El deseo de Popayán: una reflexión sobre el emprendimiento y la mentalidad colectiva

Por Hugo Ferney Bolaños

El deseo de Popayán: una reflexión sobre el emprendimiento y la mentalidad colectiva

En la ciudad de Popayán, emprender no es solamente un reto económico o administrativo. Es, en muchos casos, un desafío cultural.

Quienes han decidido construir empresa en la ciudad se enfrentan a obstáculos conocidos: trámites complejos, limitaciones de mercado y dificultades de financiación. Sin embargo, existe una barrera menos visible, pero profundamente determinante: la mentalidad colectiva frente al éxito ajeno.

Para ilustrarlo, vale la pena acudir a una metáfora.

Se cuenta que un habitante de la ciudad encontró una antigua lámpara. Al frotarla, apareció un genio que, en señal de gratitud, le concedió un deseo. Pero con una condición particular: todo lo que pidiera le sería otorgado también a su vecino, en el doble.

El hombre, tras pensarlo por un momento, hizo su petición:

“Quiero que me quites un ojo”.

El genio, sorprendido, cumplió el deseo. Y, como consecuencia, el vecino perdió ambos.

Más allá de la crudeza de la historia, su significado es claro. Refleja una realidad incómoda: en ocasiones, se prefiere el perjuicio del otro antes que el bienestar compartido. Es una lógica que limita no solo a los individuos, sino al desarrollo colectivo de la ciudad.

El emprendimiento requiere ecosistemas de confianza, colaboración y apoyo mutuo. Ninguna economía local logra consolidarse si sus actores operan desde la desconfianza o la competencia destructiva. Por el contrario, las ciudades que progresan son aquellas donde el éxito de uno se convierte en referencia, inspiración y oportunidad para otros.

Popayán tiene el talento, la historia y el potencial para crecer como un verdadero polo de desarrollo regional. Pero para lograrlo, es necesario un cambio de enfoque: pasar de la rivalidad al trabajo conjunto, de la sospecha a la cooperación, y de la envidia al reconocimiento del mérito.

El desafío no es menor, pero es urgente.

Porque el desarrollo no se construye debilitando al otro, sino fortaleciendo el entorno común. Y porque, al final, el verdadero progreso de una ciudad no se mide por lo que pierde su vecino, sino por lo que logran construir juntos.