Tras la caída de Maduro, Trump apunta ahora al régimen cubano

La Casa Blanca busca intermediarios dentro del gobierno cubano para negociar una salida antes de que termine el año, en medio de una crisis económica que Washington considera cercana al colapso.

Tras la caída de Maduro, Trump apunta ahora al régimen cubano

El gobierno del presidente Donald Trump ha intensificado de manera discreta sus esfuerzos para provocar un cambio político en Cuba, alentado por lo que considera un triunfo estratégico tras el derrocamiento del presidente venezolano Nicolás Maduro, en una operación liderada por Estados Unidos a comienzos de enero.

Así lo reveló The Wall Street Journal, que citó a fuentes familiarizadas con las discusiones internas de la administración estadounidense.

Según el medio, la Casa Blanca está buscando activamente funcionarios o intermediarios dentro del aparato estatal cubano que estén dispuestos a negociar una transición política antes de que finalice el año.

Las evaluaciones internas de Washington describen la economía cubana como más debilitada que en cualquier otro momento en décadas, especialmente tras la pérdida de su principal respaldo externo: el petróleo venezolano subsidiado.

Economistas citados por el diario advierten que, sin ese suministro, Cuba podría quedarse sin combustible en cuestión de semanas, paralizando sectores clave de su economía.

Aunque altos funcionarios estadounidenses reconocen que no existe un plan operativo concreto para desmantelar el régimen cubano, consideran que la captura de Maduro y las posteriores concesiones de sus aliados sirven como modelo y advertencia para La Habana.

En privado, señalan que la incursión militar en Caracas, que habría contado con la colaboración de personas cercanas al poder venezolano, debe interpretarse como una amenaza implícita.

El propio Trump reforzó ese mensaje el pasado 11 de enero, cuando escribió en redes sociales: “Recomiendo encarecidamente que lleguen a un acuerdo. ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE”, y advirtió que “NO MÁS PETRÓLEO NI MÁS DINERO” llegarían a Cuba.

Funcionarios confirmaron al Journal que estas declaraciones hacen parte de una estrategia de presión calculada, combinada con señales de apertura a una eventual negociación.

En reuniones realizadas en Miami y Washington con exiliados cubanos y organizaciones cívicas, enviados de la Casa Blanca se han enfocado en identificar posibles interlocutores dentro del gobierno cubano que “vean lo que está por venir” y estén dispuestos a pactar.

La experiencia venezolana ocupa un lugar central en este enfoque. De acuerdo con el diario, la operación del 3 de enero en Caracas dejó 32 soldados cubanos y agentes de inteligencia muertos, un costo que, según funcionarios estadounidenses, ha impactado la percepción de riesgo en La Habana.

Las agencias de inteligencia de Estados Unidos describen un panorama cada vez más crítico en Cuba, marcado por la escasez de alimentos y medicamentos, apagones frecuentes y el deterioro acelerado de los servicios básicos.

Washington también ha puesto su atención en las misiones médicas cubanas en el exterior, principal fuente de divisas del régimen, impulsando sanciones y restricciones de visado contra quienes, según su versión, faciliten un sistema de explotación laboral y financiamiento político.

Desde el Departamento de Estado, la posición oficial es que la seguridad nacional de Estados Unidos exige que Cuba sea gobernada por un sistema democrático y deje de albergar servicios militares y de inteligencia de potencias adversarias. Sin embargo, algunos asesores subrayan que Trump rechaza el concepto clásico de “cambio de régimen” y prefiere forzar negociaciones desde una posición de máxima presión.

El escenario cubano, no obstante, presenta desafíos particulares. A diferencia de Venezuela, Cuba es un Estado de partido único, sin oposición legal ni una sociedad civil organizada, lo que dificulta replicar el modelo aplicado en Caracas. “Estos tipos son mucho más duros de roer”, afirmó al diario Ricardo Zúñiga, exfuncionario de la administración Obama.

Pese a ello, Trump considera que poner fin al régimen comunista cubano consolidaría su legado histórico, logrando lo que John F. Kennedy no pudo en la década de 1960. Este objetivo ha sido una prioridad del secretario de Estado, Marco Rubio, de origen cubano.

En La Habana, el gobierno ha rechazado cualquier negociación bajo presión. El presidente Miguel Díaz-Canel afirmó recientemente que “no hay rendición ni capitulación posible”, mientras se organizaban jornadas nacionales de defensa ante una eventual agresión externa.

Las imágenes oficiales contrastan con la realidad cotidiana de la isla: apagones prolongados, falta de combustible y protestas silenciosas, expresadas en el golpeteo de ollas durante las noches.

Para Washington, el tiempo corre. Para Cuba, la apuesta sigue siendo resistir. Entre ambas orillas se perfila un pulso de alto riesgo que podría redefinir el equilibrio político del Caribe.