Colombia Apuesta por un Herbicida más Tóxico que el Glifosato para Erradicar la Coca en el Putumayo

El Ejecutivo prepara una prueba piloto de siete días sobre un máximo de 1.000 hectáreas de coca. Expertos advierten que el químico elegido quema la hoja pero permite el rebrote, daña el sistema nervioso y está prohibido en la Unión Europea.

Colombia Apuesta por un Herbicida más Tóxico que el Glifosato para Erradicar la Coca en el Putumayo

En medio de la controversia y la alarma científica, el Ejecutivo colombiano avanza en la estructuración de un programa piloto de aspersión aérea sobre cultivos ilícitos en el departamento del Putumayo, utilizando glufosinato de amonio, un herbicida que distintos estudios y organismos internacionales califican como más peligroso para la salud humana que el glifosato, el químico que Colombia empleó durante décadas en su guerra contra las drogas. La iniciativa, respaldada por la Resolución 007 de 2026 del Consejo Nacional de Estupefacientes, plantea un ensayo de siete días sobre un área no mayor a 1.000 hectáreas, aplicado desde avionetas con piloto a bordo.

Para que la aspersión pueda ejecutarse, el Gobierno de Abelardo de la Espriella debe contar con dos documentos técnicos fundamentales: un plan de manejo ambiental emitido por la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) y un concepto técnico del Instituto Nacional de Salud (INS) sobre los riesgos que el químico podría representar para la salud de la población. Aunque ambas entidades pertenecen al Ejecutivo, ninguna ha dado aún luz verde al proyecto.

El INS fue claro en un comunicado reciente: no ha emitido su pronunciamiento porque todavía está reuniendo "la información y los elementos técnicos y científicos necesarios" para cumplir con lo que la ley exige. La institución indicó que se encuentra en proceso de identificar los posibles efectos del glufosinato sobre las personas, considerando las condiciones específicas en que sería aplicado y los distintos escenarios de exposición de las comunidades que habitan la región.

El ministro de Justicia, Iván Cancino, salió a defender la propuesta y aclaró que el objetivo del plan piloto no es experimentar con seres humanos, sino verificar si el componente químico tiene el efecto esperado sobre las plantas de coca. Sus declaraciones, sin embargo, no han logrado calmar las dudas de la comunidad científica.

La pregunta que se hacen los especialistas no es solo si el glufosinato funciona, sino si vale la pena el riesgo. Julián Mora Oberlaender, doctor en Biotecnología de la Universidad Nacional de Colombia y conocedor profundo del comportamiento de los herbicidas, es contundente: el cambio de químico no ofrece ventaja alguna. En su análisis, el glufosinato no garantiza la erradicación efectiva de la coca y sí implica consecuencias graves sobre la salud humana, el entorno ambiental, las fuentes hídricas y los cultivos lícitos que crecen en zonas aledañas a las plantaciones ilícitas.

Mora explica que, aunque el glifosato y el glufosinato comparten la característica de ser herbicidas de amplio espectro —es decir, que no distinguen entre plantas y afectan a la gran mayoría de ellas por igual—, su modo de acción es radicalmente distinto. El glifosato es sistémico: penetra en la planta desde las hojas hasta la raíz y la destruye por completo. El glufosinato, en cambio, actúa solo por contacto, quemando las superficies foliares donde cae, pero sin penetrar hasta la raíz. Esto significa que la coca puede rebrotar en cuestión de días.

Gabriel Tobón Quintero, profesor del Departamento de Desarrollo Rural de la Universidad Javeriana, va más lejos en su crítica. Para él, la fumigación aérea con herbicidas, cualquiera que sea el químico, es "un error que hemos repetido durante más de 30 años". Tobón señala que Colombia ha sido el único país del mundo en autorizar la fumigación sobre selvas húmedas tropicales y ecosistemas estratégicos sin medir sus impactos reales. Y advierte que el glufosinato no solo afectará la coca: también caerá sobre plátano, maíz, yuca y cualquier otro cultivo de pancoger que esté en las proximidades, destruyendo la seguridad alimentaria de las familias campesinas.

