El domingo invisible: crónica de Brasil, el país que vota en silencio
La polarización extrema entre el presidente izquierdista y el derechista Flávio Bolsonaro lleva a muchos votantes a elegir el mal menor
En São Paulo, la ciudad que nunca duerme, el domingo electoral llega sin hacer ruido. No hay tambores, ni coros, ni ese murmullo nervioso que precede al destino de una nación. Solo hay primavera. El sol cae oblicuo sobre la avenida Paulista y los rascacielos, de cristal y concreto, observan con la indiferencia de quienes ya lo han visto todo. Entre ellos, los paulistanos caminan como cualquier otro día: esquivan vendedores ambulantes, cruzan puertas de oficinas, entran a centros comerciales con la urgencia de quienes buscan sombra o café. Si no fuera por unos banderines solitarios —fotografías de candidatos colgadas como ropa olvidada— nadie diría que, a horas de distancia, casi 159 millones de brasileños decidirán quién gobernará los próximos años.
Pero el entusiasmo está en el clima, no en las urnas. Es un entusiasmo corporal, primaveral, casi egoísta: la piel agradece el calor moderado, los pasos son más lentos, los rostros se relajan. La política, en cambio, parece un asunto ajeno, como si ocurriera en otra ciudad, en otro país, en otro tiempo. Cuando se pregunta, la respuesta no es apasionada; es defensiva. Son pocos los que defienden con fuego sagrado el programa de su candidato. Son muchos más los que confiesan, con un suspiro, que votarán para que no gane aquel al que odian.
Dos nombres, una sombra
Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro dominan los sondeos, pero no por amor: dominan por ausencia de alternativas. Ambos cargan con una imagen negativa superior a la positiva, como si el país hubiera decidido que sus opciones no son líderes a seguir, sino peligros a evitar. Entre ellos hay una grieta enorme, profunda, sangrante, pero nadie logra cruzarla. Otros candidatos intentaron crecer en ese abismo, sumar voluntades dispersas, ofrecer una tercera vía. Fracasaron. Juntos, apenas rozan el 10% de la intención de voto. Brasil no busca un mediador; busca un vencedor en una guerra de desgaste.
João Costa, conductor de 28 años, lo dice sin adornos mientras ajusta el espejo retrovisor de su automóvil. “Lula no puede seguir más, ya es suficiente”. Habla del hartazgo como de una enfermedad crónica. Su padre y su madre votaron al líder del Partido de los Trabajadores en 2003, convencidos de que el país necesitaba una ruptura. Ahora, dice, Lula representa exactamente lo contrario: la permanencia, el cansancio, la repetición. Tiene 80 años y pelea por un cuarto mandato, mientras el país mira con desconfianza ese afán de eternidad.
Costa no es un entusiasta de Flávio Bolsonaro. Lo aclara con rapidez, casi con vergüenza. “Aunque tampoco les gusta Flávio”. Entonces, ¿por qué no mirar hacia otro lado? La respuesta llega con un gesto que resume la psicología electoral: levanta los hombros, como quien acepta una condena. “Solo Flávio tiene posibilidades de derrotar a Lula. Es el mal menor”. El voto ya no es una elección; es una trinchera.
Y Costa, de todos modos, no estará allí para cumplirla. El domingo trabajará al volante, cruzando las calles que otros recorrerán para llegar a las urnas. Aunque el voto es obligatorio, existe la excusa legal: está fuera de su lugar de empadronamiento, Minas Gerais, a más de 500 kilómetros de esta ciudad que lo alberga. En 2022, la abstención fue del 21%. Los especialistas miran las cifras y predicen que este años será igual, o peor.
El voto como muro
María y Marcia, 21 y 22 años, salen de una empresa de comunicación con el cansancio del primer empleo y la lucidez de quienes ya saben cuánto cuesta vivir. Se quejan del sueldo, del alquiler, del precio de la comida. La ilusión que depositaron en Lula hace cuatro años se ha evaporado como el rocío. “Hay mucho para mejorar en Brasil, me hubiera gustado que Lula hiciera más y no veo propuestas que me ilusionen”, dice María.
Pero su voto no busca ilusión. Busca contención. “Flávio Bolsonaro es un peligro para la democracia, para la Amazonía, para las minorías, para las conquistas de las mujeres…”, enumera con la precisión de quien ha estudiado sus miedos. No votan por alguien; votan contra alguien. Es la lógica del rechazo, más poderosa que la esperanza.
La politóloga Esther Solano, profesora de la Universidad Federal de São Paulo, ha observado esta transformación con la frialdad del científico. Según ella, la polarización ha generado un fenómeno inédito: el voto de rechazo se impone sobre todo lo demás. La economía, la seguridad, los servicios públicos —preocupaciones reales— quedan subordinadas a una pregunta más visceral: ¿quién debe ser detenido? Entre los votantes de derecha y ultraderecha, esta determinación es aún más clara. Hay quienes consideran que Flávio no tiene credibilidad, que carece de experiencia, que es un “niño mimado”. Pero lo votarán igual, porque significa votar contra Lula. El candidato no importa; la oposición sí.
