Masacre en Popayán: Cuando la violencia tocó la puerta y la ciudad dejó de sentirse a salvo

Hoy la gente teme salir a carretera, teme no llegar de Cali o de un municipio cercano, teme encontrarse con retenes ilegales, secuestros, emboscadas, amenazas y panfletos. Se habla de la violencia como si fuera una temporada, un pico o una ola que bajará.

Masacre en Popayán: Cuando la violencia tocó la puerta y la ciudad dejó de sentirse a salvo

Por: JM Abogados & Asesores

Pero hubo un día en Popayán en el que la ciudad ya había sido advertida de que la guerra no necesitaba montaña ni trocha: bastaba una puerta abierta, un local comercial, un día normal para que ingresara.

Hace 19 años, en el año 2007 un grupo armado ingresó a plena zona urbana y disparó contra una familia entera. No hubo carretera, no hubo retén, no hubo cruce de frontera. La guerra entró caminando. Un empresario muy reconocido de la época, un padre, su hijo de apenas 21 años y su hermano fueron masacrados vilmente sin posibilidad de reacción por no acceder a la extorsiones. En aquella ocasión un niño de tan solo 5 años fue impactado en el cuello por un tiro de fusil mientras los adultos caían a su alrededor, ¿y la indignación? ¿Los organismos internacionales? ¿Las ONG? En esa época que no existía mecanismos para que algo fuera viral pasó como una cifra más. Gracias a Dios sobrevivió. Contra todo pronóstico, contra toda norma internacional que exige protección a menores en contexto de conflicto, contra todo lo que un país civilizado debería ser capaz de garantizar, aquel grupo armado no respetó normas, no respetó familia, no respetó tratados internacionales, ¿pero qué podemos pedir si el Estado hace lo mismo?

Ese día, que casi nadie menciona, que no está en redes porque no existían, que solo vive en papel y memoria fue la primera evidencia de que no hacía falta viajar hacia el peligro: el peligro ya habitaba el concreto, los semáforos, las vitrinas, el comercio cotidiano. Ese día se entendió, sin discursos, sin cuentas verificadas, sin cadenas nacionales, que la violencia no distingue entre montaña y calle.

Las fotografías de archivo no muestran morbo: muestran desconcierto. Una madre que perdía a sus 2 hijos, su nieto de 21 y otro nieto de 5 años gravemente herido; una madre que perdía a su esposo y su hijo, unos niños que perdían a su papá y su hermano; una esposa e hijas que perdían a su esposo, padre, primos, tíos, todo un caos. Una familia en silencio, filas interminables frente a salas funerarias, sillas alineadas con flores que no alcanzaban a cubrir el peso de la ausencia. No hubo transmisión en vivo, no hubo celador de cámara, no hubo debate público. Hubo duelo. Duelo sin hashtag, sin consigna, sin viralización.

Los periódicos de entonces titularon con contención y shock a la vez: “Balacera deja tres personas muertas”, “Sigue la búsqueda”. Las autoridades de la época hablaron de hipótesis, de retaliación, de estructura armada. Hubo capturas, hubo condena, pero no hubo reparación emocional, porque la justicia no devuelve hijos, no recompone mesas familiares, no reinicia cumpleaños futuros.

Y hoy, mientras miles temen volver a sus casas por carretera, esta ciudad revive un miedo que ya conocía, aunque lo había guardado en voz baja. El miedo actual no es nuevo: es memoria reactivada.

Hoy se escucha: “no se puede viajar”, “no se puede salir”, “no hay tranquilidad para llegar a la terminal”. Pero hace diecinueve años el mensaje fue aún más crudo: la violencia no necesita carretera para alcanzarte; puede entrar por la puerta de tu negocio mientras trabajas, mientras crías a tus hijos, mientras vendes, saludas, vives.

Aquello no fue un error aislado ni un rumor exagerado. Fue una masacre urbana. Fue la confirmación de que la violencia no pertenece a un mapa rural ni a un cuadrante militar: pertenece a la fragilidad humana de un territorio que nunca ha sido ajeno al conflicto, aunque haya querido creerlo.

Hoy se vuelve a hablar de miedo, de bloqueos, de secuestros, de presencia armada en ruta. Pero el terror no empezó en carretera: empezó en sala de velación, en sala de urgencias, en el instante en que un niño de cinco años fue víctima de una guerra que jamás debió tocarlo.

No se escribe esto para reabrir heridas ni exponer tragedias. Se escribe para decir, con dignidad y sin espectáculo, que lo que el país está sintiendo hoy en tránsito, esta ciudad lo sintió hace diecinueve años sin poder publicarlo, sin poder denunciarlo en tiempo real, sin algoritmos que hicieran eco.

La memoria no pide odio ni venganza. Pide claridad. Pide no volver a nombrar como sorpresa lo que ya fue advertencia. Pide que no nos acostumbremos a mirar con espanto lo que ya se había revelado como verdad. Pide que pensemos bien a quiénes le damos la oportunidad de gobernar.

La violencia no volvió. Nunca se había ido. Si esta noticia llegarse a suceder el día de hoy estaría en todos los medios nacionales e internacionales precisamente por la polarización. No podemos acusar de algo donde también somos responsables nosotros mismos.

JM Abogados & Asesores
Columna de Opinión