Murió Juan Miguel Wolk, el represor del Pozo de Banfield que fingió su propia muerte para burlar a la justicia
Durante la última dictadura, fue jefe de un centro clandestino de detención en el que funcionó una maternidad clandestina y estuvieron detenidas ilegalmente alrededor de 350 personas.
A los 92 años de edad murió en Mar del Plata Juan Miguel Wolk, el genocida que durante la última dictadura cívico-militar argentina comandó el centro clandestino de detención y tortura conocido como Pozo de Banfield. En esta ocasión el deceso es real: lo confirmó la Prefectura Naval, fuerza encargada de custodiar la vivienda donde cumplía prisión domiciliaria. Y la aclaración no es menor, porque en los años noventa el expolicía había logrado esquivar a los tribunales presentando un certificado de defunción falso. Fue Marta Ungaro, hermana de una de sus víctimas, quien descubrió el engaño y permitió que décadas después fuera condenado a cadena perpetua por homicidio, apropiación de niños, privación ilegítima de la libertad y torturas.
La noticia de la muerte de Wolk, apodado el nazi y el alemán, se conoció el pasado 21 de agosto. Cuando el golpe de Estado derrocó al gobierno de Isabel Martínez de Perón, Wolk era comisario de la Policía de la provincia de Buenos Aires, y el régimen de facto desplegó un plan sistemático de exterminio contra organizaciones políticas y todo aquello que consideraba «subversivo». Bajo su jefatura, el Pozo de Banfield albergó una maternidad clandestina y retuvo ilegalmente a unas 350 personas, entre ellas los diez estudiantes secuestrados en la llamada Noche de los Lápices, quienes reclamaban el boleto estudiantil.
Tras la recuperación democrática de 1983, el represor recibió una condena de 25 años de cárcel, aunque quedó en libertad gracias a las leyes de impunidad vigentes hasta 2002. En el año 2000, el juez español Baltasar Garzón pidió su extradición para juzgarlo por la desaparición de ciudadanos españoles en Argentina, pero el gobierno de Fernando de la Rúa (1999-2001) rechazó la solicitud.
Durante años, Wolk se las arregló para eludir a los tribunales. A fines de los noventa, citado a declarar en los Juicios por la Verdad, presentó un acta de defunción apócrifa que fue aceptada como válida. Pero Marta Ungaro, empleada de la justicia electoral argentina, advirtió una anomalía: pese a estar supuestamente muerto, Wolk seguía figurando en el padrón electoral año tras año. Envió entonces un oficio al organismo que pagaba las jubilaciones policiales para averiguar quién cobraba su pensión y, tras mucho insistir, obtuvo la respuesta: no era la viuda quien percibía el dinero, sino el propio Wolk, que vivía en Mar del Plata, a minutos de la playa.
Resucitado para el sistema judicial e imputado en causas de lesa humanidad, el exjefe policial pasó a cumplir prisión domiciliaria, pero en 2012 se fugó, hecho por el cual fue procesada su hija, María Luján Wolk, señalada de facilitar el escape. Un año después, gracias a una recompensa, la justicia logró recapturarlo y dispuso su traslado a una cárcel común, donde permaneció poco tiempo.
En 2016 volvió a obtener el arresto domiciliario: se argumentó que, con 82 años, sus enfermedades hacían inconveniente su permanencia en el Complejo Penitenciario Federal 1 de Ezeiza. Desde entonces vivió en su casa de la ciudad costera, donde finalmente llegaron las condenas: prisión perpetua en 2023 por la causa conocida como «Hogar de Belén» y nuevamente en 2024 por la causa «Brigadas».
El descubrimiento de Ungaro fue apenas un capítulo de una búsqueda que atraviesa toda su vida: la de su hermano Horacio, secuestrado a los 16 años. «Tengo 78 años y desde los 23 que lo busco. No sabemos dónde están sus restos, nunca fueron hallados ni identificados. Wolk se va como tantos otros genocidas sin decir una sola palabra sobre dónde están los niños nacidos en el Pozo de Banfield, sobre los abusos en el Hogar de Belén y los asesinatos de los chicos de la Noche de los Lápices», lamenta, y cuestiona la escasa vigilancia sobre las prisiones domiciliarias de los represores: en 2024, un militar condenado por lesa humanidad festejó sus bodas de oro con una fiesta de al menos 60 invitados y show de Palito Ortega.
Wolk murió a pocos días de que se cumplan 50 años de la Noche de los Lápices, episodio convertido en emblema de la represión estudiantil que dio origen al Día de los Derechos del Estudiante Secundario. «El 16 de septiembre va a haber una marcha muy grande y estamos preparando actividades —adelanta Ungaro—. Los estudiantes de la ciudad de La Plata saben que tienen un boleto que costó vida y los lápices ahora los tienen otros que siguen escribiendo la historia».