Popayán debe elegir mejor: el deterioro no puede convertirse en costumbre
Las reflexiones de Álvaro Emilio Tobón Olano y Diego Llanos Arboleda plantean una discusión necesaria:
la calidad de vida de los payaneses debe pesar más que las alianzas políticas, los apellidos y las promesas de campaña.
“Popayán es una ciudad que parece acostumbrarse al deterioro”. Con esa frase, Álvaro Emilio Tobón Olano abre una reflexión ciudadana sobre movilidad, vías, inseguridad y pérdida de bienestar. Su preocupación merece atención porque señala un riesgo profundo: terminar aceptando como inevitable aquello que una administración está obligada a enfrentar.

Acostumbrarse al hueco, al trancón y al temor de salir significa bajar las expectativas hasta agradecer cualquier intervención, por pequeña o tardía que sea. Una ciudad no debería celebrar como un favor lo que sus habitantes pagan con impuestos y tarifas.
Tobón cuestiona la planeación vial, especialmente en el norte, donde describe una fuerte dependencia de pocos accesos. Su argumento tiene una consecuencia cotidiana: el tiempo perdido en congestiones se descuenta del descanso, del trabajo y de la convivencia familiar. La mala movilidad también empobrece, porque consume horas que nadie devuelve.
Describe, además, calles intervenidas por trabajos de acueducto y alcantarillado que permanecen con daños. Ese señalamiento exige respuestas concretas de las entidades responsables: ubicación de las intervenciones, compromisos de reposición, plazos y seguimiento. Abrir una calle para reparar una red obliga a planear también cómo dejarla transitable.
Resulta demasiado cómodo inaugurar las soluciones y dejar que los ciudadanos convivan con sus pendientes.
En materia de transporte, Tobón señala una contradicción entre las restricciones a los vehículos particulares y las condiciones del transporte público. Su crítica plantea una exigencia razonable: las medidas deben demostrar resultados. Si se pide un sacrificio al ciudadano, corresponde explicar sus beneficios y ofrecer alternativas confiables.
Gobernar exige algo más que expedir restricciones y esperar obediencia. Exige medir, corregir y responder.
Su publicación también expresa preocupación por la inseguridad y por las familias que no logran cubrir sus necesidades. Son apreciaciones ciudadanas que deben contrastarse con indicadores, pero que no pueden despacharse con una pieza publicitaria. La experiencia de quien teme recorrer su barrio o no encuentra oportunidades merece una respuesta institucional seria.
La pobreza tampoco debe utilizarse para estigmatizar. Quienes enfrentan mayores dificultades necesitan empleo, formación, servicios y protección. Una política social responsable debe ampliar sus posibilidades de vivir con autonomía y dignidad.
En un comentario a esa publicación, Diego Llanos Arboleda cuestiona duramente la gestión local y advierte sobre el riesgo de respaldar a quienes representarían la continuidad de administraciones que considera fallidas. Su intervención expresa indignación y desconfianza frente a una eventual sucesión política.

Esa advertencia permite formular una exigencia electoral clara: ningún candidato debería recibir un cheque en blanco por presentarse como heredero de una administración, ni por anunciarse como su enemigo. Ambos deben demostrar capacidad para gobernar.
Cambiar la fotografía del candidato mientras permanecen los compromisos que condicionan sus decisiones sería una renovación bastante peculiar: nueva publicidad para las mismas dependencias políticas.
Juan Carlos Muñoz Bravo debe responder por los resultados de su administración. Los concejales deben responder por sus decisiones y por la eficacia de su control político. La responsabilidad no desaparece entre discursos, coaliciones y acusaciones cruzadas.
La discusión sobre servicios públicos forma parte de ese balance. Cada modelo de operación debe demostrar qué gana la ciudad, cuánto paga el usuario y quién responde por las fallas. Defender el patrimonio colectivo exige cuentas claras y capacidad administrativa. La palabra “recuperación” merece compromisos que puedan comprobarse.

En las próximas elecciones, Popayán debe examinar la trayectoria de los aspirantes, sus equipos, sus apoyos y la viabilidad de sus propuestas. Merece conocer cómo resolverán los problemas de movilidad, cómo atenderán la seguridad, cómo ampliarán las oportunidades y cómo protegerán los recursos públicos.
Elegir bien también implica vigilar después de votar. Una ciudadanía exigente no suspende el control cuando gana su candidato.
Las reflexiones de Tobón y Llanos coinciden en una preocupación fundamental: la ciudad necesita dirección y resultados. La nostalgia por la Popayán de antes puede despertar afecto; construir una mejor exige decisiones.
Popayán no puede resignarse a escoger quién administrará sus frustraciones durante otros cuatro años. Debe elegir a quien demuestre cómo va a resolverlas y exigirle que cumpla.
Créditos: columna elaborada a partir de la publicación de Álvaro Emilio Tobón Olano y del comentario de Diego Llanos Arboleda, reproducidos en las capturas aportadas. Sus señalamientos se presentan como opiniones ciudadanas; el desarrollo editorial corresponde a esta columna.
