La masacre de Tacueyó, 40 años después del horror
Luego de cuatro décadas de este hecho, se recuerda la locura, la paranoia y la deshumanización que llevaron al asesinato de casi 200 combatientes, en uno de los episodios más atroces del conflicto.
Por el historiador Diego Arias
Con los primeros rayos del sol, la espesa neblina que cubría el campamento comenzó a disiparse. Una pequeña comisión armada del M19 había regresado de una misión reciente cerca de Tacueyó, un corregimiento ubicado en el municipio de Toribío, Cauca. Allí, se había instalado una fuerza guerrillera del grupo “Ricardo Franco”, y tras recibir información inicial de campesinos y luego de algunos combatientes que habían desertado, la noticia de una tragedia inminente se hizo eco entre las montañas.
Carlos Pizarro, líder emblemático del M19, decidió asumir personalmente la responsabilidad de verificar lo que allí sucedía. El ambiente en la región era tenso; el M19 había establecido una alianza táctica con un nuevo contingente guerrillero compuesto por desertores de las Farc. Esta agrupación, que había surgido en 1983, era liderada por José Fedor Rey, conocido en el ámbito guerrillero como Javier Delgado. Un hombre que había comenzado su trayectoria política en las Juventudes Comunistas antes de unirse a las Farc en 1973, ganándose la confianza del Secretariado, especialmente del influyente Jacobo Arenas.
Lo que el M19 constató de inmediato en Tacueyó resultó ser una cruel y desgarradora realidad. Pequeños grupos de combatientes del “Ricardo Franco” eran sometidos a tratos inhumanos, encadenados y amordazados en condiciones deplorables. La acusación que resonaba en sus oídos, aunque injusta, era severa: ser infiltrados del enemigo. Jóvenes, muchos de ellos apenas adolescentes, eran llevados al extremo de la tortura, forzados a confesar ser agentes de inteligencia del Ejército colombiano o incluso espías de la CIA. Bajo tormentos inimaginables, cada confesión desembocaba en un ciclo de traición y muerte, salpicando a más inocentes en una red de horror que sumaba casi dos centenas de sacrificios humanos.
Este oscuro panorama no solo generaba un impacto psicológico en los combatientes, sino que también alimentaba el temor colectivo de la población civil, atrapada entre dos fuegos. La impotencia reinaba en el aire, y con cada vida arrebatada, la guerra en el Cauca se tornaba más surrealista, marcando un capítulo sombrío de la historia del conflicto armado en Colombia. La colaboración entre guerrillas no siempre traía promesas de victoria, sino un terrible recordatorio del costo humano de la guerra.

Muy pocos sobrevivieron a la matanza. De ellos, prácticamente ninguno quiere hablar sobre lo ocurrido, no al menos de manera pública. Sin embargo, de forma excepcional, alguien a quien llamaremos Gabriel nos contó: “Yo era menor de edad cuando me reclutaron los del Ricardo Franco; y como yo, había en las filas muchos jóvenes, casi niños, de no más de 14 años. Lo de los muertos comenzó en un sitio llamado El Silencio, en Corinto, y recuerdo que fue apenas unos días después de que los del M19 se tomaron el Palacio de Justicia”.
Gabriel narra su experiencia con una voz quebrantada por el dolor del recuerdo. “Javier Delgado, un hombre temido y respetado, dijo que había infiltrados del B2 (inteligencia del Ejército a nivel de brigada) en nuestras filas. Así empezó a torturar y a asesinar sin piedad”. Hace cuatro décadas de estos sucesos, pero los ecos de aquellos días aún resuenan en su mente.
“A mí me señaló Delgado de ser un coronel del Ejército… imagínese usted, yo no tenía ni cumplidos los 15 años”, continúa su relato. “Me hicieron excavar un hueco para enterrarme vivo de forma vertical. Me metieron allí y luego me cubrieron de tierra. Era muy difícil escapar en esa posición y más aún lo era respirar. Antes me habían golpeado con garrotes y otros objetos para que confesara. Esta tortura duraba tres o cuatro días; lo sacaban a uno y seguían más torturas”.
