El desgaste de las campañas: entre la técnica, el espectáculo y la confrontación

La campaña presidencial de 2026 empieza a mostrar un fenómeno cada vez más visible en Colombia: los candidatos no solo compiten por convencer, sino por resistir el desgaste prematuro que producen la exposición mediática, las redes sociales y la polarización.

El desgaste de las campañas: entre la técnica, el espectáculo y la confrontación

En ese escenario, tres figuras concentran buena parte del debate público: Iván Cepeda Castro, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella. Los tres representan estilos radicalmente diferentes de hacer política y armar mayorías. La verdadera campaña comienza en segunda vuelta, pero el desgaste ya empezó. Y en política, muchas veces no pierde quien tiene más enemigos, sino quien deja de generar esperanza. 

En Colombia, las elecciones presidenciales no siempre se ganan en la primera vuelta, pero sí se pierden allí. Bajo esa premisa, se plantea una pregunta clave: ¿Quién tiene realmente opción de triunfar en una segunda vuelta? 

En las últimas elecciones, la segunda vuelta no ha existido competencia de identidades ideológicas puras, sino una disputa por coaliciones amplias. Y es allí donde se define la viabilidad real de una candidatura en un escenario fragmentado que necesita cohesión social para ganar y construir mayorías. 

Las campañas han intentado distintas estrategias, pero también ha sufrido diferentes formas de desgaste: Paloma Valencia parece cargar el peso de una candidatura excesivamente racional. Su fortaleza es evidente: preparación académica, estructura argumentativa y claridad ideológica. En debates y escenarios públicos suele exhibir dominio técnico sobre temas de seguridad, economía e institucionalidad. Sin embargo, esa misma solidez termina generando una percepción de distancia frente a una ciudadanía emocionalmente agotada y socialmente golpeada. Su discurso convence en sectores formados y urbanos, pero aún enfrenta dificultades para conectar con el votante que no busca una clase magistral, sino empatía y cercanía. Su desgaste no nace de la improvisación, sino del exceso de rigidez política y conceptual. 

En contraste, Abelardo de la Espriella ha construido su figura desde la confrontación permanente. Su campaña se sostiene más sobre el impacto mediático que sobre una narrativa programática consistente. Su estilo fuerte, desafiante y emocionalmente explosivo le permitió ganar visibilidad rápidamente, especialmente en las entrevistas medios radiales, en televisión y en redes sociales. Pero esa misma estrategia empieza a mostrar señales de agotamiento. En política, el espectáculo tiene límites. Cuando cada intervención busca convertirse en tendencia, el riesgo es que la figura termine siendo más protagonista que las propuestas. La ciudadanía puede admirar el carácter, pero también empieza a exigir serenidad, estructura y visión de Estado. Allí aparece el principal desgaste de De la Espriella: la percepción de intensidad permanente sin suficiente profundidad en gobernabilidad y gobernanza. Tiene ganas pero no construye estructuras de poder. 

Iván Cepeda enfrenta un desgaste diferente, más ideológico e histórico. A diferencia de Paloma Valencia o Abelardo de la Espriella, su imagen está profundamente ligada a defensa de las acciones del gobierno Petro y a alinear los debates estructurales sobre derechos humanos, paz, conflicto armado y memoria histórica. Cepeda mantiene coherencia política y una identidad claramente definida, pero también carga una fuerte polarización acumulada durante años de confrontación nacional. Para sus seguidores representa firmeza ética y defensa de causas sociales; para sus críticos, simboliza sectores que insisten en una visión parcializada del conflicto colombiano. Su desgaste no surge de la improvisación ni del exceso mediático, sino de la dificultad para salir del terreno de la confrontación histórica hacia propuestas que conecten con las preocupaciones económicas y sociales inmediatas de los ciudadanos. 

Los tres casos reflejan una realidad incómoda de la política colombiana: hoy no basta con tener conocimiento, visibilidad o trayectoria. El desafío verdadero es construir credibilidad sostenible sin caer en la saturación pública. Paloma Valencia necesita humanizar más su discurso; Abelardo de la Espriella requiere demostrar capacidad de gobernabilidad; e Iván Cepeda enfrenta el reto de trascender la confrontación polarizante en la defensa del progresismo para convertirse en verdadera opción de unidad nacional.