mediante procesos de deliberación entre personas, familias, grupos y sociedad en general, la conversación sobre ¿Cómo queremos morir? debe darse. No hay que esquivarla o pensar que es tiempo perdido, es oportuno juntarnos no sólo en las misas posteriores, sino en espacios previos, en los que esta conversación, que debemos tener como sociedad, fluya, si es que queremos lograr cambios sociales de peso .

Paz en tu tumba mi código Roberto Castañeda.

©Maritza Zabala Rodríguez | @mazarito1