Los recuerdos de Gabriel traen consigo imágenes imborrables de sufrimiento y desesperación. “Muy pocos pudieron escapar, pero no se me olvida cómo un guerrillero aprovechó un descuido y, estando todo mal herido, sacó de una de las fosas colectivas a su novia casi muerta y huyeron”. Su voz tiembla al recordar la valentía en medio del horror.
“Los del M19 llegaron a nuestro campamento. Eso me salvó, pero ya había demasiados muertos y, la verdad, llegaron muy tarde. Carlos Pizarro y su grupo fueron para capturar a Javier Delgado, pero este ya se había movido hacia otro lugar”. La impotencia se refleja en sus palabras, recordando cómo un destino cruel privó a tantos de una segunda oportunidad.
Gabriel añade con tono ominoso: “Recuerdo que alguna vez, con otro compañero, encontramos accidentalmente en el cambuche de Delgado un polvo blanco. Cuando lo probamos, se nos adormeció la lengua; y también recuerdo cuando un día juró que cuando fuera comandante de toda la guerrilla en Colombia, haría una ‘limpieza’ general”.
Así, entre recuerdos de terror y anhelos de justicia, la voz de Gabriel se convierte en un eco de aquellos a quienes la historia ha olvidado. Su testimonio es un grito en medio del silencio, una invitación a no dejar que los horrores del pasado se repitan. En un país marcado por la violencia, su historia es un recordatorio de que, aunque algunos prefieren callar, otros todavía se atreven a hablar
Posibles explicaciones
En medio de la larga historia de violencia, crueldad e inhumanidad que ha marcado el conflicto armado en Colombia, la conocida masacre de Tacueyó se mantiene como un episodio singular, casi inexplicable, por las características extremas que la rodearon y por la profundidad del horror que dejó a su paso.
A pesar de que han transcurrido cuatro décadas desde aquella tragedia —que se inició a finales de 1985 y se extendió hasta mediados de enero de 1986—, aún no existe una explicación clara, coherente y verificable que permita comprender plenamente lo sucedido. Las interpretaciones han sido múltiples y, en muchos casos, contradictorias. Algunas teorías han llegado incluso a mencionar supuestas posesiones demoníacas o episodios de paranoia colectiva; otras, más recurrentes, apuntan a la posibilidad de un plan de inteligencia militar orientado a provocar la autodestrucción de esa estructura guerrillera. En ese escenario, se ha sugerido que el propio Javier Delgado habría sido parte de dicha estrategia.
No obstante, surge una pregunta inevitable: si el máximo líder de ese grupo insurgente hubiera sido realmente un agente infiltrado de la inteligencia militar —dada su cercanía permanente a la comandancia del M-19 en las montañas del Cauca—, ¿no habría resultado más lógico y estratégico dirigir los esfuerzos hacia la eliminación de la cúpula dirigente de una guerrilla que, para entonces, se encontraba en uno de sus momentos de mayor fortaleza?

Tal vez la explicación se encuentre en una combinación de factores. Es posible que en Tacueyó confluyeran infiltraciones, desconfianza extrema, consumo de sustancias psicoactivas y dinámicas propias de la guerra irregular. Así, lo que pudo haber comenzado como una purga interna limitada terminó desbordándose hasta convertirse en una espiral de violencia incontrolable. Sin embargo, entre todas las hipótesis, hay una pregunta que interpela de manera profunda a la condición humana: ¿qué llevó a que, entre combatientes armados, ninguno se levantara para detener la atrocidad y la injusticia que se estaba cometiendo?
Para la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (CEV), el reto ha sido intentar ofrecer una lectura compleja y contextualizada de los hechos, mientras que a la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD) le correspondió la dolorosa tarea de localizar los cuerpos de 164 combatientes asesinados.
Pero el desafío no es solo institucional. Es, sobre todo, un reto para la sociedad colombiana en su conjunto. Incluso en medio de la guerra, no es admisible despojar al llamado “enemigo” de su condición humana. La humanidad no se ha construido a partir de la violencia ni del exterminio, sino de la capacidad de reconocernos en el otro, de compartir un destino común y de creer que es posible una vida basada en la dignidad y el respeto, aun en los contextos más adversos.