EDITORIAL: Más allá del relato histórico: La violencia en el Cauca brota cuando el interés particular asfixia el bien común

Los recientes y dolorosos choques interétnicos en el departamento desmitifican las verdades absolutas y exponen una realidad desnuda: aquí caemos todos por igual.

EDITORIAL: Más allá del relato histórico: La violencia en el Cauca brota cuando el interés particular asfixia el bien común

Por décadas, el relato y las corrientes ideológicas dominantes han sostenido una tesis cómoda: que la violencia estructural en el departamento del Cauca es un espectro exclusivo de la Conquista española, un residuo del feudalismo colonial o el pecado heredado de las familias de alcurnia que históricamente gobernaron desde Popayán. Sin embargo, la terca realidad empírica insiste en derribar los dogmas. Cuando la sangre corre entre comunidades hermanas, como el reciente y trágico enfrentamiento por tierras entre los pueblos Nasa y Misak, el argumento histórico se queda corto y la teoría del opresor único se desmorona. La violencia en nuestra región no distingue linajes, ideologías ni etnias; brota con la misma ferocidad cada vez que un interés particular y gremial se antepone al bienestar general de la sociedad.

Una tragedia horizontal donde caemos todos

El Cauca se ha convertido en un territorio donde el dolor se democratizó de la peor manera posible. En este rincón del país no hay bandos puros ni violencias justificadas. Cuando las balas o los machetes dictan la ley en los campos:

  • Caen los ricos despojados o secuestrados.
  • Caen los pobres instrumentalizados en las primeras líneas de confrontación.
  • Caen los mestizos y campesinos atrapados en el fuego cruzado del abandono estatal.
  • Caen las comunidades indígenas y afrodescendientes, víctimas de sus propias fracturas internas y de la ambición territorial.

Reducir la crisis caucana a una eterna lucha de clases o a una revancha histórica contra la colonia es una ceguera voluntaria. La raíz del conflicto actual está en la atomización de un pueblo donde cada organización, sindicato, cabildo o agremiación opera como una república independiente, buscando asegurar sus privilegios específicos sin importar que la lona común del departamento se desgarre en el proceso.

El verde crisol: La pluriculturalidad como riqueza y condena

El Cauca posee una de las diversidades geográficas y culturales más ricas del planeta. En nuestras tierras confluyen la cosmovisión andina, la herencia pacífica del tambor afro, la resiliencia del campesinado tradicional y el empuje de la ciudadanía urbana. Sin embargo, esa impresionante pluriculturalidad, en lugar de ser el motor de un gran pacto social, se ha utilizado como trinchera. La diversidad se volvió exclusión; la identidad, un arma para invalidar al vecino. Nos cuesta aceptar que, al final del día, todos pisamos el mismo suelo fértil y que nadie se llevará un gramo de tierra cuando deba partir de este plano terrenal.

El Himno del Cauca como el espejo de una ilusión rota

Las contradicciones de nuestra realidad quedan expuestas al contrastarse con las sublimes notas del himno departamental, escrito por Gustavo Wilches Chaux. En sus estrofas se dibuja la utopía caucana, un recordatorio de lo que deberíamos ser y de lo mucho que nos hemos empeñado en destruir:

"Suelo fértil de valles que un volcán abonó,
selva y nubes se funden en un verde crisol.
Blancos, indios y negros, una sola ilusión:
hijos de la misma tierra, frutos de la misma flor."

Hoy, ese "verde crisol" parece más un laboratorio de discordias que un espacio de fusión. El coro del mismo canto de nuestra patria chica nos dicta la ruta que nos negamos a transitar:

"Cauca, Cauca, nos une un pasado,
un propósito y una intención.
Voluntad de encontrar un camino
compartido hacia un mundo mejor."

La gran deuda del Cauca no es con el pasado, sino con el presente. Si no somos capaces de transformar ese "pasado compartido" en un propósito común, la diversidad cultural seguirá siendo el combustible de nuestro propio exterminio.

La paz del Cauca no se consolidará firmando acuerdos parciales que beneficien a un solo sector a costa del otro, ni alimentando resentimientos de hace quinientos años. Se logrará el día en que entendamos que no existe la violencia buena y que el dolor de una madre Misak o Nasa pesa exactamente lo mismo que el de una madre mestiza o afro. La transformación del territorio exige la renuncia al egoísmo corporativo y la aceptación de que somos, irremediablemente, frutos de la misma flor.

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La violencia en el Cauca nos golpea a todos por igual, sin importar el color o la clase social. ¿Es hora de desmontar los discursos históricos y buscar un verdadero pacto regional? Lee nuestra nota editorial y comparte tu punto de vista en @periódicovirtual.com