Cifras que no calientan
Brasil llega a esta cita con números que, en papel, deberían generar tranquilidad. El desempleo está en mínimos históricos: 5,3%. La inflación se mantiene baja, en 4,22% interanual. El crecimiento económico, aunque moderado, supera las expectativas que se trazaron hace meses. Es un país que, estadísticamente, avanza.
Sin embargo, María y Marcia no sienten esa mejoría en sus bolsillos. Tienen trabajo, sí, pero el costo de vida los devora. Y proyectan su voto hacia el futuro inmediato: creen que si Flávio Bolsonaro gana, impulsará un recorte del gasto público para frenar el déficit fiscal, y que ese ajuste empeorará su situación. Para otros, en cambio, ese recorte es inevitable, casi una cirugía necesaria. La economía se convierte así en un campo de batalla interpretativo: los mismos datos sirven para defender o atacar.
Lula, consciente de que los indecisos son apenas un 3% —pero en una elección tan disputada, ese porcentaje es oro—, ha lanzado medidas de última hora. Por decreto, aumentó un 15% el beneficio de Bolsa Familia, la ayuda contra la pobreza que reciben casi 20 millones de familias. También prohibió las apuestas en línea, un gesto que busca proteger los ingresos más vulnerables. Son decisiones hechas con la urgencia del calendario electoral, intentos de tocar el bolsillo antes de que la mano llegue a la urna.
Imani, afrodescendiente de 49 años, es el rostro que Lula intenta retener. “Votaría a Lula, le estoy muy agradecida, mis hijos pudieron estudiar gracias a él”, dice antes de subir a un autobús que la llevará a las afueras de la ciudad, casi dos horas después. Pero la gratitud choca con la geografía de la pobreza. Cuida a sus nietos y la casa de su hija queda lejos del centro de votación. No sabe si irá. La abstención, en su caso, no es política: es logística.
El odio en la pantalla
En el extremo opuesto del espectro, Antonio de Assis, de 65 años, dueño de un establecimiento turístico, confiesa su rechazo con la vehemencia de quien ha construido una identidad política alrededor del antagonismo. Se declara profundamente contrario a Lula y al Partido de los Trabajadores. En un primer momento, pensó en votar por Renan Santos, un candidato ultraliberal. Pero descartó la idea. “No me importa si [Flávio] es el más apto o no lo es, votaré al que pueda ganar a Lula”.
De Assis no solo odia al presidente; extiende su rechazo al sistema judicial. Acusa a Lula de ser “un ladrón” y “un corrupto”, recordando una condena que fue anulada. Y apunta al juez del Tribunal Supremo, Alexandre de Moraes, a quien acusa de proteger a un banquero acusado de fraude en el caso Master. No lo dice con rumores de café; saca su teléfono celular y muestra un video que demoniza al magistrado. Es un ritual contemporáneo: la desinformación no llega por panfletos, llega por la pantalla que todos llevamos en el bolsillo.
Este hombre, que admira a Javier Milei y su motosierra simbólica contra el gasto público, representa otro rostro de la polarización. Critica que Lula “subvenciona más y más a los pobres”, creando un déficit que, según él, “terminará por explotar”. Para De Assis, la ayuda social no es justicia; es una trampa. Y en esta elección, como en tantas otras cosas, su voto no busca construir: busca destruir al adversario.
Las redes sociales y los mensajes que circulan por los teléfonos han contribuido a esta polarización como nunca antes en Brasil. No se trata solo de información; se trata de rituales de confirmación. Cada video, cada mensaje reenviado, cada acusación compartida fortalece la trinchera. La campaña no se juega solo en las calles —que, como vemos, permanecen casi vacías— sino en los grupos de chat, en los algoritmos, en los silencios que se rompen con un audio de voz alterada.
El país que llega a las urnas sin fiesta
Brasil no llega a estas elecciones con la alegría cívica de otras épocas. Llega con cansancio, con miedo, con una sensación de que la democracia ya no es un proyecto colectivo sino un mecanismo de defensa individual. El país está partido en dos, no por ideas opuestas sobre el futuro, sino por la imposibilidad de imaginar un futuro sin excluir al otro.
En São Paulo, mientras tanto, el sol sigue bajando entre los rascacielos. Los vendedores ambulantes recogen sus mercancías. Las oficinas apagan sus luces. Y los banderines con las caras de Lula y Flávio siguen colgados, casi invisibles, como fantasmas de una disputa que la ciudad parece haber decidido ignorar.
El domingo está cerca. Las urnas se abrirán. Casi 159 millones tendrán la oportunidad de elegir. Pero en esta avenida, entre el tráfico y la primavera, la política parece un rumor lejano, un deber incómodo, una batalla que se libra en otro lugar. Quizás, precisamente por eso, el resultado será tan doloroso: porque nadie parece haber votado con alegría, sino con la urgencia de quien cierra una puerta antes de que entre el fuego.