Siniestros de un evento riesgoso.

Lo ocurrido el pasado domingo en el evento de Monster Truck en Popayán,  no puede despacharse con un comunicado protocolario ni con expresiones de solidaridad tardías.

Siniestros de un evento riesgoso.

Cuando una actividad de alto riesgo se convierte en tragedia, la discusión deja de ser anecdótica y se transforma en una cuestión de responsabilidad pública. Aquí no se trata de culpas difusas ni de “hechos lamentables”: se trata de vidas humanas expuestas, de familias afectadas y de una institucionalidad obligada a responder con rigor.


Autorizar un evento de alto riesgo implica asumir un compromiso indeclinable con la seguridad. No es un simple trámite administrativo ni una firma en cadena. Es la verificación estricta de condiciones técnicas, la evaluación de riesgos reales y la adopción de medidas eficaces de prevención. En espectáculos como el de Monster Truck, donde la potencia mecánica y la cercanía del público generan escenarios de alto peligro, la previsión no es opcional: es el núcleo mismo de la autorización.


La pregunta es inevitable: ¿se cumplieron todos los protocolos? ¿Se evaluaron adecuadamente las zonas de seguridad, las barreras de contención, los planes de evacuación y la capacidad de respuesta médica? Si la respuesta es afirmativa, entonces hay que explicar por qué fallaron. Y si la respuesta es negativa, la situación es aún más grave, porque evidenciaría una cadena de omisiones que no pueden quedar impunes.

En este punto, la Administración Municipal tiene una responsabilidad que no admite evasivas. No basta con acompañar a las víctimas, lo cual es un deber inmediato y urgente; se requiere transparencia total. La ciudadanía tiene derecho a conocer quién autorizó el evento, bajo qué condiciones, qué informes técnicos lo respaldaron y qué controles se realizaron antes y durante su ejecución. El silencio institucional o las respuestas ambiguas solo profundizan la desconfianza.

w
Pero hay algo más de fondo. Este tipo de tragedias revela una peligrosa normalización del riesgo en nombre del entretenimiento. Se ha instalado la idea de que el espectáculo todo lo justifica, incluso cuando las condiciones de seguridad son precarias o insuficientes. Y esa lógica es inaceptable. Ningún evento, por atractivo que sea, puede anteponerse al derecho fundamental a la vida y a la integridad personal.


Popayán, no puede convertirse en escenario de improvisaciones. La planeación de eventos debe estar a la altura de una sociedad que exige garantías reales, no simulacros de control. Esto implica fortalecer los procesos de licenciamiento, exigir pólizas robustas, supervisar en tiempo real y, sobre todo, establecer responsabilidades claras y exigibles.


También es momento de revisar el papel de los organizadores. Quien convoca a un espectáculo de riesgo asume una carga mayor de diligencia. No se trata solo de cumplir requisitos mínimos, sino de anticipar escenarios críticos y mitigarlos eficazmente. La rentabilidad o el éxito del evento nunca pueden estar por encima de la seguridad de los asistentes. Las víctimas, en medio de este panorama, no pueden quedar relegadas a una cifra ni a un titular pasajero. Requieren atención integral, acompañamiento continuo y garantías de reparación.


No se trata de señalar responsables o buscar culpables en medio del dolor colectivo. Se trata, sobre todo, de aprender de la tragedia. De convertir este hecho doloroso en una lección institucional y ciudadana que permita corregir fallas, fortalecer controles y evitar que eventos de esta naturaleza vuelvan a convertirse en siniestros en la ciudad de Popayán. Y para que no se repita, se necesita algo más que indignación momentánea: se requiere una investigación seria, independiente y con resultados verificables. Si hubo fallas, deben identificarse y corregirse; si hubo responsables, deben asumir las consecuencias de su negligencia.