Policía infiltrado revela detalles inéditos sobre las operaciones de alias Marlon Vásquez
El agente encubierto que logró ingresar a la estructura criminal aseguró que presenció entrenamientos en manejo de armas y explosivos dirigidos por alias Marlon. También reveló un presunto plan para asaltar un carro de valores utilizando uniformes de la Fuerza Pública.
Información tomada de Primera Edición Noticias
La primera vez que Diego vio a alias Marlon, el guerrillero no pasaba de los 27 años. El encuentro se produjo en el marco de una de las operaciones encubiertas más exigentes ejecutadas por la Policía contra el Frente Sexto de las FARC en el norte del Cauca.
En ese momento, Diego no era percibido como un agente del Estado. Para la guerrilla era un policía corrupto dispuesto a facilitar el robo de un cargamento del Banco Agrario en Puerto Tejada. Ese personaje, construido con paciencia durante meses, le abrió las puertas de la organización y le permitió acercarse a sus hombres más cercanos.
La guerrilla alistaba una operación de gran envergadura. Había reunido en Puerto Tejada a 17 combatientes escogidos por su experiencia, equipados con fusiles, explosivos, uniformes y cilindros bomba. El objetivo era un asalto que evocaba el ataque ejecutado en Caloto en 2011, el cual dejó cuatro policías y dos civiles muertos.
La Policía ya había trazado sus propios planes. La misión de Diego era aparentemente sencilla pero implicaba riesgos constantes: ganarse la confianza de los insurgentes y aproximarse a los mandos que dirigían la operación.
Fue así como llegó hasta alias Jaimito, uno de los jefes del Frente Sexto, en territorio históricamente dominado por las FARC.
Durante meses sostuvo su papel sin cometer errores. Subió a la montaña, compartió alimentos, estuvo presente en reuniones y veladas con licor, y escuchó durante horas las historias de quienes lo consideraban un cómplice.
"Tenía que volverme uno de ellos", recuerda.
Entre los combatientes seleccionados para el asalto estaban alias Leo, Pato, Lady y Marlon. Diego observó que Leo coordinaba buena parte de los movimientos operativos, pero Marlon tenía un lugar destacado dentro del grupo.
Era difícil no reparar en él. Alto, de complexión atlética, cabello y ojos claros, transmitía confianza y disciplina. En varias oportunidades fue visto instruyendo a guerrilleros recién llegados. "Parecía un formador militar", cuenta Diego.
Las escenas se repetían en diferentes visitas. Marlon enseñaba ejercicios físicos, manejo de armamento y técnicas de combate. También rondaba permanentemente a alias Jaimito y velaba por su seguridad, lo que evidenciaba que gozaba de la confianza de los mandos.
Con el tiempo, los dos se fueron conociendo mejor. Compartían el apellido Cifuentes y eso se volvió tema de conversación habitual. "Decía que quizás éramos familia", recuerda el policía.
En esas charlas, Marlon habló de una vida marcada por el conflicto. Contó que había entrado a la guerrilla siendo muy joven, empujado por la ausencia de oportunidades, y que la organización había respaldado económicamente a su familia en tiempos difíciles. "Nunca nos dejaron solos", le confió en una ocasión.
También hablaba de sus convicciones más profundas. Decía no creer en ningún Dios, porque para él un ser superior no podría permitir tanto dolor e injusticia en el mundo.
Diego escuchaba sin refutar. Como agente encubierto, cualquier confrontación podía hacer colapsar toda la operación.
Mientras tanto, los preparativos seguían su curso. El grupo aguardaba la señal para actuar. Contaban con armas, explosivos, vehículos y un plan para obstaculizar la respuesta de las autoridades mediante cilindros bomba ubicados en puntos clave. Incluso tenían previsto involucrar a menores de edad en el transporte de algunos de esos elementos.
Lo que ninguno de ellos sabía era que el asalto nunca ocurriría. El cargamento bancario formaba parte de un engaño cuidadosamente diseñado para conducirlos a una trampa.
En la madrugada del operativo, poco antes de las cinco, una volqueta ingresó al lugar donde los guerrilleros permanecían concentrados. En su interior viajaba un grupo élite de la Policía.
Diego había dejado abierto el acceso previamente. El centinela alcanzó a disparar una vez, pero la reacción fue fulminante. Los uniformados exigieron rendición, emplearon gases lacrimógenos y controlaron la situación sin que se extendiera el enfrentamiento. Los 17 guerrilleros fueron capturados. "La orden era proteger sus vidas", afirma el agente.
Mientras el operativo se desarrollaba, los teléfonos no dejaban de sonar. Eran llamadas de los propios guerrilleros. "Recibí decenas", recuerda.
Algunos buscaban explicaciones. Otros probablemente esperaban una salida. Ninguna fue atendida. La inteligencia había ordenado silencio absoluto.
Con los años, Diego sigue volviendo a ese momento como a uno de los más complejos de su vida profesional. Aunque conocía los crímenes que aquellos hombres planeaban cometer, había convivido meses con ellos y guardaba fragmentos de sus historias. "Les había tomado cariño", reconoce.
Hoy, al conocer el destino de alias Marlon, neutralizado en operaciones de la fuerza pública el 20 de junio de 2026 en zona rural de Buenaventura, sus reflexiones son encontradas. Cree que el excombatiente tuvo una oportunidad real de rehacer su vida tras los procesos de amnistía derivados del acuerdo de paz, pero eligió regresar a la ilegalidad. "Esa fue su decisión", sostiene.
Sin embargo, también cree que Colombia tiene una deuda pendiente con quienes crecieron entre la guerra y salieron de ella sin educación, sin empleo ni herramientas para comenzar desde cero. "Firmar la paz no es suficiente", afirma. "La reintegración tiene que ser real".
Al evocar a Marlon, Diego no habla solamente de un combatiente armado. Habla de un joven que encontró en la guerrilla una respuesta equivocada a la falta de oportunidades; de un hombre disciplinado que terminó depositando su confianza en un infiltrado; y de una historia que resume las complejidades humanas detrás de un conflicto que durante décadas moldeó el destino de miles de colombianos.