La iglesia de Suárez, Cauca, fue el refugio de la comunidad durante combates entre el Ejército y disidencias de las Farc
Mientras de las autoridades regionales adelantan alianzas políticas en estas elecciones, las comunidades de este municipio sufren los horrores de la guerra.
El miércoles 14 de enero, la tranquila comunidad del municipio de Suárez, en el norte del Cauca, se vio abruptamente sacudida por un enfrentamiento armado que sembró el pánico entre sus habitantes: soldados profesionales y disidentes de las Farc se enfrentaron en el casco urbano de esta población.
En minutos, lo que era un día ordinario se convirtió en una escena de terror y desasosiego que quedará grabada en la memoria colectiva de quienes allí residen. El suceso puso de manifiesto la fragilidad de la paz en esta región del norte del departamento, que ha sido históricamente afectada por la violencia de los grupos armados al margen de la ley.
Las ráfagas de disparos resonaron en el aire, mientras que una nube de incertidumbre se apoderó de cada rincón del pueblo. A medida que el sonido de las balas se intensificaba, los residentes, especialmente aquellos con niños pequeños, se vieron obligados a tomar decisiones apresuradas pero necesarias para proteger sus vidas. Muchas familias buscaron refugio en la iglesia principal del casco urbano, un lugar que, en circunstancias normales, simboliza esperanza y tranquilidad, pero que en ese momento se transformó en un salvavidas en medio del caos.
Dentro de la iglesia, se vivieron momentos de angustia prolongados. Los feligreses, algunos incluso con lágrimas, se arrojaron al suelo tratando de mantenerse a cubierto, mientras los ecos de disparos reverberaban en las paredes sagradas. Las luces tenues y el silencio tenso crearon un ambiente que contrastaba drásticamente con la paz que normalmente caracterizaba el lugar. La comunidad, unida por la adversidad, compartió miradas de preocupación, tratando de encontrar consuelo en su mutua compañía, aunque las palabras ni siquiera podían expresar el temor que todos sentían. Muchas personas empezaron a orar para que terminaran los combates.
En medio de esta crisis, la pregunta que más inquietaba a los presentes era qué había llevado a tal desenlace. Las tensiones en la región habían ido en aumento, alimentadas por conflictos territoriales entre grupos armados que buscan imponer su control sobre el territorio. Sin embargo, la población civil, que solo anhela vivir en paz, se encuentra atrapada entre dos fuegos, sufriendo las consecuencias de una violencia que no han provocado. La sensación de impotencia se apoderó de los corazones de los habitantes, quienes ven cómo sus vidas cotidianas son interrumpidas por situaciones que escapan de su control.
A medida que los enfrentamientos continuaban, comenzaron a circular rumores sobre posibles heridos y daños colaterales, pero fortuna después las autoridades confirmaron que no se presentaron estas situaciones, solo fue la tensión de este nuevo hostigamiento.
La incertidumbre se convirtió en una carga pesada, ya que no solo temían por su seguridad inmediata, sino también por el bienestar de aquellos que podrían haber quedado atrapados en el fuego cruzado. La ansiedad por conocer el estado de sus seres queridos llevó a muchos a intentar salir a las calles, desafiando el peligro con la esperanza de recibir noticias de sus familias o amigos, como relataron líderes sociales.
Con el transcurso de las horas, las autoridades locales comenzaron a reaccionar ante la situación, aunque muchos coincidían en que la respuesta tardía no era suficiente para mitigar el daño causado. La comunidad hizo un llamado urgente a las instituciones gubernamentales para que se adopten medidas efectivas que permitan frenar los hechos violentos y garantizar la seguridad, la paz y la tranquilidad de la población civil en este territorio. Se exigió una mayor presencia policial y militar, así como estrategias claras y sostenibles que aborden las raíces del conflicto y busquen restablecer la confianza entre la ciudadanía y sus gobernantes.
El miedo y la zozobra que caracterizan este momento en Suárez no son sentimientos aislados. Son el coletazo de años y años de conflicto y desconfianza que han dejado huellas profundas en los corazones de los habitantes de este municipio.
La violencia no solo destruye cuerpos, sino que ataca los cimientos mismos de la comunidad, generando un ciclo interminable de sufrimiento que parece no tener fin. Es un recordatorio doloroso de que la paz es un bien preciado y vulnerable, que requiere esfuerzos constantes y coordinados para ser preservado.
A medida que la noche caía sobre Suárez, el eco de los disparos se disipó, pero las cicatrices emocionales dejadas por el enfrentamiento permanecerían durante mucho tiempo. Las familias tendrían que lidiar con el trauma de esa experiencia, tratando de encontrar la manera de reconstruir sus vidas en un entorno marcado por la inseguridad. No obstante, el espíritu de lucha y resiliencia que caracteriza a la comunidad también se hizo presente. A pesar del miedo, muchos comenzaron a organizarse nuevamente, convencidos de que el cambio es posible si la denuncia y la acción colectiva logran prevalecer sobre la violencia que, hasta ahora, ha intentado definir sus vidas.
La jornada del 14 de enero fue solo un capítulo más en la historia de una comunidad guerrera, cuya determinación por alcanzar la paz y la estabilidad sigue siendo más fuerte que cualquier arma que intente callar su voz. La lucha por un futuro libre de violencia en Suárez, Cauca, continúa, y aunque el camino es largo y lleno de obstáculos, la esperanza es el faro que guía su andar.