¡Yo creo en Popayán!

/ Opinión
Por: Juan Carlos López Castrillón

¡Yo creo en Popayán!

En Semana Santa vino un amigo extranjero con su esposa a conocer nuestra ciudad, y recién bajado del avión me preguntó casi retador: ¿cuál es la diferencia entre una ciudad intermedia normal de América Latina y Popayán? Le contesté: La Marca.

Enseguida amplié mi respuesta, explicándole que creo en la teoría que dice que hay poblaciones que tienen personalidad, una especie de carácter distintivo que se siente al visitarlas, que se vive al caminar por sus calles, al entrar a un museo o una iglesia, al sentarse en una banca del parque o tomarse un café en una esquina.

Es la misma sensación que se puede tener al estar en el centro de Salamanca o Querétaro. Hay magia. Tienen Marca.

Pero hice con mi amigo un tour distinto. Además de llevarlo a ver una armada y desarmada de pasos, alumbrar, ver las procesiones, experimentar la fusión del olor a incienso y cirio, bañarse en una termal, estar a tres metros de un cóndor libre, ir a un concierto de música religiosa, etc., también lo llevé a conocer la otra Popayán.

Fuimos a comer tamales de pipián en la galería del Alfonso López, a visitar una microempresas de manufacturas en la comuna siete, a conocer cómo se «hace» la carantanta en Cajete y a divisar un atardecer desde un cultivo de aguacate haas en la vereda Claridad. Después de cinco días mi amigo y su esposa se fueron felices.

Antes de despedirse me preguntó, ¿por qué estás aquí? No tuve que pensar la respuesta: porque creo en Popayán…

… Y también porque me parezco a ella, como todos los que vivimos aquí, en mayor o menor grado.

Después de esa visita he aceptado la conclusión de que somos muy tímidos en cuanto al orgulloso que deberíamos sentir por lo que tenemos. No hemos dimensionado las enormes posibilidades que tiene la marca Popayán; puede que hoy esté maltrecha y golpeada, pero su potencial sigue intacto.

Sólo con que tuviéramos una buena infraestructura vial y un primer grado de desarrollo en cultura ciudadana mejoraría mucho nuestra competitividad.

En el fondo todo se resume a Creer en Popayán, todo pasa por ahí, por ese complejo verbo, y por aplicarlo en el incierto momento que se vive en las tierras del Cauca.

Creer en una ciudad o en una región se materializa en creer en la gente, y ahí es cuando volvemos al tema de apostarle prioritariamente a la educación para pensar en un proyecto a largo plazo.

Alguien me anotaba con mucha razón que construir credibilidad es más difícil que construir un edificio. Se necesita para ello un camino de doble vía, no creemos en otros porque sentimos que no nos creen. Ese es el círculo que hay que romper.

«Yo creo» en inglés se traduce belief y en alemán glauben, vienen de la raíz aria lubh, que significa tener amor, confianza, afecto. Esa definición lo dice todo, no hay necesidad a ahondar en argumentos.

Cuando uno viaja -así sea por un día- y vuelve a Popayán, hay que aprender a darle de regreso dos miradas, la de comparación, para concluir que tenemos uno de los sitios privilegiados por la naturaleza; y la de la perspectiva, imaginando cómo pueden crecer las oportunidades a todo nivel si logramos que la Marca tenga receptores en este mundo globalizado.

Entonces, en conclusión, volvamos a creer y salgamos a vender la marca Popayán por todas partes, hagamos esa tarea con liderazgo, fuerza y entusiasmo. Hay que transmitir más optimismo y esperanza en esa tarea para que esta tierra sea destino de inversión y de turistas.

El Renacer de Popayán pasa por volver a creer.

Posdata: mi amigo extranjero me llamo hace dos noches para decirme que vuelve con su familia en seis meses. Eso significa que él le cree a Popayán. Nosotros tenemos que hacer el resto.

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