Freedom Fuel: las polémicas que rodean a la cadena de gasolineras respaldada por Trump y su movimiento MAGA
Aunque atraen a numerosos conductores por sus bajos precios, las estaciones de servicio enfrentan cuestionamientos por su operación y acumulan sospechas de fraude.
El águila calva en posición de ataque brilla bajo el sol de agosto en Island Avenue, pero nadie en el barrio la mira con orgullo. En Darby —ese distrito obrero de mayoría negra a ocho kilómetros del centro de Filadelfia— el cartel de Freedom Fuel parece un cuerpo extraño: blanco, verde y rojo, ondeando sobre el asfalto donde durante décadas reinaron otras marcas. Allí, Rileik Quick, 40 años, chaleco azul de Amazon, deja el compresor de los neumáticos con un gesto de desagrado.
—¿Sabes que son de Trump? —le pregunta a Jay, el periodista, señalando la pantalla del móvil—. Son republicanas, hermano. Estas gasolineras son republicanas.
Quick trabaja repartiendo paquetes para Amazon en las mismas calles donde ahora reposta. Cuando se entera de que la cadena promocionada por la Casa Blanca en X —con video incluido del presidente y el eslogan de los 3,47 dólares el galón, en honor a su número de presidente— ha aterrizado en su barrio, su reacción es inmediata: niega con la cabeza y promete no volver. “Oh, no. No fastidies”, murmura, decepcionado.
La paradoja es que Darby no es territorio MAGA. Es un suburbio históricamente afroamericano, de casas modestas y salarios ajustados, donde la estética patriótica de estas estaciones —banderas estadounidenses, águilas depredadoras, colores que recuerdan a la campaña de Trump— contrasta con la realidad demográfica de sus clientes habituales. Aun así, una treintena de estas gasolineras aparecieron el pasado verano en los suburbios de Filadelfia, Nueva Jersey y Detroit, compradas por la Freedom Fuel Network, una empresa que convirtió viejas estaciones de servicio en escaparates políticos. Los paneles, a menudo schlecht montados sobre los rótulos verdes de la marca anterior, parecen improvisados, como si el nacionalismo se hubiera pegado con cinta adhesiva sobre el asfalto viejo.
Trump las convirtió en símbolo. Aprovechando la crisis de los combustibles —cuando el galón rozaba los cuatro dólares, un 40 % más que a principios de año— la Casa Blanca promocionó la red en Truth Social y en X: “Un minorista muy inteligente está dando un paso al frente”, anunció el presidente antes del 4 de julio. El precio simbólico de 3,47 dólares funcionó como gancho: medio dólar menos que la competencia. Pero tres meses después, la realidad es otra.
En cuatro de las estaciones visitadas a lo largo de 12 kilómetros al oeste de Filadelfia, los precios han subido a poco más de cuatro dólares, o 3,83 si se compra un lavado de coche. Dos presentaban aspecto descuidado, con gente trapicheando en las zonas traseras; otra estaba cerrada por obras. Solo la de Island Avenue bullía de actividad, porque seguía siendo la más barata de la zona, donde Conoco, Exxon o Sunoco cobraban más de 4,19.
Y ahí está el dilema de Karol. A sus 69 años, viaja con su hermana enferma y ha venido hasta aquí porque “es donde más barato sale”. “Me da igual quién sea el dueño, necesito repostar. Con lo que cobro de la Seguridad Social, cada céntimo cuenta”, dice mientras forcejea con la manguera. Pero cuando descubre que detrás hay un sello de aprobación de Trump, tuerce el gesto. No porque no le importe la política, sino porque entiende que está financiando con su tanque lleno algo que no comparte. Es el voto del bolsillo frente al voto de conciencia: en un barrio donde la gasolina sube y los salarios no, la dignidad a veces se paga caro.
Detrás de estas estaciones no hay solo ideología, sino negocios turbios. La empresa está ligada a Randy Brown, exentrenador de pateadores de los Baltimore Ravens y exalcalde republicano de Evesham Township, Nueva Jersey —un hombre, según quienes le conocen, que necesita aprobación constante y luce con orgullo su anillo de campeón de la NFL—. Brown llevó a la Casa Blanca un proyecto para reabrir una refinería en las Islas Vírgenes, pero no encontró eco en la Administración. Su socio en aquel empeño, Shamikh Kazmi, es un operador de combustible con un historial empresarial cuando menos cuestionable.
