Blatter acusa a la FIFA de ceder ante Trump para habilitar a Balogun: "Las tarjetas rojas no se anulan por llamadas políticas"

El expresidente de la FIFA cuestionó la decisión de suspender la sanción al delantero estadounidense tras la intervención del presidente Trump ante Infantino, y advirtió que el fútbol no puede convertirse en un patio de recreo del poder político.

Blatter acusa a la FIFA de ceder ante Trump para habilitar a Balogun: "Las tarjetas rojas no se anulan por llamadas políticas"

El expresidente de la FIFA, Joseph Blatter, lanzó una dura crítica contra el organismo rector del fútbol mundial por la decisión de suspender la sanción al delantero estadounidense Folarin Balogun, quien había sido expulsado en el partido ante Bosnia y Herzegovina y, en principio, debía cumplir una fecha de suspensión antes de los octavos de final del Mundial 2026. La resolución, que habilitó al jugador para enfrentar a Bélgica en la fase eliminatoria, se produjo luego de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reconociera haber intervenido directamente ante el titular de la FIFA, Gianni Infantino, para solicitar la revisión de la expulsión.

«Las tarjetas rojas no se anulan por llamadas telefónicas políticas. Se anulan por reglas, evidencia y organismos independientes», escribió Blatter en su cuenta de X, en un mensaje que apuntó directamente contra lo que consideró una injerencia política inadmisible en una decisión deportiva de máxima sensibilidad durante una Copa del Mundo.

El dirigente suizo, que presidió la FIFA entre 1998 y 2015, fue más allá y planteó una pregunta que resonó en el mundo del fútbol: «Si un presidente de EE.UU. interviene con el presidente de la FIFA —y un jugador es repentinamente absuelto antes de un partido de eliminación directa en la Copa del Mundo—, la pregunta es inevitable: ¿Quo vadis, FIFA?» La expresión latina, que significa «¿a dónde vas?», reflejó la preocupación de Blatter por el rumbo institucional del organismo frente a las presiones externas. Cerró su publicación con una advertencia categórica: el fútbol nunca debe convertirse en un patio de recreo para el poder político.

Trump había admitido públicamente haber contactado a Infantino para pedir que se revisara la expulsión de Balogun, a quien el mandatario consideraba víctima de una decisión arbitral incorrecta. «Soy bueno en estas cosas», afirmó el presidente estadounidense al referirse a su gestión ante la FIFA, sin mostrar reparos por la naturaleza de la intervención.

La decisión de habilitar a Balogun generó una ola de rechazo internacional. La Real Asociación Belga de Fútbol se mostró atónita por la resolución, mientras que la UEFA advirtió que la FIFA había cruzado una línea peligrosa al ceder ante presiones políticas en un caso disciplinario. Bélgica, el rival de Estados Unidos en los octavos de final, ironizó sobre el asunto con un mensaje en redes sociales: «No sabía que era el día de los inocentes.»

La Comisión Disciplinaria de la FIFA, sin embargo, defendió su decisión argumentando que se trató de una medida más equilibrada, amparada en el artículo 27 del Código Disciplinario del organismo, que permite suspender la ejecución de una sanción sin eliminarla. Bajo ese mecanismo, la suspensión de Balogun quedó en período de prueba durante un año, lo que le permite jugar mientras la sanción permanece latente. Si durante ese período comete una infracción similar, el castigo se activará automáticamente.

El entrenador de la selección estadounidense, Mauricio Pochettino, celebró la resolución y la calificó de justa, en contraste con la indignación expresada por Bélgica y la UEFA. La controversia pone en el centro del debate la independencia de los organismos disciplinarios del fútbol frente a la presión de los gobiernos, especialmente cuando el país anfitrión del Mundial es precisamente el que interviene en el proceso.

El caso Balogun llegó en el peor momento posible para la imagen de la FIFA, que ya venía siendo cuestionada por su gestión del torneo y por la creciente influencia política en sus decisiones. Para Blatter, cuyo propio mandato estuvo marcado por escándalos de corrupción que lo llevaron a ser suspendido del organismo, la situación representa un retroceso en la credibilidad institucional del fútbol mundial que podría tener consecuencias duraderas sobre la confianza en la FIFA como árbitro imparcial del deporte más popular del planeta