El grito eterno: Malvinas, Messi y la pasión que une a un país
Las islas ocupadas por Gran Bretaña desde 1833 son un símbolo que toca una fibra muy sensible en el país sudamericano.
La celebración desbordante de Argentina tras coronarse campeona del Mundial de Qatar en 2022 tuvo su melodía característica, aquella que arrancaba diciendo: "En Argentina nací, tierra de Diego y Lionel, de los pibes de Malvinas que jamás olvidaré". Cuatro años más tarde, en la búsqueda de la quinta estrella, Messi, Maradona y las islas se reunieron nuevamente en las estrofas de la nueva canción mundialista: "Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo, Argentina, quiero verte bicampeón".
En este país, la pelota y la nación forman un mismo cuerpo. No existe reclamo nacionalista que despierte tanto fervor popular como el de recuperar el territorio que Gran Bretaña mantiene bajo su control desde 1833. Las Malvinas encienden un sentimiento hecho de orgullo, herida y arraigo, pero también funcionan como un consenso tan sólido que se transforman en una herramienta política siempre disponible para desviar la atención cuando el presente incomoda. Javier Milei lo comprobó recientemente.
Un símbolo tatuado en la identidad
¿Qué explica que las Malvinas ocupen semejante espacio en el corazón argentino? Para varios estudiosos, la respuesta obliga a viajar hasta el mito de origen del país y esa sensación de grandeza inconclusa, la que evoca con melancolía haber sido una potencia próspera que perdió su lugar. "Cuando Argentina se emancipó de España, Malvinas estaba dentro y después nos la robaron y eso se asocia al trauma de Argentina, a lo que podría ser y no es", explica la politóloga Mariana Altieri, autora de Malvinas y Gibraltar, conflictos atrincherados. La investigadora rememora que, desde los primeros días de la ocupación británica, tanto los gobiernos como figuras literarias de peso —entre ellas José Hernández, creador del Martín Fierro— levantaron la bandera de la soberanía. "Estos derechos no prescriben jamás", dejó escrito Hernández en 1869.
El fútbol como escenario de la revancha
"Cuanto más se aleja la idea de recuperarlas, más crece la lógica de la revancha", agrega Altieri, quien señala que las canchas se convirtieron en uno de los territorios donde esa revancha pudo darse de manera simbólica. La imagen más grabada en la memoria es la de 1986, apenas cuatro años después de la guerra, cuando Diego Armando Maradona convirtió un tanto con la mano y otro tras esquivar a cinco ingleses y al arquero en una jugada para la eternidad. La más reciente ocurrió este 2026, en la semifinal del Mundial, con su sucesor Lionel Messi liderando a la Selección en una remontada que terminó 2 a 1. El estallido que provocó el segundo gol en cada televisor del país se multiplicó al pitido final, cuando algunos futbolistas extendieron sobre el césped una bandera hecha a mano con la leyenda "Las Malvinas son argentinas". La anunciada sanción de la FIFA no importó a nadie.
La antropóloga Rosana Guber, una de las voces más autorizadas sobre la contienda del 82, ya intuía que habría algún gesto político durante el encuentro. "Los jugadores fueron un canal. El protagonista fue un tipo que estaba en el hotel, que agarró una sábana y pintó el reclamo sobre ella. Nadie. O todos. Porque lo que hizo fue gritar que les ganamos, que tenemos derechos sobre las islas y que debemos ser reconocidos", sostiene.
Más que un territorio: un emblema
Docente e investigadora superior del Conicet, Guber propone entender el peso emocional de las Malvinas pensándolas como un símbolo. "Un símbolo como lo son la bandera, el himno o la cruz. Y los símbolos tienen distintos significados, no solo uno. Interpelan a gente que puede tener distintas posiciones sobre todo. Ese fue el punto que apeló el otro día Milei, el decir: 'en esto estamos todos juntos'. Igual que en 1982", analiza.
Entre todas sus lecturas posibles, la antropóloga rescata tres. Está, por un lado, la disputa de soberanía que sigue sin resolverse, porque Gran Bretaña no se sienta a negociar con ningún gobierno argentino. Por otro, la causa popular que reclama las islas desde las tribunas, los desfiles, las marchas y cualquier rincón donde se manifieste el sentir colectivo. Y, finalmente, la guerra de 1982, aquel conflicto al que la dictadura mandó a miles de jóvenes conscriptos de entre 19 y 20 años, y que dejó un saldo de 649 argentinos y 255 británicos muertos.
Malvinas a flor de piel: la mirada desde el fin del mundo
El historiador Esteban Rodríguez tiene su hogar en Río Grande, la localidad argentina más próxima a las Malvinas. Apenas 600 kilómetros la separan de las islas, una distancia mínima si se la compara con los casi 12.800 kilómetros que las alejan del Reino Unido. Río Grande forma parte de la provincia más austral del país, cuyo nombre completo —Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur— ya lleva implícito el reclamo. Allí, la silueta de las islas aparece en los guardapolvos de los estudiantes fueguinos, en las camisetas de los clubes de la zona y en incontables murales y placas conmemorativas. El himno provincial no es otro que la Marcha de las Malvinas, que los chicos memorizan apenas pisan la escuela: "Tras su manto de neblinas, no las hemos de olvidar, las Malvinas argentinas, clama el viento y ruge el mar".
Con ese panorama resulta sencillo comprender lo que plantea Rodríguez: las Malvinas son un componente inseparable de la identidad nacional, y ese lazo se vuelve aún más intenso en el extremo sur. "Las Malvinas las sentimos como una pérdida y es una pérdida que la tenemos grabada a fuego porque se nos recuerda todo el tiempo", expresa el historiador. Un dolor que se profundizó tras la derrota en la guerra que ordenó el dictador Leopoldo Fortunato Galtieri.