Mientras tanto, en Darby, Rileik Quick se sube a su furgoneta de Amazon y arranca. No volverá a esa gasolinera, aunque le cueste medio dólar más en otra parte. “Aquí no somos así”, dice, y el motor tapa el resto de la frase. La bandera sigue ondeando sobre el surtidor, pero en este rincón de Filadelfia, la patria que importa es la que llena el depósito al precio más justo, no la que lleva la etiqueta roja.
Meses después de salir de la Casa Blanca con las manos vacías, Randy Brown y Shamikh Kazmi volvieron a llamar a la puerta cuando vieron que Donald Trump —presionado por la subida de los carburantes tras el bloqueo del estrecho de Ormuz en plena guerra contra Irán— exigía públicamente a las grandes petroleras que bajaran los precios.
Esta vez les atendieron. A finales de junio, los dos socios constituyeron en Delaware —ese pequeño Estado convertido en paraíso fiscal por su opacidad y permisividad societaria— la Freedom Fuel Network LLC. Dos semanas después, tras mover algunos hilos dentro de la Administración, lograron que la Casa Blanca difundiera un vídeo promocional: clientes sonrientes llenando el depósito mientras agradecían al presidente la iniciativa. “Freedom Fuel Network es una empresa privada orgullosamente patriótica que respondió al llamado del presidente Trump”, proclamaba la compañía en su web, añadiendo que habían actuado “decisivamente” para que llenar el tanque fuera “más asequible para las familias trabajadoras del área metropolitana de Filadelfia”.
Pero en las calles de Darby y los suburbios aledaños, la gasolina sabía a otra cosa. “Es una basura, lleva un 20% de etanol”, denuncia Omar Baker, que trabaja como asesor inmobiliario y conduce Uber en sus horas libres. “Las instalan en los barrios negros porque saben que somos los que buscamos el precio más bajo; así creen que no vamos a quejarnos”, añade mientras conduce por las avenidas del oeste de Filadelfia. Baker está convencido de que, si los vecinos supieran que detrás hay el sello de Trump, las estaciones quedarían vacías.
Mientras tanto, la competencia y los proveedores empezaron a hacer cuentas. ¿Cómo era posible vender el galón medio dólar más barato que el resto cuando el barril de petróleo superaba los 100 dólares en los mercados internacionales? Las sospechas sobre Kazmi —que había integrado su antigua red de estaciones en el nuevo grupo— crecían a medida que se conocían sus antecedentes: multas acumuladas en Nueva Jersey por infracciones de seguridad y medioambientales, una estación en Filadelfia que no había superado la última inspección municipal, y otra en Pensilvania envuelta en una disputa judicial sobre marcas registradas con BP, según publicó Politico.
En Island Avenue, sin embargo, algunos clientes seguían encantados. “Me llamo James Bond, soy el original”, anuncia un hombre de 81 años, ojos azules, gafas de sol y gorra roja. “El verdadero”, insiste. Sabe que Trump promocionó estas gasolineras y lo aprueba: “Está bien que quienes mandan hagan cosas para bajar la gasolina”. Cuando se le pregunta por los precios actuales, responde con voz pausada: “Está alto por la guerra de Irán; quizá necesitemos un cambio. No sé si los políticos piensan realmente en la gente”.
La burbuja estalló a finales de septiembre, cuando la empresa Mansfield Oil presentó una demanda contra la compañía del hermano de Kazmi. La acusación era grave: haber sustraído combustible por valor de cuatro millones de dólares y haberlo revendido a precio de saldo a las estaciones de Freedom Fuel, lo que explicaría por qué podían ofrecer tarifas tan agresivas. La empresa demandada no quiso hacer declaraciones.
Ese mismo mes, en la estación de Baltimore Pike, junto al cementerio de Fernwood, Josephine —una treintena del barrio— llenaba el depósito de su Nissan azul. “Es mi favorita porque es la más barata”, confesaba mientras pagaba, admitiendo que la subida le afectaba mucho a su economía. Pero al despedirse, con la ventanilla bajada, gritó hacia atrás: “Gracias por avisarme de que es republicana. No vuelvo más”.