Uno de los mayores peligros que identifican los científicos es lo que se conoce en la literatura especializada como "efecto deriva". Cuando el herbicida se descarga desde avionetas que vuelan entre 60 y 120 metros de altitud, el viento y la humedad lo dispersan mucho más allá del área objetivo. En términos prácticos, el radio de acción real del producto es imposible de controlar. Aunque el ministro Cancino ha expresado el deseo de que la aspersión no alcance a las comunidades, los expertos son unánimes: no existe manera técnica de garantizarlo.

Tobón lo resume sin rodeos: ningún mecanismo puede evitar que las gotas del herbicida se extiendan con el viento cuando son lanzadas desde esa altura. Las comunidades indígenas, campesinas y afrodescendientes que habitan el Putumayo quedarían expuestas a la inhalación y al contacto con el producto, sin posibilidad de protección efectiva.

La toxicidad del glufosinato de amonio está documentada. El profesor Orlando Acosta, químico y biólogo de la Universidad Nacional, explica que este herbicida actúa principalmente como una neurotoxina: interfiere con el sistema nervioso, provoca la acumulación de amoníaco en los tejidos y altera los neurotransmisores cerebrales. Los síntomas de una intoxicación aguda incluyen convulsiones, temblores, pérdida del estado de conciencia, coma y amnesia retrógrada. En casos severos, puede generar fallas respiratorias y cardiovasculares que requieren ventilación mecánica.

Estudios clínicos realizados en China con pacientes que sufrieron intoxicación aguda por ingestión oral del herbicida concluyeron que el glufosinato puede comprometer gravemente los sistemas respiratorio y nervioso, llegando a provocar encefalopatía tóxica y poner en peligro la vida.

Camilo González Posso, ingeniero químico, ex ministro de Salud y director de Indepaz, sistematizó las afectaciones en cuatro categorías bien definidas: intoxicación grave con riesgo de coma y pérdida de memoria; daños reproductivos que incluyen alteraciones en el desarrollo fetal y pérdida de fertilidad; quemaduras químicas en piel y ojos por contacto directo; y acumulación peligrosa de amoníaco en el organismo.

No es solo la academia colombiana la que pone reparos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) clasifica al glufosinato de amonio en la categoría II de peligrosidad, es decir, "moderadamente peligroso", mientras que el glifosato queda en la categoría III, calificado como "ligeramente peligroso". La diferencia no es menor: implica que el herbicida propuesto por el gobierno colombiano tiene, según los estándares internacionales, un mayor potencial de daño que el que reemplaza.

Europa ya tomó sus decisiones al respecto. La Unión Europea prohibió el uso del glufosinato desde 2018, y Francia lo hizo un año antes, al considerar que sus riesgos para la salud pública son inaceptables incluso cuando se usa en condiciones controladas dentro de la agricultura. En contraste, el glifosato continúa siendo legal en ese continente.

La paradoja que señalan los expertos es evidente: Colombia está evaluando asperjar desde el aire, sin control sobre el viento ni sobre quién queda expuesto, una sustancia que la Unión Europea prohíbe incluso en su aplicación terrestre y agrícola. Además, la toxicidad de cualquiera de los dos herbicidas aumenta significativamente cuando se mezcla con surfactantes, adherentes y humectantes, aditivos necesarios para que el producto se fije correctamente en el tejido vegetal durante la aspersión aérea, pero que tienen su propia carga tóxica sobre los organismos vivos.

El plan piloto del gobierno De la Espriella no tiene parangón en el mundo. Ningún otro país ha intentado fumigar cultivos ilícitos con glufosinato de amonio desde el aire, lo que significa que no existen datos empíricos que permitan anticipar con certeza el alcance de sus consecuencias. Esta ausencia de antecedentes, lejos de tranquilizar a los científicos, los inquieta aún más. Las 1.000 hectáreas del Putumayo podrían convertirse en el primer laboratorio a cielo abierto de un experimento cuyos resultados sobre la salud humana y el medio ambiente seguirían siendo inciertos mucho tiempo después de que las avionetas aterricen.